La crisis como posible buena noticia

XIII Encuentro de Seminaristas y formandos religiosos

Del 24 al 31 de agosto en Guanare -Venezuela

El problema de la transferencia

En el ámbito del acompañamiento espiritual

La formación de los formadores, grande reto de la formación

Entrevista completa de Mons. Carlos Patron Wong, Secretario para los seminarios

El Cibersexo

Una tentadora y encantadora triste realidad!!!

21 de agosto de 2014

15 reglas de oro (de un viejo sacerdote) para un joven sacerdote!

Por Luis Alva

Todos los días en el silencio de mi pobre oración medito, repaso cada una de estas reglas y siento que recobro fuerzas, descubro mi horizonte para no perderme en lo mediato o en lo inmediato de la confusión de esta vida transitada.

No hay duda que una de las mayores riquezas  que nos puede dejar un sacerdote, es su propia experiencia. El padre Jorge nos ha dejado unas "señales de pista"  para no perder el horizonte o cuando lo perdamos volvamos a él. Las cuales te las comparto!


Al cumplir los noventa años deseo informarte, joven sacerdote, de algunas normas que han orientado mi vida:

1- Me ordené a los 33 años, he cumplido los 90 y no me he arrepentido ni un minuto. Elegí bien. Si volviera a nacer elegiría lo mismo.

2- Valora tu vocación. El sacerdote es el mayor bienhechor de la humanidad, pues sólo él puede dar la vida eterna.
 
3- La autoestima es razonable; pero la vanidad, no. Ignorar los dones recibidos de Dios es ingratitud; pero envanecerse de ellos es ridículo, pues Dios pudo habérselos dado a otro y no a ti. Ya dijo San Pablo: ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si los has recibido, ¿de qué te engríes?

4- Procura tener una buena cultura, sobre todo en las materias afines al sacerdocio. Pero no olvides que la virtud es más importante que la cultura. El Cura de Ars, con poca cultura, ha salvado más almas que muchos sacerdotes muy cultos.

5- El tiempo es para evangelizar, estudiar y orar. Nada más. Descansar sólo lo indispensable.

6- Cuida tu salud para estar apto a las exigencias de la evangelización.

7- Cuida tu imagen; no por vanidad mundana, sino para ayudar a que reciban tu mensaje. Si resultas repelente, el rechazo a tu persona arrastrará el rechazo a tu mensaje.

8- Es posible que alguna mujer se enamore de ti. Recházala con caridad, pero con firmeza. No te creas invencible. Todos podemos perder la cabeza. No serías el primero ni el último. Sé humilde y toma precauciones.

9- La codicia es peor que la lujuria. El dinero hace falta para evangelizar. Muchos instrumentos de evangelización cuestan dinero. Pero el apego al dinero puede apartarnos de Dios.

10- Sé fiel al ‘MAGISTERIO OFICIAL DE LA IGLESIA’. Debemos dejarnos conducir por quien Dios ha puesto al timón de la Iglesia, y no por las opiniones de un marinero de cubierta.

11- Debemos procurar ser “otros Cristos” en la tierra: pasar haciendo el bien. Que todo el que se acerque a nosotros se aleje mejorado espiritualmente.
 
12- Y por supuesto, atiende a todos siempre con buena cara. Que nunca nadie pueda considerar que no lo has atendido bien.

13- Cuida mucho los juicios que emites de otros. Alguna persona se apartó de la Iglesia por lo que dijo de ella un sacerdote. Hay que combatir el error, pero sin despreciar a la persona equivocada.

14- Si te equivocas, reconócelo; y pide perdón si alguien se ha sentido herido por tu culpa. La soberbia en un sacerdote es funesta. La humildad resulta atractiva.

15- Que se te vea piadoso. Trata a la Eucaristía con todo respeto y devoción. El P. Ángel Peña, agustino recoleto, tiene un bonito libro titulado ‘SACERDOTE PARA SIEMPRE’, que termina con este consejo: ‘Sacerdote, celebra tu misa, como si fuera tu primera misa, como si fuera tu última misa, como si fuera tu única misa’.

Padre Jorge Loring + Fue a la Casa del Padre el 25. XII. 2013
http://www.infovaticana.com/consejos-a-un-joven-sacerdote/



20 de agosto de 2014

Amistad y soledad!

Por Luis Alva

A primera vista la soledad es considerada como "algo" negativo. Cuando se nos menciona la palabra soledad inmediatamente la relacionamos con alejamiento de personas y cosas, ausencia de compañía, etc. Algunos sectores han llegado a interpretar que  "la soledad es el mal de nuestro tiempo". La teoría más difusa por los medios es la de considerar a la soledad como un problema clínico que necesita de una terapia específica. La soledad también se considera como uno de los posibles factores que causan otros desorden, entre ellos la depresión y el suicidio, etc.

Sin embargo, Giovanni Cucci nos presenta una seria valoración sobre el tema de la soledad en relación con la amistad.

Vivir la amistad exige también la capacidad de sentirse a gusto con uno mismo, con el propio mundo interior, y saber aceptar la soledad. La soledad es la situación característica de todo ser humano. La soledad es un banco de pruebas indispensables que verifica la solidez y la verdad de una amistad: quien no sabe estar bien consigo mismo difícilmente podrá tener relaciones serenas con los demás. Aceptar la propia soledad es signo de madurez, de nos ser esclavo de la dependencia afectiva, sino capaz de intimidad, de fidelidad y, por consiguiente, de amistad, aceptando, cuando fuere necesario, apartarse por el bien del otro.

La experiencia de la soledad acompaña también a los diversos estados de vida, al matrimonio, a la vida consagrada y porque no a la sacerdotal. Porque hay un aspecto interior, un vacío que nadie puede llenar. Hay siempre un fondo que no llega a compartirse, un vacío que no puede llenarse.

Pretender eliminar  a toda costa la soledad significaría sacrificar esta dimensión fundamental del espíritu. Si la soledad es el fondo más íntimo y sagrado de la persona, tiene que salvaguardarse como tal, so pena de ser destruida. El amigo no puede, por consiguiente, ser reducido a una válvula de escape o, por aún, a un contenedor de basura donde se puede echar cualquier cosa simplemente porque así puede uno sentirse mejor. La relación de amistad no es el lugar  en el que se comunica todo, en la pura inmediatez. Una amistad que pretende ser total acaba tiranizando y aniquilando sus componentes.

La soledad puede provoca malestar cuando encuentra a la persona distante de su ser más profundo, cuando vive con su superficialidad o, como diría Heidegger, en el chismorreo vacío, que cuanto más vacío y más superficial, tanto más, curiosamente se difunde, perdiéndose en las cosas que hay que hacer, en las personas que hay que ver, en el cotilleo del momento, esperando que esto pueda llenar el vacío que atormenta.

Este alejamiento de uno mismo está también en el origen de la inseguridad de fondo de quien no sabe bien lo que quiere y tiene la costumbre de pedir instantáneamente al amigo consejos sobre cosas fundamentales de su vida, sin encontrar respuestas, porque no es capaz de escuchar la voz del corazón.

La soledad no aceptada parece estar en el origen de relaciones interpersonales vividas de modo morboso. La soledad, una vez más, se convierte en una dimensión insoportable de la existencia cuando no va acompañada de la presencia de una afectividad y una espiritualidad  maduras; y esto, si es una verdad para todo hombre, lo es de modo particular para la persona consagrada.

Aceptar la propia soledad significa, por consiguiente, haber llegado a ser amigo de uno mismo, y solo de este modo resulta ser amigo del otro. La soledad adquiere así un valor particular en la vida, porque revela, de modo discreto y difícil la naturaleza espiritual del hombre. Llevar en el corazón al otro es lo que nos permite sentirlo cerca, aunque no esté presente.


Cf. Giovanni Cucci, La fuerza que nace de la debilidad. Aspectos psicológicos de la vida espiritual. Santander, Sal Terrae, 2013.



14 de agosto de 2014

Dimensión particular (diocesana) y universal (Ad gente) del sacerdocio ministerial

Por J. Esquerda Bifet

Los estudios postconciliares sobre la naturaleza misionera del sacerdocio ministerial, han profundizado cada vez más las exigencias concretas que de ella derivan. Gracias a estos estudios y a la doctrina magisterial, hoy se acepta sin discusión (en línea de principio) que "los sacerdotes deben tener un corazón y mentalidad misionera" (RMi 67), por el hecho de que "la vocación sacerdotal es también misionera".

