La crisis como posible buena noticia

La dirección espiritual en el Seminarista

Naturaleza, crisis y fines de la dirección espiritual

El problema de la transferencia

En el ámbito del acompañamiento espiritual

La formación de los formadores, grande reto de la formación

Entrevista completa de Mons. Carlos Patron Wong, Secretario para los seminarios

El Cibersexo

Una tentadora y encantadora triste realidad!!!

8 de diciembre de 2015

En medio de la experiencia. Entre el seminario y el sacerdocio!


Al salir vas con ganas de todo, emocionado, con ganas de convertir corazones, avivar la alegría de las familias, unir lazos de amistad, resplandecer la fe de los que no creen y de los que creyendo la viven a su manera; con ganas de realizar cosas grandes ya que estando joven puedes aprovechar la fuerza para realizar un buen trabajo, para que no te agarren los años oxidado y quizás “sin gusto-sin sabor”.

Pero te encuentras con que las cosas  no son como quizás lo querías o como lo pudiste soñar, en medio de la realidad uno de ve sumergido en “cambios”, en “adaptaciones”, en “otras visiones-otros trabajos”. Pues ha sido un proceso de dejar cosas atrás, con “chascos” (caídas de confrontaciones contigo mismo) pero que sí las superas te hacen levantar y decir ¡nada mejor que seguir porque de los errores se aprende! Cuando me preguntan que como me ha ido, debo decir: ¡Bien! Pues nos decía siempre un sacerdote en el seminario: ¡es una realidad que está allí y debes vivirla! Y así es, y la cosa es que, o la vivía o lo dejaba todo a un lado. Con mis choques personales pero me he ido adaptando poco a poco a este gran y maravilloso trabajo.

“¡Qué cosas…! después de estudiar…, vender franelas, rosarios, jalea de mangos, vender tortas burreras, ponqués, caratos de mango, camándulas, bisutería, gestionar siempre algo dentro y fuera del seminario, respetando siempre la libertad y responsabilidad que tenía,  dejar como aquello atrás con las vivencias positivas y negativas y sumergirte a realizar otras cosas sin esos compromisos, hasta que tengas otros chances más adelante, que te presente Dios o la misma vida. Todo por hacer la gestión que realizo ahora donde es mayor el trabajo y la responsabilidad, y ¿qué hago? te preguntarás, pues ahora: llevo la comunión a los viejitos (los abuelitos que ya no pueden ir al templo como cuando eran jóvenes); dar charlas a jóvenes (hablarles sobre Dios y el misterio de la fe que profesamos); evangelizar a oficiales (decirles como es bueno agradar a Dios en medio de su servicio); pastoral rural (llevar a Dios a los campos, que están fuera de la parroquia, donde no hay capillas, donde solo hay escuelas, donde la gente es humilde, sencilla, sincera, amable, donde hay respeto, lugares donde aún no ha llegado la línea telefónica, ni el internet, lugares que aún la gente no conoce); exequias (momentos de tener coraje para decirle a la gente palabras esperanzadoras, exhortarles luchar, a tener a Dios presente, decirles que aún en eso momentos está la Iglesia con ellos, un momento duro que muchos piensan no vivir o pasar pero que con generosidad hay que agradecer a Dios porque no siempre estaremos en este mundo); y así mismo me voy preparando para lo que mañana será el servicio general a Dios.

Por lo general la gente que me va conociendo me pregunta, ¿y usted siempre quiso ser sacerdote? A lo que saben los que me conocen les respondo: No! Hasta los 16 años mis sueños eran estudiar idiomas, ser fotógrafo, estudias turismo, hotelería, pero tuve que dar un giro desde que surgió la inquietud de sabes que implicaba llevar a Dios a otros lugares, específicamente que implicaba “misionar” y desde que se abrió una puerta con los padres operarios en Caracas me fui por aquello, me bastaron 10 meses para luego decir que no era horizonte, pero retorne como hijo a los brazos de mi madre el mismo año que salí pero en otro seminario, el seminario de Ciudad Bolívar “Jesús, Buen Pastor” (ubicado en la misma tierra que vio mi desarrollo como persona, nací en “Moitaco” Mucp. Sucre un 7 de Octubre de 1988, pero hasta los 5 años marcho a vivir al pueblo de la Paragua Mucp. Bolivariano Angostura donde vive mi familia y ya el resto fue en esas tierras bolivarenses).

¿Y es feliz? Sí! De otra manera no estaría en este mundo quizás celebrando la vida que Dios me ha permitido vivir y compartiendo con la gente que me ha tocado conocer.

En resumidas cuentas: uno sueña grande pero desde la pequeñez hay que comenzar a construir lo que mañana lograrás ser, por lo cual no debemos dejar a un lado los principios morales y cristianos que nos otorgan en la familia y en la misma escuela, no debemos olvidar como decimos (a lo venezolano) ‘recuerda que antes de ser toro fuiste un becerro’ y que no fueses lo que eres sin el apoyo y ayuda de todos y cada uno de los que te han mostrado en persona su cariño, con esto quiero decir que hay muchas personas que voy extrañando mientras me voy haciendo viejo y mientras sigo hoy esperando, Por eso desde una esta humilde tierra caicareña vaya mi más sincero afecto a cada uno de las personas que me han recibido y apoyado con ternura, para ustedes siempre mi bendición, un abrazo fraterno y un respeto humano, esperando siempre sigan haciendo el bien y procurando obtener un pedacito de cielo cada día. Y no olviden que aún viéndonos y si nos dejamos de ver, mantengamos la esperanza de siempre volvernos a encontrar aquí o por allá.


“Siente como la gente siente, ama como la gente ama, sin esperar nada; y no dejes de decirles que Dios está con ellos en las buenas y las malas” (Yohans).