1. De "Presbyterorum Ordinis", a "Pastores dabo vobis": Datos básicos de la misionariedad del sacerdocio ministerial
            Este espíritu misionero "sacerdotal" del envío evangélico ha cuajado en los documentos magisteriales sobre la misión, especialmente a partir del concilio Vaticano II, aunque no hay que infravalorar la doctrina de las encíclicas misioneras anteriores al concilio.[2]

            A) El concilio Vaticano II

            Los documentos conciliares del Vaticano II ofrecen los elementos básicos de la misionariedad sacerdotal. Llama la atención la insistencia y claridad de "Presbyterorum Ordinis", a partir del don recibido en la ordenación, como participación en el mismo sacerdocio y misión de Cristo: "El don espiritual  que recibieron los presbíteros en la ordenación no los dispone sólo para una misión limitada y res­tringida, sino para una misión amplísima y universal de salva­ción 'hasta los extremos de la tierra' (Act 1,8), porque cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles. Porque el sacerdo­cio de Cristo, de cuya plenitud participan verdaderamente los presbíteros, se dirige por necesidad a todos los pueblos y a todos los tiempos, y no se coarta por límites de sangre, de nación o de edad, como ya se significa de manera misteriosa en la figura de Melquisedec. Recuerden, pues, los presbíteros que deben llevar en el corazón la solicitud de todas las iglesias" (PO 10).[3]

            En el mismo decreto conciliar, al hablar del ministerio sacerdotal de la palabra, no deja de indicar la universalidad, citando precisamente el texto del mandato misionero según Marcos: "Como nadie puede salvarse si antes no cree, los presbíteros, como cooperadores de los Obispos, tienen como obliga­ción principal al anunciar a todos el Evangelio de Cristo, para constituir e incrementar el Pueblo de Dios, cumpliendo el mandato del Señor: 'Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura' (Mc 16,15)" (PO 4).

            La construcción de la propia comunidad, como tarea del presbítero, apunta a "formar una genuina comunidad cristiana". Pues bien, "para cultivar debidamente el espíritu de comunidad, ese espíritu ha de abarcar no sólo la Iglesia local, sino también la Iglesia universal" (PO 6). Las "empresas apostólicas" que ha de emprender el presbítero, principalmente por colaborar en la responsabilidad universal del obispo, "es menester que traspasen los límites de una parroquia o diócesis" (PO 7). Por esto deben tener "por encomendados a todos aquellos que no reconocen a Cristo como Salvador suyo" (PO 9) y manifestar en todo momento "un espíritu verdaderamente misionero" (PO 22), para manifestar "la solicitud de toda la Iglesia" (PO 11). Ya hemos citado ampliamente en la introducción uno de los textos (LG 28) que han llamado más la atención sobre la disponibilidad misionera de los presbíteros, llamados a "cooperar en el trabajo pastoral de toda la diócesis e incluso de toda la Iglesia" (LG 28).
            Esta disponibilidad misionera, según el concilio, además de ser una exigencia del mismo sacerdocio (PO 10), lo es también por ser los presbíteros "cooperadores del Orden episcopal" (LG 28; PO 2). La tarea misionera local y universal, que incumbe claramente al obispo, es, también propia de los presbíteros como sus "necesarios colaboradores" (PO 7). Cuando el concilio insiste en esta responsabilidad misionera del obispo, hace alusión continua a la cooperación que deben prestar los presbíteros (LG 23, 28; CD 5-6, 22-23). No se trata, pues, de un simple permiso que se otorga a un presbítero que pide ir a misiones, sino de cumplir con una obligación que atañe principalmente al obispo, como "responsable de la Iglesia" (CD 6), participando "de la solicitud por la Iglesia universal" (CD 5). Por esto la labor apostólica en una Iglesia particular, especialmente en el momento de distribuir los presbíteros, deberá "tener presentes las necesidades de la Iglesia universal" (CD 23).
            La "implantación de la Iglesia", que es tarea de todos, es principalmente responsabilidad del obispo con su Presbiterio. "Los obispos, juntamente con su Presbiterio, imbuidos más y más del sentido de Cristo y de la Iglesia, sientan y vivan con la Iglesia universal" (AG 19). Esta responsabilidad llegará hasta "enviar a algunos de sus mejores sacerdotes que se ofrezcan para la obra misionera... donde desarrollen, al menos temporalmente, el ministerio misional con espíritu de servicio" (AG 38).
            Puede considerarse un resumen sobre este tema, la conclusión a que llega el decreto "Ad Gentes": "Los presbíteros representan la persona de Cristo y son cooperadores del orden episcopal, en su triple función sagrada que se ordena a las misiones por su propia naturaleza. Estén profunda­mente convencidos que su vida fue consagrada también al servicio de las misiones... Por consiguiente, organizarán el cuidado pastoral de forma que sea útil a la dilatación de Evangelio entre los no cristianos" (AG 39). Cada uno de los ministerios tiene esta derivación misionera universal.
            Para llegar a hacer efectivas estas directrices, se requiere una formación adecuada, que debe comenzar, al menos, desde el Seminario. Por esto, el concilio, al describir la formación pastoral de los candidatos al sacerdocio, dice: "Llénense de un espíritu tan católico que se acostum­bren a traspasar los límites de la propia diócesis o nación o rito y ayudar a las necesidades de toda la Iglesia, preparados para predicar el Evangelio en todas partes" (OT 20).[4]

            B)      "Evangelii nuntiandi", "Postquam Apostoli", "Redemptoris Missio"
            La exhortación apostólica postsinodal "Evangelii nuntiandi" (EN) (1975) no ofrece novedad especial respecto a nuestro tema. Pero, al referirse a los sacerdotes, pone de relieve su unión con el obispo en cada uno de los ministerios: "A los Obispos están asociados en el ministerio de la evange­lización, como responsables a título especial, los que por la ordenación sacerdotal obran en nombre de Cristo, en cuanto educa­dores del Pueblo de Dios en la fe, predicadores, siendo además ministros de la Eucaristía y de los otros sacramentos. Todos nosotros, los Pastores, estamos, pues, invitados a tomar conciencia de este deber, más que cualquier otro miembro de la Iglesia" (EN 68). Se alude también a la unión entre todos los pastores respecto a la acción evangelizadora, tomando como punto de partida la ordenación: "Y cuando, en la medida de nuestros límites humanos y secun­dando la gracia de Dios, cumplimos todo esto, realizamos una labor de evangelización : Nos, como Pastor de la Iglesia universal ; nuestros Hermanos los Obispos, a la cabeza de las Iglesias locales ; los Sacerdotes y Diáconos, unidos a sus Obispos, de los que son colaboradores, por una comunión que tiene su fuente en el sacra­mento del Orden y en la caridad de la Iglesia" (ibídem).[5]
            Las directrices de "Postquam Apostoli" (1980) repiten los contenidos del Vaticano II, para pasar a un terreno práctico de distribución del clero, teniendo en cuanto la realidad de Iglesias hermanas más necesitadas. El documento precisa el objetivo de las ayudas (para que cada Iglesia particular pueda valerse por sí misma), indica el sentido pastoral de la distribución (puesto que no se trata de mera distribución numérica), recuerda que debe ser fruto de la vitalidad espiritual y pastoral de la Iglesia particular y del Presbiterio y presenta unas líneas para planificar la ayuda a partir de una pastoral de conjunto bien organizada.[6]
            La encíclica "Redemptoris Missio" (RMi) (1990) ha querido ser un relanzamiento de la misión universal, que parecía "debilitarse" (RMi 2), llamando a toda la Iglesia a una nueva evangelización que desemboque en la evangelización "ad gentes": "¡La fe se fortalece dándola! La nueva evangelización de los pueblos cristianos hallará inspiración y apoyo en el compromiso por la misión universal" (RMi 2); "Dios abre a la Iglesia horizontes de una humanidad más preparada para la siembra evangélica. Preveo que ha llegado el momento de dedicar todas las fuerzas eclesiales a la nueva evangelización y a la misión ad gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la Iglesia puede eludir este deber supremo: anunciar a Cristo a todos los pueblos" (RMi 3).
            La encíclica RMi presenta la naturaleza misionera de la Iglesia en una línea de urgencia práctica, a modo de llamada a tomar conciencia de la propia vocación. No sólo hay que aquilatar los criterios teológicos (cap. I-III), discernir la situación actual (cap. IV) y encontrar nuevos caminos para una acción pastoral misionera (cap. V), sino que cada creyente, según su propia vocación, debe asumir la responsabilidad misionera que le corresponde (cap. VI), cooperando con los medios espirituales, vocaciones y materiales (cap. VII) y viviendo una espiritualidad cristiana que sea verdaderamente misionera (cap. VIII).
            A mi entender, una de las principales novedades de la encíclica RMi consiste en haber recuperado la prioridad de la responsabilidad misionera para las Iglesias particulares, con su Obispo y su Presbiterio (RMi 61-64, 67-68), siempre en colaboración y bajo la dirección del sucesor de Pedro. El punto de partida de la misión es Cristo mismo. Es la misión recibida del Padre, bajo la acción del Espíritu Santo, que Cristo comunica a su Iglesia. Ahora bien, en esa misión, los doce Apóstoles y sus sucesores son los primeros responsables: "Los Doce son los primeros agentes de la misión universal" (RMi 66).
            Aquella realidad apostólica continúa en los sucesores de los Apóstoles y en cada Iglesia particular: "Lo que se hizo al principio del cristianismo para la misión universal, también sigue siendo válido y urgente hoy. La Iglesia es misionera por su propia naturaleza, ya que el mandato de Cristo no es algo contingente y externo, sino que alcanza al corazón mismo de la Iglesia. Por esto, toda la Iglesia y cada Iglesia es enviada a las gentes" (RMi 62). Por eso, "en ese vínculo esencial de comunión entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares se desarrolla la auténtica y plena condición misionera" (ibídem).
            Cada obispo, como cabeza de su Iglesia particular y como miembro del Colegio Episcopal, es responsable de la misión universal: "Así como el Señor resucitado confirió al Colegio apostólico encabezado por Pedro el mandato de la misión universal, así esta responsabilidad incumbe al Colegio episcopal encabezado por el Sucesor de Pedro... Mis hermanos son directamente responsables conmigo de la evangelización del mundo, ya sea como miembros del Colegio Episcopal, ya sea como pastores de las Iglesias particulares" (RMi 63; citando LG 23 y AG 38). Esta responsabilidad misionera universal será no sólo el termómetro, sino también el estímulo para la misión particular o local.
            La consecuencia que deriva de estos principios es muy concreta: "Toda Iglesia particular debe abrirse generosamente a las necesidades de los demás" (RMi 64). La encíclica alude al ejemplo de América Latina, y cita el texto de la IIIª Conferencia Episcopal Latinoamericana reunida en Puebla (1979).[7]
            Los presbíteros son tales en cuanto colaboradores de los Obispos, asumiendo su responsabilidad misionera local y universal. La encíclica cita "Postquam Apostoli", que ya hemos resumido más arriba. Después de alentar a los misioneros en general y a los Institutos Misioneros (nn.65-66), la encíclica centra la atención en los sacerdotes, especialmente diocesanos: "Colaboradores del obispo, los presbíteros, en virtud del sacramento del Orden, están llamados a compartir la solicitud por la misión (cita PO 10)... Todos lo sacerdotes deben tener corazón y mentalidad misioneros, estar abiertos a las necesidades de la Iglesia y del mundo... no dejarán además de estar concretamente disponibles al Espíritu Santo y al Obispo para ser enviados a predicar el Evangelio más allá de los confines del propio país" (RMi 67).
            La referencia a "Fidei donum" (en RMi 68) indica una modalidad de ayuda que no puede reducirse a una prestación temporal, sino que debe encontrar un compromiso más estable por parte de la Iglesia particular y del Obispo con su Presbiterio. El Papa, en RMi, reafirmando las directrices de "Fidei donum", invita a encontrar nuevas modalidades: "Mi deseo es que el espíritu de servicio aumente en el Presbiterio de las Iglesias antiguas y que sea promovido en el Presbiterio de las Iglesias más jóvenes" (RMi 68).[8]
            Habiendo subrayado RMi la prioridad misionera de la Iglesia particular y del Obispo, sin olvidar a los presbíteros y al Presbiterio como "colaboradores de Obispo", cabe preguntarse por qué la encíclica no ha dado más amplitud a la misionariedad de los sacerdotes diocesanos (como hará posteriormente "Pastores dabo vobis"). De hecho, después de ahondar en la misionariedad de las Iglesia particulares (RMi 64), el Papa pasa directamente a los misioneros y a los Institutos Misioneros (RMi 65-66) y sólo después habla de los sacerdotes diocesanos (RMi 67-68). Hay que tener en cuenta que una de las razones para la publicación de la RMi ha sido el riesgo de soslayar la vocación misionera específica (afirmada ya en AG 23). En diversos puntos de la encíclica, el Papa hace una llamada a reconocer la especificidad de esta vocación misionera: "Se trata, pues, de una 'vocación especial', que tiene como modelo la de los Apóstoles: se manifiesta en el compromiso total al servicio de la evangelización; se trata de una entrega que abarca a toda la persona y a toda la vida del misionero, exigiendo de él una donación sin límites de fuerzas y de tiempo" (RMi 65).[9]
            Esta vocación misionera específica ("de por vida") la pueden tener laicos, religiosos y sacerdotes, pertenecientes o no a un Instituto Misionero. Por tanto, también los sacerdotes "diocesanos" (o "seculares") incardinados en una diócesis o en una institución eclesial. Pero, aunque todo el Presbiterio está llamado a cooperar en la responsabilidad misionera del Obispo y a hacer posible un cauce misionero estable para la Iglesia particular, puede ser que no todos los sacerdotes estén dispuestos a una acción misionera "ad gentes" directa y por "toda la vida" (RMi 65), como "donación total y perpetua a la obra de las misiones" (RMi 79). Por esto hay que suscitar esta disponibilidad, y seguir siempre ayudando a los Institutos Misioneros que prestan para ello un cauce especial y estable. Queda en pie la cuestión de una "diócesis misionera", a la que se confiara un terreno de misión, en el sentido de equivalencia a una institución misionera estricta.[10]