7 de diciembre de 2015

"La Iglesia, madre de vocaciones" Mensaje para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones 2016


Queridos hermanos y hermanas:

Cómo desearía que, a lo largo del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, todos los bautizados pudieran experimentar el gozo de pertenecer a la Iglesia. Ojalá puedan redescubrir que la vocación cristiana, así como las vocaciones particulares, nacen en el seno del Pueblo de Dios y son dones de la divina misericordia. La Iglesia es la casa de la misericordia y la «tierra» donde la vocación germina, crece y da fruto.

Por eso, invito a todos los fieles, con ocasión de esta 53ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, a contemplar la comunidad apostólica y a agradecer la mediación de la comunidad en su propio camino vocacional. En la Bula de convocatoria del Jubileo Extraordinario de la Misericordia recordaba las palabras de san Beda el Venerable referentes a la vocación de san Mateo: misereando atque eligendo (Misericordiae vultus, 8). La acción misericordiosa del Señor perdona nuestros pecados y nos abre a la vida nueva que se concreta en la llamada al seguimiento y a la misión. Toda vocación en la Iglesia tiene su origen en la mirada compasiva de Jesús. Conversión y vocación son como las dos caras de una sola moneda y se implican mutuamente a lo largo de la vida del discípulo misionero.

El beato Pablo VI, en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, describió los pasos del proceso evangelizador. Uno de ellos es la adhesión a la comunidad cristiana (cf. n. 23), esa comunidad de la cual el discípulo del Señor ha recibido el testimonio de la fe y el anuncio explícito de la misericordia del Señor. Esta incorporación comunitaria incluye toda la riqueza de la vida eclesial, especialmente los Sacramentos. La Iglesia no es sólo el lugar donde se cree, sino también verdadero objeto de nuestra fe; por eso decimos en el Credo: «Creo en la Iglesia».

La llamada de Dios se realiza por medio de la mediación comunitaria. Dios nos llama a pertenecer a la Iglesia y, después de madurar en su seno, nos concede una vocación específica. El camino vocacional se hace al lado de otros hermanos y hermanas que el Señor nos regala: es una con-vocación. El dinamismo eclesial de la vocación es un antídoto contra el veneno de la indiferencia y el individualismo. Establece esa comunión en la cual la indiferencia ha sido vencida por el amor, porque nos exige salir de nosotros mismos, poniendo nuestra vida al servicio del designio de Dios y asumiendo la situación histórica de su pueblo santo.

En esta jornada, dedicada a la oración por las vocaciones, deseo invitar a todos los fieles a asumir su responsabilidad en el cuidado y el discernimiento vocacional. Cuando los apóstoles buscaban uno que ocupase el puesto de Judas Iscariote, san Pedro convocó a ciento veinte hermanos (Hch 1,15); para elegir a los Siete, convocaron el pleno de los discípulos (Hch 6,2). San Pablo da a Tito criterios específicos para seleccionar a los presbíteros (Tt 1,5-9). También hoy la comunidad cristiana está siempre presente en el surgimiento, formación y perseverancia de las vocaciones (cfr. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 107).

La vocación nace en la Iglesia. Desde el nacimiento de una vocación es necesario un adecuado «sentido» de Iglesia. Nadie es llamado exclusivamente para una región, ni para un grupo o movimiento eclesial, sino al servicio de la Iglesia y del mundo. Un signo claro de la autenticidad de un carisma es su eclesialidad, su capacidad para integrarse armónicamente en la vida del santo Pueblo fiel de Dios para el bien de todos (ibíd., 130). Respondiendo a la llamada de Dios, el joven ve cómo se amplía el horizonte eclesial, puede considerar los diferentes carismas y vocaciones y alcanzar así un discernimiento más objetivo. La comunidad se convierte de este modo en el hogar y la familia en la que nace la vocación. El candidato contempla agradecido esta mediación comunitaria como un elemento irrenunciable para su futuro. Aprende a conocer y a amar a otros hermanos y hermanas que recorren diversos caminos; y estos vínculos fortalecen en todos la comunión.

La vocación crece en la Iglesia. Durante el proceso formativo, los candidatos a las distintas vocaciones necesitan conocer mejor la comunidad eclesial, superando las percepciones limitadas que todos tenemos al principio. Para ello, es oportuno realizar experiencias apostólicas junto a otros miembros de la comunidad, por ejemplo: comunicar el mensaje evangélico junto a un buen catequista; experimentar la evangelización de las periferias con una comunidad religiosa; descubrir y apreciar el tesoro de la contemplación compartiendo la vida de clausura; conocer mejor la misión ad gentes por el contacto con los misioneros; profundizar en la experiencia de la pastoral en la parroquia y en la diócesis con los sacerdotes diocesanos. Para quienes ya están en formación, la comunidad cristiana permanece siempre como el ámbito educativo fundamental, ante la cual experimentan gratitud.

La vocación está sostenida por la Iglesia. Después del compromiso definitivo, el camino vocacional en la Iglesia no termina, continúa en la disponibilidad para el servicio, en la perseverancia y en la formación permanente. Quien ha consagrado su vida al Señor está dispuesto a servir a la Iglesia donde esta le necesite. La misión de Pablo y Bernabé es un ejemplo de esta disponibilidad eclesial. Enviados por el Espíritu Santo desde la comunidad de Antioquía a una misión (Hch 13,1-4), volvieron a la comunidad y compartieron lo que el Señor había realizado por medio de ellos (Hch 14,27). Los misioneros están acompañados y sostenidos por la comunidad cristiana, que continúa siendo para ellos un referente vital, como la patria visible que da seguridad a quienes peregrinan hacia la vida eterna.