            C)      La nueva instancia misionera sacerdotal según "Pastores dabo vobis"
            La exhortación apostólica postsinodal "Pastores dabo vobis" no es un documento exclusivamente misionero, como lo es "Ad Gentes" y "Redemptoris Missio". Pero, por ser documento sacerdotal, presenta el sacerdocio ministerial con todas sus exigencias de seguimiento evangélico y de misión, apuntando a la necesidad de una formación inicial y permanente que asuma orgánicamente estas exigencias.
            Que el sacerdote, precisamente por serlo, esté llamado a la misión universal, se da por descontado, citando y glosando los documentos conciliares y postconciliares que nosotros ya hemos estudiado más arriba sintéticamente. Se trata claramente y sin lugar a reticencias, de una "solicitud por la Iglesia universal y por cada una de las Iglesias particulares" (PDV 17). "El ministerio del presbítero está totalmente al servicio de la Iglesia... está ordenado no sólo para la Iglesia particular, sino también para la Iglesia universal" (PDV 16). Queda, pues, bien claro "el carácter misionero de todo sacerdote" (PDV 16).[11]
            La referencia explícita a la misión local y universal aparece constantemente al hablar de la naturaleza de la misión y de la espiritualidad sacerdotal. Lo mismo se puede apreciar cuando trata de la formación inicial y permanente, de modo especial en su nivel pastoral: "La conciencia de la Iglesia como comunión 'misionera' ayudará al candidato al sacerdocio a amar y vivir la dimensión misionera esencial de la Iglesia y de las diversas actividades pastorales; a estar abierto y disponible para todas las posibilidades ofrecidas hoy para el anuncio del Evangelio, sin olvidar la valiosa ayuda que pueden y deben dar al respecto los medios de comunicación social; y a prepararse para un ministerio que podrá exigirle la disponibilidad concreta al Espíritu Santo y al Obispo para ser enviado a predicar el Evangelio fuera de su país" (PDV 59) (cita RMi 67-68). Por esto, "la formación permanente ayuda al 'sacerdote' a custodiar con amor vigilante el 'misterio' del que es portador para el bien de la Iglesia y de la humanidad" (PDV 72).
            La nueva instancia misionera de "Pastores dabo vobis" podría considerarse ya suficiente por el hecho de repetir sintéticamente, con claridad y armonía, la doctrina misionera conciliar y postconciliar. En efecto, la exigencia misionera aparece espontáneamente en el desarrollo de la doctrina sacerdotal, a nivel formativo y a nivel ministerial, como fruto maduro del ser, del obrar y de la vivencia. Pero hay algo más, como vamos a ver.
            Llama la atención en PDV el modo de describir la dimensión misionera del sacerdote a partir de la "sucesión apostólica" (como misión y como seguimiento evangélico) y de la pertenencia a la Iglesia particular (especialmente por la incardinación). Respecto al mismo sacerdocio como participación en el sacerdocio de Cristo, así como respecto a la colaboración con el obispo y al servicio de la Iglesia particular, se repiten los contenidos de los documentos anteriores, que PDV cita y glosa con cierta amplitud. Veamos los dos aspectos que pueden ser más novedosos.
            La sucesión apostólica o del ministerio apostólico une estrechamente Obispos y presbíteros (que forman parte del mismo Presbiterio, presidido por el Obispo). En el Mensaje de los Padres sinodales, citado por la exhortación, los Obispos dicen: "Vosotros sois nuestros primeros cooperadores en el servicio apostólico" (PDV 4). En realidad, "el sacerdocio de segundo orden se incorpora a la estructura apostólica de la Iglesia. Así el presbítero, como los Apóstoles, hace de embajador de Cristo (cf. 2Cor 5,20)... Por tanto, el ministerio ordenado surge con la Iglesia y tiene en los Obispos, y en relación y comunión con ellos también en los presbíteros, una referencia particular al ministerio originario de los apóstoles, al cual 'sucede' realmente, aunque respecto al mismo tenga unas modalidades diversas" (n.16).[12]
            Uno de los párrafos más explícitos sobre la sucesión apostólica es el n. 42 del capítulo V: "Instituyó doce para que estuvieran con él"... "vivir como los Apóstoles, en el seguimiento evangélico". Antes de pasar a los cuatro niveles de formación (humana, espiritual, intelectual y pastoral), el documento quiere dejar claro que se trata de una formación para la Vida Apostólica de los Doce: "dejarse configurar con Cristo Buen Pastor" y, por tanto, aprender en la "escuela del Evangelio", a "vivir en el seguimiento de Cristo como los Apóstoles" (PDV 42). El tema se repite al hablar del Seminario como "continuación en la Iglesia, de la íntima comunidad apostólica formada en torno a Jesús... comunidad promovida por el Obispo para ofrecer, a quien es llamado por el Señor para el servicio apostólico, la posibilidad de revivir la experiencia formativa que el Señor dedicó a los Doce". De este modo el Seminario será "fiel a los valores evangélicos en los que se inspira y capaz de responder a las situaciones y necesidades de los tiempos" (n.60).[13]
            Esta disponibilidad universal deriva también del hecho de pertenecer a la Iglesia particular y al Presbiterio y colaborar en la responsabilidad misionera del Obispo, siempre en la línea de universalismo: "La pertenencia y dedicación a una Iglesia particular no circunscriben la actividad y la vida del presbítero, pues, dada la naturaleza de la Iglesia particular y del ministerio sacerdotal, aquellas no pueden reducirse a estrechos límites... (cita PO 10)... sino a la misión universal" (PDV 32). La Iglesia particular es el eco y concretización de la Iglesia universal, como corresponsable de la misma misión universalista[14]. El Obispo con su Presbiterio es responsable de hacer efectiva esta misión, en la que deben participar todos los componentes de la comunidad eclesial y, de modo particular, los presbíteros como colaboradores necesarios de los Obispos en el "servicio apostólico".[15]
            La responsabilidad misionera se presenta también en el contexto de la trilogía Iglesia misterio, comunión y misión, relacionando los tres elementos: la Iglesia es misionera siendo portadora de Cristo (misterio) como fraternidad imagen de la Trinidad (comunión), que debe construir la comunión universal de hermanos en Cristo. El sacerdote ministro sirve a esta Iglesia que es, pues, misionera por su misma naturaleza.[16]