Entre los agentes pastorales tienen una importancia especial los sacerdotes. A través de su ministerio se hace presente la palabra de Jesús que ha declarado: Yo soy la puerta de las ovejas… Yo soy el buen pastor (Jn 10, 7.11). El cuidado pastoral de las vocaciones es una parte fundamental de su ministerio pastoral. Los sacerdotes acompañan a quienes están en buscan de la propia vocación y a los que ya han entregado su vida al servicio de Dios y de la comunidad.

Todos los fieles están llamados a tomar conciencia del dinamismo eclesial de la vocación, para que las comunidades de fe lleguen a ser, a ejemplo de la Virgen María, seno materno que acoge el don del Espíritu Santo (cfr. Lc 1,35-38). La maternidad de la Iglesia se expresa a través de la oración perseverante por las vocaciones, de su acción educativa y del acompañamiento que brinda a quienes perciben la llamada de Dios. También lo hace a través de una cuidadosa selección de los candidatos al ministerio ordenado y a la vida consagrada. Finalmente es madre de las vocaciones al sostener continuamente a aquellos que han consagrado su vida al servicio de los demás.

Pidamos al Señor que conceda a quienes han emprendido un camino vocacional una profunda adhesión a la Iglesia; y que el Espíritu Santo refuerce en los Pastores y en todos los fieles la comunión eclesial, el discernimiento y la paternidad y maternidad espirituales:

Padre de misericordia, que has entregado a tu Hijo por nuestra salvación y nos sostienes continuamente con los dones de tu Espíritu, concédenos comunidades cristianas vivas, fervorosas y alegres, que sean fuentes de vida fraterna y que despierten entre los jóvenes el deseo de consagrarse a Ti y a la evangelización. Sostenlas en el empeño de proponer a los jóvenes una adecuada catequesis vocacional y caminos de especial consagración. Dales sabiduría para el necesario discernimiento de las vocaciones de modo que en todo brille la grandeza de tu amor misericordioso.

Que María, Madre y educadora de Jesús, interceda por cada una de las comunidades cristianas, para que, hechas fecundas por el Espíritu Santo, sean fuente de auténticas vocaciones al servicio del pueblo santo de Dios.

Vaticano, 29 de noviembre de 2015

Primer Domingo de Adviento


(from Vatican Radio)


16 de noviembre de 2015

Sacerdotes misericordiosos y cercanos a la gente, no funcionarios: dijo el Papa

(RV).- Cercanía, sentimientos de misericordia, mirada amorosa: con este testimonio de vida podemos evangelizar, hacer experimentar la belleza de una vida vivida según el Evangelio y el amor de Dios que se hace concreto a través de sus ministros”: son palabras del Papa al recibir en audiencia en la Sala Regia en el Vaticano, a los participantes en el Congreso sobre formación de sacerdotes promovido por la Congregación para el Clero, en ocasión del quincuagésimo aniversario de los Decretos Conciliares “Optatam Totius” y “Presbyterorum ordinis”.

En su discurso el Papa explica que estos dos decretos no son una evocación histórica sino una semilla que el Concilio Vaticano II ha sembrado en la vida de la Iglesia y que en el curso de estos 50 años ha dado frutos “que embellecen la Iglesia de hoy”.

“Optatam Totius” y “Presbyterorum ordinis” han sido recordado juntos como las dos mitades de una realidad única: la formación de los sacerdotes, afirma el Pontífice.  Y recordando que fue el Papa Benedicto XVI quien atribuyó a la Congregación para el Clero la competencia sobre los seminarios subraya que el camino de la santidad de un sacerdote empieza en los seminarios.

Tras afirmar que la vocación del sacerdocio es un don que Dios da a algunos para el bien de todos, Francisco analiza a través del “Presbyterorum ordinis” la relación entre sacerdotes y las demás personas, citando un extracto de la carta a los Hebreos: “Los presbíteros, tomados de entre los hombres y constituidos en favor de los mismos en las cosas que miran a Dios para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados, moran con los demás hombres como con hermanos”.

El Papa considera entonces estos tres momentos: tomados de entre los hombres; constituidos en favor de los hombres; presentes con los demás hombres.

En primer lugar, el Papa explica que el sacerdote es un hombre nacido en un “contexto humano”. Los sacerdotes tienen una historia – afirma - no son hongos que nacen al improviso en la catedral en día de su ordenación. Por lo tanto – prosigue el Obispo de Roma – es importante que la formación sea personalizada. Y en este sentido recuerda a la familia como “centro de pastoral vocacional”, “Iglesia doméstica y primer lugar de formación humana donde puede germinar el deseo de una vida concebida como camino vocacional”. La formación humana – continúa – es una necesidad para los sacerdotes para que aprendan a no dejarse dominar por sus límites sino más bien a hacer fructificar sus talentos.
Sacerdotes “constituidos en favor de los hombres”: respondiendo a la vocación de Dios, los hombres se transforman en sacerdotes para servir a los hermanos y hermanas, puntualiza el Pontífice. Saber y recordar el ser “constituidos para el pueblo ayuda a los sacerdotes a no pensar en sí mismos, a ser pastores no funcionarios”.

Finalmente, el sacerdote está siempre en medio de los hombres, porque - dice el Papa - lo que ha nacido del pueblo en el pueblo debe quedarse. “Somos sacerdotes para estar en medio de la gente”, afirma, y subraya que “el bien que los sacerdotes pueden hacer, nace de la cercanía a la gente y de un tierno amor por las personas”, del ser “padres y hermanos”.

¿Si el Señor volviera ahora donde me encontraría? ¿Mi corazón dónde está? Son las preguntas que propone Francisco como examen de conciencia a los sacerdotes. La respuesta a esta pregunta – dice – puede ayudar a cada sacerdote a orientar su vida y su ministerio hacia el Señor.

En la conclusión de su discurso el Papa confía que el fruto de los trabajos del este Congreso pueda ser ofrecido a la Iglesia como útil actualización de las enseñanzas del Concilio, dando una contribución a la formación de los sacerdotes que el Señor querrá donarnos, para que sean buenos sacerdotes según su corazón y ¡no funcionarios!
(MCM-RV)



2 de noviembre de 2015

Por qué me hice sacerdote!

Queridos amigos:

     Aunque muchos ya lo sabéis, algunos todavía lo ignoran: me operaron hace tres semanas de un cáncer de páncreas. Me extirparon la vesícula biliar, pero el tumor es intocable. De acuerdo con el especialista, no se me administrará quimioterapia que a lo sumo sólo prolongaría la evolución de la enfermedad. Además, comportaría efectos secundarios que pondrían en peligro mi intento de trabajar en la terminación del libro La construcción del hombre.

     Ahora, a esperar. ¿¿Cuánto tiempo?? No deseo que se alargue, ni menos sufrir, evidentemente. El sufrimiento es un fracaso, no es «redentor». Sólo el amor ofrecido da vida. Por una parte, encuentro normal morir a la edad que tengo y, por otra, he tratado bastante de encontrar al Señor hasta el punto de tener en lo hondo del corazón, incluso en la noche, deseos de verle.

     Muchos os habéis interesado por escrito, por teléfono, pidiendo noticias. Perdón por esta carta colectiva. Me habría gustado mucho escribiros a cada uno personalmente, pero es imposible.

     Quiero deciros que, por diversos motivos, os quiero mucho. Decirlo, no es sensiblería. Ciertamente muchos me habéis dado muestras de mucho cariño y os he correspondido, lo cual es bueno. Me dan pena quienes son incapaces de decir o acoger la ternura cuando es auténtica. Jesús no tuvo ni miedo ni vergüenza de su cariño. Para él fue un camino para revelarnos el Amor infinito de su Padre.

     Pero ahora se trata de lo que se vive más allá, mucho más allá de la sensibilidad, en ese fondo misterioso del corazón, donde habita en cada uno de nosotros el Señor. Siempre he tratado de acogeros a ese nivel, a vosotros y a toda vuestra vida, con un lugar particular naturalmente para quienes venían a hacerme compartir su camino. Para mí lo esencial estuvo en tratar de acoger a Dios en mí y tratar de acogeros para conseguir el encuentro. Sólo he sido intermediario. Es necesario que lo comprendan quienes me agradecen con tanta delicadeza lo «que he hecho por ellos». Sólo Jesús transforma los corazones.
     Sobre todo, no olvidéis que he dicho que «he tratado de». Como todo el mundo, soy muy imperfecto. Os pido perdón por mis limitaciones, por mis pasos en falso. Que aunque reales no me han agobiado. Es ridículo insistir en los lamentos y remordimientos. El pasado ya no está en nuestro poder y comprendí hace tiempo que la verdadera fidelidad consiste en empezar cada día demostrando así al Señor la fe en su Amor que quema toda escoria a su paso.
Voy a dejar la clínica para residir en las Hermanitas de los Pobres de Le Havre. Gracias por querer seguir respetando mi ruego respecto de las visitas: sólo una persona por cada movimiento con el que estoy directamente unido (Equipos de jóvenes, ACI, emisora, obispado, central diocesana...). Ellas me traerán vuestras noticias y os transmitirán las mías. Muchos querrían verme, pero resulta fácil de comprender que las visitas me cansan y que, para mí, silencio y soledad no significan «vacío».
     Hasta la vista, queridos amigos. Rogad por mí al Señor para que sepa vivir cada día libre del pasado y disponible para el futuro. Pienso mucho en todos vosotros.
Michel Quoist, 7.1.1997

¿Por qué me hice sacerdote?

     A los cuarenta años de publicarse «Oraciones para rezar por la calle», Michel Quoist aceptó responder a las preguntas de un periodista de «Le Figaro». Resultado: el apasionante libro «Dios sólo tiene deseos», aparecido en noviembre de 1996.
     Pocas semanas después, M. Quoist escribió la carta anterior.
     Queremos acompañarle ahora repasando el testimonio de su vocación.

J.S.V.

     Para responder bien a la pregunta ¿por qué me hice sacerdote? hace falta contestar antes a esta otra pregunta: ¿cómo me hice sacerdote?

     He vacilado al principio. Siempre repugna entregar lo más íntimo de uno mismo, ponerse a la luz. Lo haré, sin embargo, sencillamente, porque mis mayores me han acostumbrado —en Acción Católica— a no guardar con egoísmo para mí la gracia del Señor; porque mi camino puede iluminar a jóvenes, sacerdotes y educadores; y porque debo tanto a la Acción Católica que me parece un deber decirlo, para que los seglares, respondiendo a la llamada de la Iglesia, descubran cada vez más sus diferentes movimientos y se inserten en ellos.