          





    [1] Juan Pablo II, Carta del Jueves Santo de 1979, n.8.  A. BANDERA, Presbiterado, colegialidad e Iglesia universal, "Ciencia tomista" 11 (1984) 463-486; G. CAPELLAN, Dimensión misionera, en: Espiritualidad sacerdotal, Congreso, Madrid, EDICE 1989, 419-428;
J. DELICADO, Dimensión misionera del sacerdocio, Burgos 1976 (38 Semana Misional) 109-126; J. ESQUERDA BIFET, Sacerdotes al servicio de la Iglesia particular y universal, en: Signos del Buen Pastor, Espiritualidad y misión sacerdotal, Bogotá, CELAM 1991; R. MACIAS, Vocación sacerdotal, vocación misionera, "Ominis Terra 13 (1981) 471-478; J. SARAIVA, Il dovere missionario dei Pastori, in: Chiesa e Missione, Roma, Pont. Univ. Urbaniana 1990, 141-157; A. SARMIENTO, El Corazón de Cristo y el carácter misionero del sacerdocio ministerial, "Teología del Sacerdocio" 18 (1984) 203-246; I. TRUJILLO, En torno a la identidad misionera del clero diocesano, "Misiones Extranjeras" 88-89 (1985) 311-322; R., ZECCHIN, I sacerdoti fidei donum, una maturazione storica ed ecclesiale della misionarietà della chiesa, Roma, Pont. Opere Missionarie 1990; T. UBEDA, Cómo ser sacerdote hoy? Dimensión misionera de la espiritualidad sacerdotal, "Misiones Extranjeras" 87 (1984) 359-363. Ver más bibliografía en: Teología de la espiritualidad sacerdotal, Madrid, BAC 1991, cap. VII (Ministros del Evangelio).
    [2] Ver estos documentos misioneros en: El Magisterio pontificio contemporáneo, Madrid, BAC 1992, II, 5-226 (Evangelización). Hay que notar especialmente la influencia de la encíclica de Pío XII, "Fidei donum" (1957) sobre la solicitud misionera "in solidum" de parte de los obispos: LG 23; CD 4, 36-37; AG 5-6, 38; Catecismo de la Iglesia Católica n.1560.
    [3] El texto conciliar cita el mandato misionero según Act 1,8, y alude al envío misionero durante la vida pública según Lc 10,1, acentuando la comunión "de dos en dos". El Catecismo de la Iglesia Católica cita este mismo texto conciliar juntamente con OT 20: CEC 1565.
    [4] AA.VV., Séminaires et esprit missionnaire, "Bulletin de Saint Sulpice" 17 (1991); AA.VV., De aspectu missionali in sacerdotali formatione, "Seminarium" (1973), n.4; R. DEVILLE, La formation des seminaristes à l'esprit missionnaire, "Seminarium" 30 (1990) 177-187; J.M. GOIBURU, La formación misionera en los seminarios y la Unión Misional, "Seminarium" (1973) 1104-1129; F. PAVANELLO, L'orientamento missionario nella formazione sacerdotale, "Seminarium" (1970) 781-797; J. SARAIVA MARTINS, La formazione missionaria dei sacerdoti alla luce del Sinodo 1990 e della "Patores dabo vobis", en: Missione per il terzo millennio, Roma, PUM 1992, 263-282.
    [5] Curiosamente en las notas no se citan LG 28 ni PO 10, aunque sí otros números de LG, PO y AG. Ver: Esortazione Apostolica "Evangelii Nuntiandi", Commento sotto l'aspetto teologico, ascetico e pastorale, S. Congregazione per l'Evangelizzazione dei Popoli ; L'Annuncio del Vangelo oggi, Roma, Pont. Univ. Urbaniana 1977.
    [6] Notae directivae de mutua Ecclesiarum particularium cooperatione promovenda ac praesertim de aptiore cleri distributione, "Postquam Apostoli"(25.3.80): AAS 72 (1980) 343-364 (EV 7, 232-281). Estudios sobre el documento y sobre el tema: AA.VV, Chiesa locale e cooperazione tra le Chiese, Bologna, EMI 1973; AA.VV., Il mondo è la mia parrocchia, The world is my parish, Roma 1971; M. ANDRES, La distribución de los presbíteros y las vocaciones sacerdotales, "Teología delsacerdocio" 7 (1975) 297-337; J. ESQUERDA BIFET, La distribución del clero, Burgos 1972; Idem, Cooperación entre Iglesias particulares y distribución de efectivos apostólicos (comentario a "Postquam Apostoli"), "Euntes Docete" 34 (1981) 427-454; V. MALLON, Distribución del clero en elmundo. Comentario acerca de "Postquam Apostoli", "Omnis terra" n.111 (1982) 29-36; n.112 (1982) 59-66; A. DE SILVA, Intercomunhâo das Igrejas locais e distribuçâo dos agentes de evangelizaçâo, "Igreja e Missâo" 34 (1982) 263-295; R. ZECCHIN, I sacerdoti fidei donum, una maturazione storica ed ecclesiale della misionarietà della chiesa, Roma, Pont. Opere Missionarie 1990. Ver también CIC, can. 832-835; Catecismo de la Iglesia Católica, 1560, 1575.
    [7] La encíclica cita "Puebla": "Finalmente, ha llegado para América Latina la hora... de proyectarse más allá de sus propias fronteras, ad gentes. Es verdad que nosotros mismos necesitamos misioneros. Pero Debemos dar desde nuestra pobreza" (Puebla 368). El documento de "Santo Domingo" (IVª Conferencia) acentúa todavía más este compromiso misionero de las Iglesias particulares (nn.124-125). Las conclusiones de la Asamblea de Santo Domingo han reafirmado esta perspectiva "ad gentes"; el documento insiste en esta responsabilidad por parte de cada Iglesia particular: cap. I (la nueva evangelización), n. 125. Ver: J. ESQUERDA BIFET, El despertar misionero "Ad Gentes" en América Latina, "Euntes Docete" 45 (1992) 159-190.
    [8] Ver algunos comentarios (en colaboración) a la encíclica RMi:  Haced discípulos a todas las gentes, Comentario y texto de la encíclica "Redemptoris Missio", Valencia, EDICEP 1991, 249-270; Cristo, Chiesa, Missione, commento all'enciclica "Redemptoris Missio", Roma, Pont. Univ. Urbaniana 1992; Redemptoris Missio, Riflessioni, Roma, Pontificia Università Urbaniana 1991; La missione del Redentore, Leumann, Torino, LDC 1992.
    [9] Ver también RMi 66. A mi entender hay que distinguir entre la vocación misionera de "universalidad" y la vocación misionera especializada para el "primer anuncio" o la "implatación de la Iglesia". Ver un comentario reciente al decreto conciliar: AA.VV., Chiesa e missione, Roma, Pont. Univ. Urbaniana 1990. Sobre la vocación: AA.VV., Vocación común y vocaciones específicas, Madrid, Soc. Educ. Atenas 1984 (vocación misionera: pp. 63-85.
    [10] Además de la bibliografía citada en la nota 2, ver:  M. DA MEMBRO, Inserimento dell'attività missionaria della Chiesa universale nelle Chiese particolari, "Euntes Docete" 24 (1971) 291-328; J. ESQUERDA BIFET, Dimensión misionera de la Iglesia local, Madrid, Com. Episcopal Misiones 1975; J. GUERRA, Las Iglesias locales como signo de la Iglesia universal en su proyección misionera, "Misiones Extranjeras" 54 (1967) 181-194; H.M.  LEGRAND, Nature de l'Eglise particulière et rôle de l'Evêque dans l'Eglise, en: La Charge pastorale des Evêques, Paris 1969; J.  LOSADA, A responsabilidade missionaria das Igrejas locais, "Igreja e Missâo" 34 (1982) 241-262; X. SEUMOIS, Les Eglises particulières, en: L'activité missionnaire de l'Eglise, Paris 1967, 281-299; P. TENA, Eglise, in: Dict. Sipiritualité, fasc. 25, col. 370-384; S.J. UKPONG, The local Church and missionary consciousness, en: Portare Cristo all'uomo, II, Roma, Pont. Univ. Urbaniana 1985, 559-578; J. VODOPIVEC, La Chiesa locale e la missione, in: Chiesa e missione, Roma, Pont. Univ. Urbaniana 1990, 97-139.
    [11] Se remite a "Instrumentum laboris" n. 16 y a la "Propositio" n. 7 del Sínodo de los Obispos de 1990. Documentos de este Sínodo, con índices de materias: G. CAPRILE, Il Sinodo dei Vescovi 1990, Ediz. La Civeltà Cattolica 1991. Ver otros números de "Pastores dabo vobis" sobre la misionariedad del sacerdote: nn. 2, 4, 14, 16-18, 23, 31-32, 59, 72, 74-75, 82. Comentarios al documento postsinodal: Pastores dabo vobis, Esort. Apost. Post-Sinodale di Giovanni Paolo II (25 marzo 1992). Testo originale...  (presentazione, introduzioni, commentoe sussidi (J. Saraiva, L. Pacomio), Casale Montferrato, PIEMME 1992; Os daré pastores según mi corazón, Valencia, EDICEP 1992; Vi darò pastori secondo il mio cuore, Esortazione Apostolica "Pastores dabo vobis"..., Testo e commenti, Lib. Edit. Vaticana 1992; M. CARPIOLI, Esortazione Apostolica Postsinodale "Pastores dabo vobis", "Teresianum" 43 (1992) 323-357.
    [12] El documento postsinodal da mucha importancia a la relación del sacerdocio ministerial (de los presbíteros) con la sucesión apostólica: nn. 4-5, 15-16, 22, 24, 42, 46, 60. El Catecismo de la Iglesia Católica (n.1554), al indicar la unidad entre los obispos y los presbíteros, cita a San Ignacio de Antioquía: "Que todos reverencien a los diáconos como a Jesucristo, como también al obispo, que es imagen del Padre, y a los presbíteros, como al senado de Dios y como a la asamblea de los apóstoles; sin ellos no se puede hablar de Iglesia" (Ad Trall. 3,1).
    [13] La dimensión misionera del presbítero está en relación con la responsabilidad misionera de los Obispos (AG 38). "Los Doce son los primeros agentes de la misión universal, constituyen un 'sujeto colegial' de la misión" (RMi 61). "Así como el Señor resucitado confirió al Colegio apostólico encabezado por Pedro el mandato de la misión universal, así esta responsabilidad incumbe al Colegio episcopal encabezado por el Sucesor de Pedro" (RMi 63).