     He sido educado cristianamente, pero creo poder decir que, de niño, mi cristianismo nunca penetró mi vida; era para mí un conjunto de reglas morales y religiosas que había que respetar, bajo el mismo título, por ejemplo, que las reglas humanas de cortesía. En mi adolescencia se ahondó todavía más el foso entre mi vida y la religión. Sólo conservaba un mínimo de práctica religiosa por afecto a mi madre, que sabía que se sentiría dolorosamente apenada por mi abandono. Los actos religiosos -comprendidos los sacramentos- me parecían como restos de costumbres sociológicas, despojadas ahora de sentido y de vida. Cuando por casualidad pensaba en la Iglesia en general, me rebelaba y me desanimaba. Juzgando desde fuera, lo encontraba todo feo y, más aún, falso: las ceremonias religiosas, profundamente aburridas, anticuadas y hasta ridículas; los sermones de los sacerdotes, en desacuerdo con su vida; el comportamiento de los cristianos no parecía reflejar lo que sabía del evangelio, sobre todo desde el punto de vista de la pobreza; hasta me parecían mal los cánticos, de los que conservo todavía, en mi memoria tenaz, ciertas fórmulas ampulosas y ridículas, en absoluto inaceptables en boca de niños indiferentes. En resumen, ante mí estaban, por un lado, la vida atrayente, aunque inquietante y a veces decepcionadora; por el otro, Dios, en quien creía, pero un Dios muy lejano, allá arriba, en su misterioso «cielo»; un Dios al que probablemente uno encontraría más tarde, al terminar la vida, después de vivirla casi correctamente, sin grandes escándalos, «arreglándoselas» lo mejor posible. Entre la vida presente en la que estaba sumergido y Dios, nada.
     A los trece años, habiendo perdido a mi padre, me puse a trabajar, contento de adquirir una cierta independencia y animado interiormente por los sentimientos que he expuesto más arriba. Así iba a seguir hasta cinco años después, aunque por suerte un elemento nuevo vino a orientar mi comportamiento exterior, preparando también, sin que me diera cuenta, mi renovación interior. Fue el encuentro con la JOC, por mediación de un compañero que ya militaba en ella.
     Me acuerdo muy bien de la primera reunión a la que me invitó después de ganar mi amistad. Me aburrí soberanamente, y conforme se desarrollaba, me prometía interiormente no volver más. Al fin de la reunión temía algún rezo; mi compañero, que dirigía, propuso un canto: «Sé orgulloso obrero» (los jocistas siguen cantándolo). Las palabras, pero sobre todo el ritmo arrebatador, me impresionaron. Volví otra vez por el canto.

     Desde entonces, recorrí el itinerario común a muchos jóvenes de Acción Católica. Interesado por la acción, acosado por las responsabilidades, apasionado por la lucha obrera, me entregué cada día más a ella. Algunos militantes, sobre todo el que me había introducido, me ayudaban a dedicarme cada vez más, ofreciéndome la ocasión de actuar, y cargándome de responsabilidades cada vez más pesadas. Muchos muchachos se apoyaban en mí, y yo no podía retroceder, abandonar; al contrario, era preciso avanzar. Notaba que la entrega de mí mismo me dominaba; ya no tenía tiempo de pensar en mí. Sin embargo, seguía, sin gusto, sin convicción, cumpliendo el mínimo de práctica religiosa que había conservado. La acción invadía toda mi vida, pero seguía sin enlazar con las costumbres religiosas heredadas de mi educación. Recuerdo que me gustaba decir, en las reuniones y en los contactos, que actuábamos por Cristo, pero lo decía maquinalmente, porque sabía que había que decirlo, que estaba escrito en los boletines del movimiento, y que se cantaba o se rezaba en la oración jocista. Pero Cristo para mí no era más que un nombre; de hecho, me entregaba a la JOC y a los demás, y eso es todo. No sabía que «los demás» quiere decir Cristo; y la JOC, la Iglesia en marcha en la clase obrera.

     Asistía a todas las jornadas de estudio, a las sesiones del movimiento; éstas me confirmaban en mi vocación de entrega a los demás, pero dejaban intacta mi opinión sobre «la religión». Me hicieron responsable de mi grupo, luego de varios, y luego, en la federación, de todo un sector.

     Un retiro me dio la primera luz. El sacerdote habló mucho del amor y comprendí que el cristianismo era ante todo amar a los demás y entregarse a ellos. Me dije entonces que en la JOC yo vivía el cristianismo, y que tenía que vivirlo todavía más, pero no siempre veía de qué podía servir «lo otro».
     En 1937, al volver del congreso del décimo aniversario de la JOC francesa, vivido en París en el entusiasmo indescriptible de 85.000 jóvenes, caí gravemente enfermo. Transportado urgentemente a una clínica, unas horas después, los médicos perdían toda esperanza de salvarme: estaba desahuciado. La religiosa superiora del establecimiento prometió enviarme a Lourdes si curaba. Con estupefacción general, así fue y, varios meses después, participé como camillero en la peregrinación diocesana. Allí encontré un sacerdote con el cual discutí largamente. No estaba de acuerdo con él sobre los métodos de apostolado, pero como era hombre muy sencillo y cercano a los jóvenes, supo ganar mi confianza. Prometí volver a verle.
Una noche, volviendo de visitar uno de los grupos de la JOC del que estaba yo encargado, decidí, a pesar de la hora tardía, pasar a decir «buenas noches» al sacerdote. Un momento después charlábamos. A quemarropa me dijo:
     —¿Por qué no te haces sacerdote?
     La pregunta me pareció tan inesperada que me quedé un momento sin contestar.
     Luego tranquilo, casi sonriente, como una evidencia:
     —Porque no tengo vocación.
     —¿Por qué no?
     —Porque...
     No sabía qué contestar. Él siguió: «La vocación no es algo extraordinario» (sin haberme planteado la cuestión, no obstante, había oído hablar de «la llamada y tendía a imaginarme que consistía en una intervención divina, bastante precisa); «es un conjunto de aptitudes físicas, intelectuales y morales, más el deseo de darse enteramente a los demás y a Dios y, por último, la llamada de la Iglesia por intermedio del obispo». Siguió explicándolo durante unos instantes:: luego me dijo, casi negligentemente, que en su opinión yo tenía todo lo necesario para ser sacerdote.
     —Piénsalo un poco —concluyó—, reza a Dios; no te volveré a hablar de ello si tú no me hablas antes.
     Unos momentos después estaba fuera. Era muy tarde; las calles estaban desiertas; en mi bicicleta pedaleaba como un loco, me parecía tener alas. Sin saber por qué, estaba tranquilo y feliz. Interiormente me repetía: «,¿por qué no?.. ¿por qué no?» Apenas llegué a casa, me arrodillé al pie de la cama: «Señor, de acuerdo, si quieres, yo también quiero». Por primera vez recé de veras; por primera vez, Cristo no era para mí un nombre, era alguien, yo le hablaba... y estábamos de acuerdo.
Ni un momento, hasta hoy, he dudado luego de su llamada.
     En unas horas descubrí por dentro lo que ninguna palabra había podido hacerme entrever: la oración, la eucaristía, la misa y la presencia del Señor en mí. Pensaba en ello continuamente: en la calle, en el trabajo, en mis contactos con los compañeros. De golpe descubrí también que mi acción jocista era para Él, y el sacerdocio se me mostró inmediatamente como el único final. Ser sacerdote era entregarse a los demás totalmente, todo el tiempo: era ser jocista hasta lo último. Aunque ciertas formas exteriores de la religión me estorbaban todavía y me seguirían estorbando mucho tiempo, ya no había cortes entre ella y el apostolado, no había más que un solo movimiento hacia los demás y hacia Cristo.
     Poco tiempo después entré en el seminario.