    [14] PDV 31-32, 65, 74. La encíclica misionera de Juan Pablo II, afirma: "Toda Iglesia particular debe abrirse generosamente a las necesidades de las demás... La misión de la Iglesia es más vasta que la 'comunión entre las Iglesias'; ésta, además de la ayuda para la nueva evangelización, debe tener sobre todo una orientación con miras a la específica índole misionera" (RMi 64)

    [15] PDV 4, 16-18, 31-32.

    [16] PDV nn.12, 16, 59, 73.


12 de agosto de 2014

Incardinación y misión ¿Convergencia o divergencia?

Por Luis Alva

En el lenguaje "común" es probable la existencia de una divergencia entre el término incardinación y el término misión (en el sentido estricto de la palabra). El primero está vinculado a la pertenencia jurídica a una comunidad, en caso concreto a la diócesis. El segundo término responde a la imagen que aún circula en los rincones de seminarios y diócesis sobre el "sacerdote o hermano religioso misionero" que va a América, África o Asia.

Esto permite ver que la teología del: "Presbítero, ministro de la Iglesia universal", no ha encontrado una verdadera y consciente aceptación por parte de seminaristas y consecuentemente de sacerdotes. Es algo contradictorio, pero real, algunos seminaristas en el transcurso de su formación "descubren" sentirse llamados para la misión, y al saber que trabajarán sirviendo a su diócesis terminan por desanimarse. Otros, cuando se les hace la propuesta de "ir de misión" tajantemente responde que son diocesanos (y añaden de inmediato) no religioso!

El padre Luis Diego, licenciado en derecho canónico ha respondido a la pregunta  ¿Si el presbítero es ministro de la Iglesia universal, qué sentido tiene la incardinación? y viene a ser una acertada respuesta para nuestro cometido.

El sentido de la incardinación!

La vinculación de los presbíteros a las Iglesias particulares es una medida administrativa de buen gobierno: para favorecer su formación, para encauzar su apostolado, para su misma protección y defensa necesitan que un Obispo les atienda personalmente. Pero esta vinculación no debe ser exclusiva. Permaneciendo el hecho de la incardinación se habrá de encontrar la fórmula adecuada para que esa proyección hacia la Iglesia universal sea efectiva.


La incardinación se refiere al nexo jurídico que establece una relación de servicio entre el clérigo y una porción específica del Pueblo de Dios bajo una autoridad. Todo clérigo debe estar vinculado a una comunidad eclesial con una suficiente estructura a fin de que pueda cumplir sus fines[1].


Uno de los motivos de esta ley es la preocupación del legislador por evitar clérigos acéfalos, remarcando así que uno se ordena en función de la necesidad y el servicio a la Iglesia y no por su propia devoción u honra personal[2]. Al mismo tiempo se le otorga al clérigo un superior que defienda sus derechos[3] (por ejemplo la adecuada sustentación) y le asigne un oficio para así cumplir sus obligaciones[4].


La institución de la incardinación ha sufrido una evolución histórica que la ha ido configurando hasta llegar al Concilio Vaticano II y al CIC que la delimitan tal y como hoy la conocemos. Los concilios de Nicea (325), Antioquía (441) y Calcedonia (451) dieron unas normas relativas a la limitación de movimientos de los clérigos, prohibiendo las ordenaciones absolutas, las migraciones de clérigos y la Ordenación de éstos por parte de Obispos que no fuesen los propios. A partir del siglo XII con el concilio de Letrán III (1179) y IV (1215) se comienza a admitir las ordenaciones absolutas a título de patrimonio. Y en el Concilio de Trento (1563) establecerá la Ordenación a título de patrimonio o de beneficio, pero prohibirá la migración de los clérigos sin el permiso del Obispo propio. Esto convertirá la incardinación en una medida disciplinar, como medio de vigilancia y control. Y el CIC 17 crea un sistema que enfatiza la estabilidad frente a la movilidad afirmando la necesidad de la adscripción a una diócesis o a una religión con carácter absoluto y perpetuo. Admitirá la excardinación pero sin favorecerla. Pero la necesidad de clérigos en algunas diócesis hizo que estas normas fuesen pronto ineficaces[5]. El Concilio Vaticano II cambiará la perspectiva y devolverá a la incardinación su sentido pastoral y de servicio ministerial original[6].


Por tanto, el motivo de las ordenaciones sacerdotales hasta el Concilio Vaticano II era la necesidad del futuro presbítero para el servicio ministerial de una diócesis concreta, pero a partir del Concilio esta doctrina quedará enriquecida y será superada por la doctrina de la participación del presbítero en la solicitudo omnium ecclesiarum confiada por Cristo a su Iglesia y de la que el presbítero es llamado por su Ordenación. La diócesis es una parte viva e incompleta del Cuerpo Místico, no supone un todo autárquico o aislado, y la Ordenación sacerdotal es la colación de una misión en la Iglesia diocesana, pero siempre con una apertura de miras a la Iglesia universal, con una total y libre disponibilidad al servicio de ella[7].


La misión que un clérigo recibe con la Ordenación se trata de una misión genérica, universal, que necesita de una determinación jurídica para que sea efectiva, es decir, que mediante la sagrada Ordenación se confiere al clérigo una misión, y mediante la incardinación se concreta dicha misión jurídicamente[8].


Según la mente del Concilio, la incardinación tendría su lugar entre la Ordenación y la misión canónica[9]: mediante la incardinación se realiza una primera concreción de esa misión que es recibida en la Ordenación, consagrándose el clérigo plenamente al servicio de una Iglesia particular o una comunidad eclesial[10].


Pero aún hoy esta conciencia de universalidad, de colegialidad, incluso de fraternidad presbiteral, es escasa. Todavía sigue, en una gran mayoría de casos, una conciencia autárquica de cada diócesis y una disponibilidad práctica del clero diocesano y religioso encerrada en la incardinación. Hemos de retomar el Vaticano II, donde se nos recuerda una y otra vez, que cada miembro de la Iglesia, y los presbíteros especialmente por la Ordenación, participa en la misión universal del colegio[11].


De la misma forma el Concilio no duda en recomendar “la fundación de algunos seminarios internacionales, diócesis especiales o prelaturas personales y otros Institutos semejantes a los que puedan destinarse o en los que puedan ser incardinados los presbíteros según las normas que se establecerán para cada uno de los casos”[12]. Esta recomendación del Concilio parece tener un claro propósito: situar la incardinación en la misión del sacerdote diocesano en su verdadera dimensión. La incardinación es un instituto jurídico de carácter instrumental, es un medio que sirve al propósito de vincular al clérigo a una misión eclesial estable y bajo la autoridad de un superior, lo cual no es contrario a la disponibilidad universal del presbítero incardinado en estructuras supra-diocesanas.


Más adelante, en el tercer capítulo, estudiaremos el derecho asociativo en general y el de los clérigos en particular y cómo se trata el tema de la incardinación en ese caso. Ahora simplemente nos parece importante señalar las condiciones necesarias para conceder el derecho de incardinación a estructuras eclesiales de tipo asociativo, distintas de las estructuras de tipo jerárquico (diócesis e Iglesias particulares asimiladas[13], ordinariatos militares, etc.) puesto que éstas gozan de la facultad de incardinar por derecho general.