      Después he dado gracias muchas veces al Señor por haber encontrado la Acción Católica, y en ella verdaderos militantes educadores y consiliarios. hombres de fe, discretos, que no atropellaron nada queriéndome imponer desde el exterior una enseñanza ajena a la vida, ni aun siquiera prácticas religiosas que no había comprendido y vivido. Unos y otros tuvieron que confiar en Dios y esperar, pero con un cuidado continuo me guiaron por la acción de la JOC hacia una entrega total. Así me encaminaban al encuentro de Dios, con mucha mayor seguridad que por sabias demostraciones intelectuales o por la penosa repetición de actos religiosos vacíos de sentido. Gracias a ellos, me parece que siempre he guardado el respeto a la vida, donde el Señor está misteriosamente trabajando antes de que lleguemos nosotros. ¿Por qué creernos, los sacerdotes y cristianos, los únicos poseedores de Dios, los únicos ricos frente a los pobres, privados de Él? ¿Por qué no ayudar a los hombres, haciéndoles mirar su propia vida, la vida de sus hermanos y su ambiente, a descubrir día tras día -a la luz del evangelio- lo que no corresponde al deseo del Padre, insertándoles en seguida en la acción, para que se rellene la distancia entre el plano de Dios y su realización humana? (es el «ver-juzgar-actuar- de la Acción Católica verdadera). Por qué no permitirles así cambiar progresivamente su voluntad limitada por la voluntad misma del Padre: unirles por su acción a Cristo y al Espíritu Santo, que trabajan silenciosamente, en cada pequeña parcela de vida como en el mundo entero, para que llegue el reino del Padre? Que actúen en su vida, que se entreguen a sus hermanos, aunque al principio no hayan descubierto todavía qué reino edifican y con qué todopoderoso Amigo actúan. Llegará un día, si tenemos paciencia y humildad y vivimos de la fe, en que podremos —sacerdotes o militantes— alumbrar su camino. Entonces reconocerán a Cristo. No seremos nosotros los que les demos un Dios fabricado con nuestras manos de hombres, a la medida de nuestra suficiencia, ayudándoles a salir de ellos para ir a trabajar en el taller del Padre, les habremos permitido encontrar por el camino al Hijo del Dios vivo.
     Creo que al final de esta trayectoria y por esa revelación es como el Señor permitió que un día le reconociera e intentara darle mi vida.

      Ya he dicho bastante, me parece, para hacer comprender las grandes preocupaciones de mi vida sacerdotal. ¿Por qué me hice sacerdote?
     Mi sacerdocio querría ser una respuesta a las cuestiones planteadas por Cristo, dar el uno al otro, siendo el sacerdote, consagrado en Cristo. el engarce vivo entre tierra y cielo, tiempo y eternidad, lo natural y lo sobrenatural, el hombre y Dios. He sufrido demasiado este corte entre la vida y Dios para no hacer todo lo posible por reunirlos en el corazón del hombre y en el mundo. Tal es esencialmente, me parece, el papel del sacerdote.
     En efecto, ¿qué es la historia de la humanidad, sino esta prodigiosa aventura del hombre y de su Dios yendo al encuentro uno de otro para unirse en el Amor y vivir eternamente el gozo trinitario? Solo Cristo, sacerdote único, realiza perfectamente en Él esta alianza. Es totalmente Dios, porque es el Hijo eterno del Padre. Y es, por la encarnación., totalmente hombre, porque ha tomado en su corazón a la humanidad entera para asumirla y rescatarla. Desde ahora, los hombres son por Él hijos del Padre: ya no les queda, al hilo del tiempo, nada más que responder libremente a esta inefable invitación del Amor. Al sacerdote, en la Iglesia., le toca la tarea de ayudarles.
     Cristo por naturaleza era totalmente Dios: el sacerdote debe llegar a serlo por participación: lenta transformación del hombre consagrado que intenta borrarse y morir para si mismo, para que nazca Cristo.
     Cristo ha tomado a su cargo toda la humanidad, y el sacerdote debe igualmente unirse a ella -y especialmente a ese rebaño que le ha sido confiado- para salvarla.
     «Conozco a mis ovejas», decía Jesús. Si el sacerdote de hoy quiere conocer las suyas, debe salir a su encuentro, pues muchas veces, las ovejas ya no están en el redil. Se ha dicho demasiado que el sacerdote era un hombre separado: no se ha dicho bastante que debía estar presente entre los hombres, todos los hombres, toda su vida. ¡Durante treinta años Cristo eligió este «método» para salvar al mundo! ¿Por qué algunos han deformado el sentido de su actitud viendo en ella no sé qué voluntad eremítica que le aísla de la vida de sus hermanos, en el silencio y la soledad de una oración desencarnada? De hecho, Jesús estaba muy cercano a los hombres de su tiempo, de su raza, de su clase social, de su profesión, y de tal modo vivió como uno de ellos, que nadie,, durante treinta años, sospechó su filiación divina y su misión redentora. Esta presencia sencilla de amor, en la vida corriente. es su vida «oculta». Así es cómo el sacerdote, me parece, debe estar presente a sus hermanos los hombres, tan atento al menor gesto del más pequeño de ellos, como a la rápida evolución de la humanidad entera. Nada de lo que es humano puede serle indiferente, pues tiene el deber de «casarse»con todo para sumirlo y rescatarlo.