Si analizamos la normativa del Código se exige que dichas estructuras sean sociedades clericales, es decir, que atendiendo al fin o propósito querido por su fundador o por tradición legítima, se hallen bajo la dirección de clérigos, asuman el ejercicio del orden sagrado y estén reconocidas como tales por la autoridad eclesiástica[14]. Hay que resaltar aquí la importancia que tiene el hecho de que la sociedad asuma el ejercicio del orden sagrado, puesto que la incardinación consiste en una incorporación para el ejercicio del ministerio presbiteral y por tanto es requisito imprescindible que el clérigo pueda ejercer su ministerio en esa sociedad[15].


En segundo lugar para que un miembro pueda incardinarse en una sociedad, tiene que estar incorporado definitivamente en ella, y así quede asegurada la sustentación y la disciplina de modo permanente. La autorización para incardinar puede ser concedida, por tanto, sólo a aquellas sociedades que puedan ofrecer la garantía de realizar esa sustentación, tanto espiritual como material, para siempre[16]. Así, por derecho universal, el clérigo puede estar incardinado a una prelatura personal, un Instituto religioso, un Instituto secular, una sociedad de vida apostólica o una asociación clerical de derecho pontificio[17]. Veamos brevemente las distintas maneras de incardinación en estos cuatro tipos de sociedades:


- Institutos religiosos


La profesión religiosa es un acto mediante el cual un fiel cristiano se consagra a Dios incorporándose a un Instituto con los derechos y deberes que la ley establece. Para está incorporación es necesaria la aceptación y emisión pública de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia y la aceptación por parte de un superior competente en nombre de la Iglesia[18].


En cuanto a la incardinación el CIC establece, en el canon 268 §2[19], que el clérigo secular queda automáticamente incardinado en el Instituto religioso en el momento de la profesión perpetua.


Por tanto los religiosos por esta incardinación al propio Instituto quedan bajo la autoridad de sus superiores. Esto no significa que el Obispo diocesano no tenga una cierta autoridad sobre los religiosos que desarrollan una actividad apostólica en la diócesis. Se debe dar una coordinación entre el Obispo y los superiores para proceder de común acuerdo en las obras de apostolado de la diócesis[20].


A pesar del principio de autonomía[21] que rige la vida propia de los Institutos religiosos y sus relaciones con los Obispos, el CIC también señala el principio de subordinación en el canon 678 §1[22], en virtud del cual los religiosos están sometidos a la autoridad del Obispo diocesano en lo referente al ejercicio del apostolado[23].


- Institutos seculares


Como en el caso anterior se trata ante todo de Institutos de vida consagrada[24] y como tales poseen los requisitos que el CIC señala en el canon 573[25]. Los miembros de los Institutos seculares clericales cambian su estado de vida[26] por ser Institutos de vida consagrada, pero mantienen su condición canónica por causa de su consagración en el Instituto secular[27], es decir que adquieren nuevos derechos y obligaciones propios de la vida consagrada pero manteniendo aquellos propios de su condición clerical secular diocesana[28].


En cuanto al tema de la incardinación el Código establece en el canon 266 §3[29] que por la recepción del diaconado el miembro de un Instituto secular queda incardinado a una Iglesia particular, aunque se puede la incardinación al Instituto por concesión de la Santa Sede. Esta incardinación al propio Instituto secular, como algo extraordinario, dependerá de las características y la finalidad del Instituto, pero esto se dará en los casos en que tenga como finalidad el desarrollo de unas labores apostólicas propias de un carisma específico en diversas diócesis sin el deseo de permanecer ligado a ellas. Pero en el caso de que esos clérigos se ordenen para servir a una Iglesia particular como clérigos diocesanos, perteneciendo a un Instituto secular, lo ordinario será que se incardinen en esa Iglesia particular[30], dependiendo, como señala el canon 715 §1[31], del Obispo diocesano salvando siempre lo que se refiere a la vida consagrada en su propio Instituto.


- Sociedades de Vida Apostólica


Las Sociedades de Vida Apostólica (en adelante SVA) están caracterizadas por su finalidad que es la actividad apostólica, la vida fraterna en común en cuanto que participan de la misma misión y la perfección de la caridad que exige la observación de las constituciones[32]. La Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata nos ofrece una breve definición de las SVA y afirma que los vínculos que se establecen en ellas son vínculos sagrados que están reconocidos por la Iglesia[33].


Las SVA pueden incardinar a sus miembros, ya que se las considera dentro de la categoría de vida consagrada, para así responder mejor a sus finalidades. Por tanto, los miembros incardinados a la misma Sociedad están bajo la autoridad del supremo moderador de dicha Sociedad en lo referente a la vida interna y la disciplina conforme a sus propias constituciones; y sometidos al Obispo diocesano en lo que concierne al culto público, la cura de almas y otras obras de apostolado, tal y como refieren los cánones que regulan las obras de apostolado de los Institutos de Vida Consagrada[34] y el canon 738 §1-2[35] específico del apostolado de las SVA[36].


Cuando se trata de algún miembro incardinado en la propia diócesis -la llamada incardinación “ficticia”-  el propio canon 738 §3[37] establece que serán las constituciones o acuerdos los que determinen las relaciones con el Obispo diocesano, aunque parece lógico que el Obispo no podrá disponer de estos miembros de la misma manera que de los sacerdotes incardinados a la diócesis, y que la incorporación a una SVA vacía de contenido la incardinación de uno de sus miembros a la diócesis mientras dure la pertenencia a la Sociedad[38].


- Asociaciones clericales de derecho pontificio


Las asociaciones clericales se ven en muchas ocasiones en la necesidad de tener que incardinar a sus miembros en la propia asociación para así realizar de una mejor manera su actividad misionera, además de por una clara configuración de una espiritualidad en alguna de ellas que lleva a una implicación de la persona en su totalidad[39].


En el esquema De Populo Dei de 1977 se presentaron dos cánones, el canon 120 §1 y el canon 58, en los que se permitía la facultad de incardinar a aquellas sociedades dotadas de esta facultad. En la Relatio de 1980 el canon 691, que había sustituido al anterior canon 58, era eliminado puesto que dicho canon había sido elaborado para proveer a las necesidades de las sociedades misioneras del clero secular y como ya tenían su lugar propio en el nuevo Código no había razón para este canon.


El relator admitía que si una asociación o sociedad misionera no quería ser contada entre las SVA, la Santa Sede podía proveer en virtud del derecho particular, mediante un privilegio, concediéndola la facultad de incardinar.


Y así es como está la legislación, de la Iglesia latina, sobre la incardinación en las asociaciones clericales en la actualidad, algunas tienen la facultad para incardinar a sus miembros como una concesión extraordinaria de la Santa Sede. No ocurre lo mismo en el Código de cánones de las Iglesias orientales, en el cual, en el canon 579[40], se permite a una asociación de fieles pueda adscribir como miembros propios a clérigos por concesión de la Sede Apostólica o, si es una asociación patriarcal o metropolitana[41] por concesión del patriarca con el consentimiento del Sínodo permanente[42].