     Para enseñar la doctrina hacen falta hombres presentes y que escuchen. Para distribuir los sacramentos hacen falta cristianos disponibles y que abran su corazón. Para celebrar los santos misterios hacen falta cristianos vivos que participen en el culto. Antes de ser el catequista, antes de ser el ministro de la vida, antes de ser el ordenador de la liturgia, el sacerdote de nuestra época debe ser el miionero anunciador de Cristo, viviente en el evangelio y en la vida. Sólo lo será si es un creyente, casi diría un «vidente», pues no podrá revelar al Señor si no le ha contemplado en la Escritura y le ha descubierto presente tras el movimiento y el ruido de nuestro mundo moderno. Este mundo está ante nosotros, hermoso y grande, pero impresionante e inquietante. Se construye rápidamente, al ruido estrepitoso de las máquinas y en el misterioso silencio de los laboratorios y las oficinas técnicas. Ante nuestros ojos agrandados, aparece el universo. La humanidad progresa e invade la tierra. El sabio arranca a la materia el secreto de su energía; pretende alcanzar a la vida misma, mandarla; explora el alma humana y quiere actuar sobre ella. El trabajador aferra la naturaleza, la domestica, quiere plegarla a su voluntad. En el centro de este mundo en efervescencia, en ese taller fantástico, el hombre débil y fuerte, herido y de pie, ingeniero impresionante, ordena la gigantesca construcción. ¿Es una torre de Babel lo que edifica la humanidad de hoy? ¿Los hombres., otra vez, serán «dispersados por la superficie de la tierra» en un caos indescriptible, o bien iluminaremos con suficiente fuerza sus ojos y su corazón para que descubran en el interior mismo de sus esfuerzos laboriosos de sabios, de artistas, de técnicos, de trabajadores manuales., y en el corazón de su amor humano, de su hogar, de su familia, de su ciudad, de todas sus comunidades naturales, al Padre que les invita a trabajar con su Hijo para completar el gran misterio de la creación? ¿Comprenderán entonces que no pueden construir nada sin Él, porque «si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los que la construyen», puesto que «todas las cosas han sido hechas por Él y sin Él nada se ha hecho»?
     ¿Comprenderán que ese dinamismo grandioso y amenazador del mundo moderno sólo puede ser coronamiento del misterio creador si paralelamente a la encarnación redentora de Jesucristo se concreta en el tiempo y el espacio por el si del hombre libre: sí a la gracia del bautismo, si a la eucaristía y a todos los sacramentos, pero también sí a la fidelidad de la presencia allí donde el Padre, en su Amor, les ha enviado providencial mente? Sí a su familia, a su barrio, a su trabajo, a su profesión, sus ocios, su nación, al mundo de hoy; otras tantas respuestas de amor a las «anunciaciones» diarias sin las cuales toda vida espiritual sería dramática ilusión u horrible fariseísmo,
     Pero el mundo moderno es ambiguo, lleva consigo el pecado:: tentación permanente de atarse a la tierra que se modela, de adorar la ciencia y la técnica por si mismas y por el bien que aportan, tentación de hacerse dios en el lugar del único Todopoderoso, egoísmo y orgullo del hombre que engendran la des-unión y la muerte, donde el amor debía sellar la nueva re-unión y hacer nacer la vida. Por lo mismo que el hombre ha traído el pecado al corazón del mundo, debe también traer la redención. El Salvador, antes de él, lo ha tomado todo para rescatarlo todo. De los sufrimientos de la humanidad, unidos al suyo, ha hecho la materia prima de la redención. A los hombres toca ahora recoger sus sufrimientos y los de sus hermanos y luego insertar su libre aceptación en la ofrenda total de Cristo. Sólo con esa condición nuestro pecado será perdonado y el mundo salvado, pues Dios no quiere salvarlo sin nosotros.
     ¿A quien corresponderá entonces esta tarea apasionante de alumbrar a cada uno de los hombres de hoy y al mundo en su conjunto, para darles el verdadero y único sentido de su existencia? Demasiados contemporáneos nuestros han pensado que les era imposible vivir de Cristo, porque eran pobres, porque eran trabajadores, porque tenían una familia que cuidar, porque tenían una tarea absorbente, un horario sobrecargado, responsabilidades sindicales, políticas u otras; porque estaban abrumados de desgracias, perjudicados por una salud vacilante: porque hacían deporte, porque iban al cine; porque eran de su época y vivían la vida de los hombres de su tiempo... Los sacerdotes les dirán que en todos los instantes de su existencia, en cada parcela de su vida, pueden volver a encontrar a Cristo y unirse a Él en su misterio de creación, de encarnación y de redención. Los sacerdotes lo dirán a cada hombre en particular, pero lo proclamarán también al mundo. Creo en efecto que es en nuestra época cuando pueblos enteros nos pedirán un sentido para su esfuerzo de edificadores, una luz para iluminar la mirada inquieta que ponen o pondrán en su vida, un amor infinito para sellar su precaria fraternidad humana.
     Ya he expuesto ampliamente cuál debe ser, en mi opinión, la visión apostólica del sacerdote de hoy. No puedo detallar su comportamiento práctico -por lo demás, el lugar de cada cual, en la construcción del reino, es diferente-, pero puedo decir por última vez que el mundo no saldrá adelante si no hay sacerdotes para ordenar su marcha. Cuanto más crece el «cuerpo» de la humanidad, más alma- le hace falta, pero el alma debe estar en el cuerpo.
El mundo moderno no sufre solamente del divorcio entre una clase social y la Iglesia, sino del divorcio entre la vida y Dios.