[1] Cf. V. Enrique Tarancón, El sacerdocio a la luz del Concilio Vaticano II, Salamanca 1967, 111.
[2] Cf. CIC 83 c. 269 1º: “Ad incardinationem clerici Episcopus diocesanus ne deveniat nisi: 1º necessitas aut utilitas suae Ecclesiae particularis id exigat, et salvis iuris praescriptis honestam sustentationem clericorum respicientibus”
[3] Ibid.
[4] Cf. CIC 83 c. 384: “Episcopus dioecesanus peculiari sollicitudine prosequatur presbyteros quos tamquam adiutores et consiiarios audiat, eorum iura tutetur et curet ut ipsi obligationes suo statui proprias rite adimpleant iisdemque praesto sint media et institutiones, quibus ad vitam spiritualem et intellectualem fovendam egeant; item curet ut eorum honestae sustentationi atque assistentiae sociali, ad normam iuris, prospiciatur”.
[5] Así se pone de manifiesto en algunos documentos del Magisterio: la carta apostólica de Benedicto XV Maximum illud (30-11-1919); la encíclica Rerum Ecclesiae de Pío XI (28-2-1926); la constitución apostólica Exsul familia de Pío XII (1-8-1952) y su encíclica Fidei donum (21-4-1957). En estos documentos se solicitan la transferencia de clérigos para el servicio de las diócesis que sufren una grave necesidad de clero.
[6] Cf. J. San José Prisco, Los ministros sagrados o clérigos, in: AAVV., Derecho Canónico I: El derecho del Pueblo de Dios, Madrid 2006, 205-207.
[7] Cf. M. Andrés Martín, o.c., 314
[8] Alvaro del Portillo escribe: “La incardinación y la misión canónica concretan en una determinada comunidad eclesial el ámbito del ejercicio de su ministerio y establecen un cauce a la comunión con todo el orden episcopal, a través del Ordinario de la diócesis o de la Prelatura –territorial o no- a la que pertenece el sacerdote” (A. del Portillo, La figura del sacerdote, delineada en el decreto Presbyterorum Ordinis, in: Los presbíteros: ministerio y vida, Madrid 1969, 15).
[9] “La entrada en ese ‘orden’, que les hará posible el cumplimiento de la misión que Cristo les ha confiado como cooperadores del orden episcopal, tiene lugar mediante su consagración por el sacramento del orden. Es a través de esa consagración como el presbítero empalma con la misión de los Apóstoles, misión que también los presbíteros reciben directamente de Cristo. No se trata pues, de la misión canónica, sino de una misión previamente que se les confiere por vía sacramental…” (Cf. N. López Martínez, Los presbíteros a los 10 años de Presbyterorum Ordinis, Burgos 1975, 52).
[10] Cf. CD 28.
[11] “El don espiritual que los presbíteros recibieron en la Ordenación no los prepara a una misión limitada y restringida, sino a la misión universal…, pues cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles” (Cf PO 10).
[12] Ibid.
[13] Cf. CIC 83 c. 368: “Ecclesiae particulares, in quibus una et unica Ecclesia catholica exsistit, sunt imprimis dioeceses, quibus nisi aliud constet, assimilantur praelatura territorialis et abbatia territorialis, vicariatus apostolicus et praefectura apostolica necnon administratio apostolica stabiiter erecta”.
[14] Cf CIC 83 c. 588 §2: “Institutum clericale illud dicitur quod, ratione finis seu propositi a fundatore intenti vel vi legitimae traditionis, sub moderamine est clericorum, exercitium ordinis sacri assumit, et qua tale ab Ecclesiae auctoritate agnoscitur”.
[15] “Este es uno de los motivos que llevó a los Consultores a considerar preferible el retirar el derecho de incardinación a los Institutos seculares, ya que entendían que la mayor parte de esas entidades no asumían el ejercicio del orden sagrado, debido a que su naturaleza secular les lleva a desarrollarlo en la diócesis y a contarse entre los sacerdotes diocesanos” (Cf. Comm. 7 (1975) 80 y ss; Comm. 13 (1981), 351 y ss).
[16] Cf. A. Pujals, La relación jurídica de incardinación en el Código de 1983, Roma 1992, 118-120.
[17] Cf. CIC 83 cc. 265, 266, 294, 368, 607, 735 y 736.
[18] Cf. CIC 83 c. 654: “Professione religiosa sodales tria consilia evangelica observanda voto publico assumunt, Deo per Ecclesiae ministerium consecrantur et instituto incorporantur cum iuribus et officiis iure definitis”.
[19] Cf. CIC 83 c 268: “§ 2. Per admissionem perpetuam aut definitivam in institutum vitae consecratae aut in societatem vitae apostolicae, clericus qui, ad normam can. 266, § 2, eidem instituto aut societati incardinatur, a propria Ecclesia particulari excardinatur”.
[20] Cf. CIC 83 c. 678: “§ 3. In operibus apostolatus religiosorum ordinandis Episcopi dioecesani et Superiores religiosi collatis consiliis procedant oportet”.
[21] Cf. CIC 83 c. 586: Ҥ 1. Singulis institutis iusta autonomia vitae, praesertim regiminis, agnoscitur, qua gaudeant in Ecclesia propria disciplina atque integrum servare valeant suum patrimonium, de quo in can. 578.
§ 2. Ordinariorum locorum est hanc autonomiam servare ac tueri”.
[22] Cf. CIC 83 c. 678: “§ 1. Religiosi subsunt potestati Episcoporum, quos devoto obsequio ac reverentia prosequi tenentur, in iis quae curam animarum, exercitium publicum cultus divini et alia apostolatus opera respiciunt”.
[23] El legislador, en el canon 678 §1, define un triple campo de subordinación: a) la cura de almas comprendidas en ella la predicación, la educación religiosa y moral, la catequesis, la formación litúrgica, la actividad social; 2) el ejercicio público del culto divino, que comprende la administración de los sacramentos, los sacramentales, las exequias, la liturgia de las horas, los lugares y tiempos sagrados, etc.; y c) otras obras de apostolados que comprende otras acciones que no entran dentro de las dos catgorías anteriores, como por ejemplo el escribir en periódicos, participar en programas de televisión, etc. (Cf. T. Bahillo Ruíz, Los miembros de los Institutos de vida consagrada, in: AAVV., Derecho Canónico I: El derecho del Pueblo de Dios, Madrid 2006, 284-285).
[24] Cf. CIC 83 c. 710: “Institutum saeculare est institutum vitae consecratae, in quo christifideles in saeculo viventes ad caritatis perfectionem contendunt atque ad mundi sanctificationem praesertim ab intus conferre student”.
[25] Cf. CIC 83 c. 573: Ҥ 1. Vita consecrata per consiiorum evangelicorum professionem est stabiis vivendi forma qua fideles, Christum sub actione Spiritus Sancti pressius sequentes, Deo summe dilecto totaliter dedicantur ut, in Eius honorem atque Ecclesiae aedificationem mundique salutem novo et peculiari titulo dediti, caritatis perfectionem in servitio Regni Dei consequantur et, praeclarum in Ecclesia signum effecti, caelestem gloriam praenuntient.
§ 2. Quam vivendi formam in institutis vitae consecratae, a competenti Ecclesiae auctoritate canonice erectis, libere assumunt christifideles, qui per vota aut alia sacra ligamina iuxta proprias institutorum leges, consilia evangelica castitatis, paupertatis et oboedientiae profitentur et per caritatem, ad quam ducunt, Ecclesiae eiusque mysterio speciali modo coniunguntur.
[26] Cf. CIC 83 c, 574: Ҥ 1. Status eorum, qui in huiusmodi institutis consilia evangelica profitentur, ad vitam et sanctitatem Ecclesiae pertinet, et ideo ab omnibus in Ecclesia fovendus et promovendus est.
§ 2. Ad hunc statum quidam christifideles specialiter a Deo vocantur, ut in vita Ecclesiae peculiari dono fruantur et, secundum finem et spiritum instituti, eiusdem missioni salvificae prosint”.
[27] Cf. CIC 83 c. 711: “Instituti saecularis sodalis vi suae consecrationis propriam in populo Dei canonicam condicionem, sive laicalem sive clericalem, non mutat, servatis iuris praescriptis quae instituta vitae consecratae respiciunt”.
[28] Cf. J. J. Echeberría, Asunción de los consejos evangélicos en las asociaciones de fieles y movimientos eclesiales. Investigación teológica y canónica, Roma 1998, 124-126.
[29] Cf. CIC 83 c. 266: Ҥ 1. Per receptum diaconatum aliquis fit clericus et incardinatur Ecclesiae particulari vel praelaturae personali pro cuius servitio promotus est.
§ 2. Sodalis in instituto religioso a votis perpetuis professus aut societati clericali vitae apostolicae definitive incorporatus, per receptum diaconatum incardinatur tamquam clericus eidem instituto aut societati, nisi ad societates quod attinet aliter ferant constitutiones.
§ 3. Sodalis instituti saecularis per receptum diaconatum incardinatur Ecclesiae particulari pro cuius servitio promotus est, nisi vi concessionis Sedis Apostolicae ipsi instituto incardinetur”.
[30] Cf. A. Pujals, o.c., 191.
[31] CIC 83 c. 715: “§ 1. Sodales clerici in dioecesi incardinati ab Episcopo dioecesano dependent, salvis iis quae vitam consecratam in proprio instituto respiciunt”.
[32] Cf. V. de Paolis, La vita consacrata, Bolonia 1992, 431-432.
[33] “Merecen especial mención, además, las Sociedades de vida apostólica o de vida común, masculinas y femeninas, las cuales buscan, con un estilo propio, un específico fin apostólico o misionero. En muchas de ellas, con vínculos sagrados reconocidos oficialmente por la Iglesia, se asumen expresamente los consejos evangélicos. Sin embargo, incluso en este caso la peculiaridad de su consagración las distingue de los Institutos religiosos y de los Institutos seculares. Se debe salvaguardar y promover la peculiaridad de esta forma de vida, que en el curso de los últimos siglos ha producido tantos frutos de santidad y apostolado, especialmente en el campo de la caridad y en la difusión misionera del Evangelio” (Juan Pablo II, Exhortación apostólica Vita Consecrata (25-III-1996), in: AAS 88 (1996), nº 11).
[34] Cf. CIC 83 cc. 679-683.
[35] Cf. CIC 83 c. 738: Ҥ 1. Sodales omnes subsunt propriis Moderatoribus ad normam constitutionum in iis quae vitam internam et disciplinam societatis respiciunt.
§ 2. Subsunt quoque Episcopo dioecesano in iis quae cultum publicum, curam animarum aliaque apostolatus opera respiciunt, attentis cann. 679-683”.
[36] Cf. R. Cabrera López, o.c., 187.
[37] “§ 3. Relationes sodalis dioecesi incardinati cum Episcopo proprio constitutionibus vel particularibus conventionibus definiuntur” (Ibid.)
[38] Cf. E. Gambari, Le Società di vita apostolica. Trattazione generale e commento ai canoni 731-746, Roma 1986, 798.
[39] Cf. G. Ghirlanda, Los movimientos eclesiales en la solicitud pastoral de los Obispos, Città del Vaticano 2000, 202.
[40] Cf. CCEO c. 579: “Nulla consociatio christifidelium propria membra ut clericos sibi ascribere potest nisi ex speciali concessione a Sede Apostolica vel, si de consociatione, de qua in can. 575, § 1, n. 2, agitur, a Patriarcha de consensu Synodi permanentis data”.
[41] Cf. CCEO c. 575: Ҥ 1. Auctoritas competens ad erigendas vel approbandas christifidelium consociationes est pro consociationibus et earundem confoederationibus:
1° eparchialibus Episcopus eparchialis, non vero Administrator eparchiae, eis tamen consociationibus exceptis, quarum erectio ex privilegio apostolico vel patriarchali aliis reservata est;
2° quae omnibus christifidelibus alicuius Ecclesiae patriarchalis vel metropolitanae sui iuris patent quaeque sedem principem intra fines territorii eiusdem Ecclesiae habent, Patriarcha consulta Synodo permanenti vel Metropolita consultis duobus Episcopis eparchialibus ordinatione episcopali senioribus;
3° alterius speciei Sedes Apostolica.

[42] Cf. CCEO c. 357: “§ 1. Quilibet clericus debet esse ut clericus ascriptus aut alicui eparchiae aut exarchiae aut instituto religioso aut societati vitae communis ad instar religiosorum aut instituto vel consociationi, quae ius clericos sibi ascribendi adepta sunt a Sede Apostolica vel intra fines territorii Ecclesiae, cui praeest, a Patriarcha de consensu Synodi permanentes”.



25 de julio de 2014

La importancia del aprendizaje de los idiomas modernos!

Por Luis Alva

El dominio de idiomas modernos es imprescindible en un sacerdote. 

Las razones de esta afirmación son muy prácticas.

En primer lugar, porque un sacerdote teniendo en cuenta el mandado te Jesús de "ir por todo el mundo" no tiene fronteras geográficas, está disponible para ir a cualquier parte del mundo, y el idioma no debería ser un impedimento.  

Por otra parte, el sacerdote es un hombre que viaja constantemente a diversos países, ya sea por cuestiones académicas (Cursos, congresos, seminarios, licenciatura, doctorado, etc.), cuestiones pastorales (Ayudar en una parroquia, adquirir experiencia pastoral en diócesis diferentes, como responsable de algún apostolado, etc.), o cuestiones religiosas/turísticas (Peregrinaciones, visitas lugares sagrados, etc.).

Después de estas dos inmediatas y prácticas razones, podemos profundizar un poco más con dos razones, la primera es a modo experiencial y la segunda es de carácter teórico.

He terminado la formación teológica y mi superior me ha preguntado si gustaría realizar mi etapa de pastoral en Angola - África, no he reparado en el idioma, las costumbres, la cultura de aquél país y, he respondido que sí! Tres meses después ha iniciado una batalla entre el español y portugués!

Después de un año, mi obispo me ha invitado viajar a Roma para participar de un Curso internacional de Formadores. En el curso los idiomas oficiales han sido el Ingles, francés e italiano. Más de 70 participantes de 36 nacionalidades. La mayoría de lengua inglesa! Intentar entender ya es una buena solución!

En breve viajaré a Zambia - África, allí además del ingles existen diversas lenguas tradicionales. En Zambia me encontraré con mis compañeros de Comunidad que hablan Francés, los gestos y la mímica se convierten en una buena alternativa.

La razón de carácter "teórico" tiene como autor a Jesús Cantera, catedrático de la Universidad Complutense.

Inútil resaltar la importancia que en nuestros días han adquirido los idiomas modernos. Circunstancias muy diversas contribuyen al incremento de relaciones entre los pueblos;  los viajes son cada vez más frecuentes; las publicaciones  de todo género llegan a todas partes; la radio no conoce fronteras, y apenas las conoce la televisión... Por otro lado, algunas profesiones, como técnicos de turismo, azafatas, empleados de agencias de viaje, intérpretes, traductores oficiales en conferencias y congresos internacionales, etc., están adquiriendo un desarrollo extraordinario y requieren, entre otras condiciones, un conocimiento práctico de lenguas vivas.

Para la banca y el comercio en sus distintas ramificaciones, son auxiliar eficacísimo los Idiomas modernos. En los estudios superiores no puede darse un paso en serio sin el dominio de varias lenguas modernas. Por otra parte, es propósito muy decidido del Consejo de Europa la difusión de idiomas universales en los distintos países europeos, habiéndose fijado como meta que todo europeo hable por lo menos otro idioma, y mejor dos, además del propio, con miras -entre otras razones- a un mejor conocimiento entre todos los pueblos europeos y a una más estrecha unión entre los diferentes países de Europa.

Son muchos los millones de personas que emplean el inglés como lengua corriente. Aunque menos numerosos, son también muchos los que se expresan en francés. Menos numerosos, que los de la lengua inglesa, pero mucho más que los de lengua francesa, los que hablamos corrientemente en español. Inglés, francés y español son tres lenguas universales. Por otra parte, son también muy numerosos los que en la vida corriente emplean el alemán, el ruso, el chino o el Japonés. De todas maneras, salvo en cierto modo el alemán, estas lenguas (ruso, chino y japones; no han tenido por ahora fuerza de irradiación, y no han pasado de ser lenguas más bien nacionales, en tanto que el español, el francés y el inglés son lenguas universales, habladas en diferentes países y en distintas partes del mundo.

Consideración especial merecían también a este respecto el portugués y el árabe, otras dos lenguas de carácter universal.


Gracias al descubrimiento ae América y a la labor colonizadora y evangelizadora de nuestros antepasados, el español es hoy la lengua de la mayor parte de America del Sur y de América Central (salvo Brasil y las Guayanas), y también la lengua del Caribe y de Méjico; y es asimismo empleado como lengua corriente en numerosos núcleos de los EEUU en sus regiones sudoccidentales. Y es también la lengua natural en Puerto Rico, en contraposición a lo que ocurre en Filipinas donde además muy recientemente ha sido suprimida la obligatoriadad de su enseñanza. Por cuanto significa, no dejaremos de recordar los núcleos de sefarditas que siguen conservando, aunque lamentablemente en franco retroceso y condena de tal vez a una pronta desaparición, una modalidad interesante de nuestro idioma: el judeoespañol.


El francés es hablado en Francia, en la mitad de Bélgica (la Valonia), en varios cantones suizos (que constituyen aproximadamente la cuarta parte' de la población suiza) y en Luxemburgo. Pero además, también en una parte del Canadá, y en la Guayana francesa, en las islas de Guadalupe, Martinica, Saint-Pierre-et-Miquelon, y en gran parte del antiguo imperio colonial francés, y también en el antiguo Congo belga. Pero el francés retrocede rápidamente y progresivamente, cediendo el paso con frecuencia al inglés, y replegándose otras veces ante la imposición del árabe en países de cultura árabe o de religión musulmana.
El inglés, en cambio, y a pesar de ciertas dificultades

La importancia que en nuestros días están adquiriendo las lenguas modernas ha suscitado una digna emulación por superar sus métodos de enseñanza. Por otra parte, han cambiado el concepto de la utilidad que representa el conocimiento de un idioma moderno. Hasta hace unos años, lo único que solía interesar en el estudio de un idioma moderno era la comprensión de un texto escrito.
Muchas personas, capaces de leer un libro francés, alemán o inglés, e incluso de escribir con cierta facilidad en uno de estos idiomas, no acertaban a reconocerlo al oído y mucho menos eran capaces de expresarse en él con mediana soltura.

Este fenómeno, harto frecuente hace escasamente treinta año está desapareciendo. Hoy se estudia un idioma moderno con miras a poderlo utilizar como lengua hablada tanto o más que como lengua escrita.

Mucho se ha discutido sobre si el estudio de una lengua extranjera constituye o no un fin en sí. Hace años -como acabamos de decir- se estudiaba generalmente un idioma moderno con un fin muy parecido al que se pretendía con el estudio de una lengua clásica: servir de introducción al conocimiento de su literatura y de su civilización. Hoy, en cambio, se busca preferentemente un fin más práctico y se estudia un idioma extranjero como medio de comunicación. De ahí el predominio de la lengua hablada sobre la escrita. Se dan algunos casos - muy pocos en general- de estudiar una lengua simplemente para conocer su estructura lingüística. Más frecuentes son los casos de estudiarla como preámbulo para mejor penetrar en el alma de un pueblo para conocer profundamente su civilización.

Muy frecuentes son también los casos de estudiar un Idioma extranjero para poder manejar las publicaciones (generalmente técnicas) escritas en ese Idioma. Prescindimos ahora -aunque sean muy numerosos- de los que estudian una lengua exclusivamente porque figura en su plan de estudios.
Además de todos los casos señalados, cada vez es mayor el contingente de alumnos que buscan en el estudio de un Idioma moderno un fin eminentemente práctico: podemos entender en él en una conversación normal y corriente.

Podemos estar más o menos de acuerdo con el principio de limitar, en una primera etapa, la enseñanza de un idioma extranjero al aspecto hablado, desterrando o prescindiendo de la enseñanza de la lengua escrita. Pero no es menos cierto que todo el que estudia una lengua viva no debe limitarse a chapurrear unas cuantas frases con un vocabulario reducido y muy limitado, sino que ha de tener miras más altas. ¿Quién va a renunciar a leer un periódico, un tebeo, una revista, un libro?. ¿Quién renunciaré a poder mantener correspondencia con unos amigos extranjeros?. De ahí que más tarde o más temprano se ha de ampliar el campo y se ha de dar entrada a la lengua escrita.

Cf. Jesús Cantera, La enseñanza de los idiomas modernos en el momento actual.