     ¿Por qué me hice sacerdote? Para ayudar a colmar ese trágico abismo. Hoy como ayer, es la misma visión; mi mirada solamente ha superado la experiencia de mi infancia para abrazar al mundo, sufrir con él y amarle.
     Decir lo que es necesario hacer es expresar lo que trato de hacer. Que los que me lean recen para que sea fiel.


Michel Quoist


23 de octubre de 2015

¿Por qué un varón con tendencias homosexuales no puede ser ordenado sacerdote?

El reciente caso de Monseñor Krzysztof Charamsa, que hace unos días decidiósalir del armario de un modo muy ostentoso, ha puesto de relieve una cuestión que a algunos les puede inquietar: los homosexuales no pueden ser sacerdotes.

 ¿No será esta una de las últimas discriminaciones de la sociedad -y más específicamente, de la Iglesia- hacia un colectivo tan sufrido? Hay quien plantea la cuestión a modo de desafío: ¿Por qué no ayudamos a los homosexuales en su lucha por llegar al sacerdocio? El propio Charamsa, en la entrevista que concedió al diario italiano Corriere della Sera, consideró que la exclusión del sacerdocio para los homosexuales es un «error» y pidió que se corrija. Por lo tanto, la pregunta que se hacen no pocos es por qué los homosexuales no pueden ser sacerdotes.


Es una cuestión que se debe analizar en sus términos correctos. En la disciplina multisecular del sacerdocio en la Iglesia occidental, no se puede admitir al Orden sagrado a nadie que no se comprometa a vivirlo en celibato. Se trata de un compromiso voluntario, por lo que si consta que un candidato no está cumpliendo el celibato, es prudente que la Iglesia rechace su petición de ordenarse: no es que la Iglesia lo excluye del sacerdocio, sino que se trata de no poner sobre los hombros de un candidato una carga que ya sabemos que le resulta demasiado pesada. Esto vale para todos los aspirantes al sacerdocio, siendo indistinto que sus faltas a la castidad sean homosexuales que sean heterosexuales. Por lo tanto, los que tienen vida activa homosexual no están discriminados: lo que se tiene en cuenta es que el compromiso de castidad les resulta inalcanzable, por lo que se les debe vedar el acceso al sacerdocio. No pretendo equiparar la gravedad moral de los actos homosexuales y los heterosexuales, sino solo poner de relieve que lo que el caso Charamsa ha planteado realmente no es la ordenación de homosexuales activos, sino la de varones que sienten tendencia homosexual.

No podemos olvidar que el sacramento del Orden sagrado no es un derecho del fiel que reúne los requisitos necesarios. En esto se distingue de los demás sacramentos: el católico que reúne los requisitos para recibir, pongamos por caso, el sacramento de la penitencia y lo pide en forma adecuada, es titular de un verdadero derecho. El confesor que le negara la absolución cometería una grave injusticia. Esto no sucede con el Orden sagrado: nadie puede alegar discriminación por el hecho de que el Obispo le rechace la solicitud de acceder al sacerdocio, aunque reúna todos los requisitos necesarios, porque no existe el derecho a este sacramento.

Aun así, no se niega el sacerdocio a un sujeto por capricho. Al tomar la decisión de admitirlo al Orden sagrado (o rechazarlo) se tienen en cuenta razones de peso. En el caso que nos ocupa, la Santa Sede ha publicado una Instrucción de fecha 4 de noviembre de 2005, en que se indica que «la Iglesia, respetando profundamente a las personas en cuestión, no puede admitir al Seminario y a las Órdenes sagradas a aquellos que practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o apoyan la así llamada cultura gay». ¿Por qué?

La misma Instrucción da los motivos: «las personas mencionadas se encuentran, de hecho, en una situación que obstaculiza gravemente establecer una correcta relación con hombres y mujeres». Esto se deriva del carácter objetivamente grave de los actos homosexuales, sin prejuzgar su dificultad o facilidad para vivir una vida cristiana plena, ni mucho menos su dignidad por sentir esas tendencias: «En lo que concierne a las tendencias homosexuales profundamente arraigadas, que se encuentran en un cierto número de hombres y mujeres, son también éstas objetivamente desordenadas y frecuentemente constituyen, también para ellos, una prueba. Tales personas deben ser acogidas con respeto y delicadeza; se evitará toda discriminación injusta. Éstas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida y a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar».

Las tendencias no son pecados: lo son los actos. Quien siente tendencias homosexuales, debe luchar contra ellas. Pero no puede considerarse pecador por tener esas inclinaciones. Sin embargo, el hecho de sentir tendencias homosexuales «profundamente arraigadas» -como dice la Santa sede- predispone o pone en camino al individuo a cometer esas faltas. Por ello, por no poner en el sujeto una carga que quizá con el paso de los años se demuestre insoportable, la Iglesia, fruto de su larga experiencia, prefiere no llamarle al sacerdocio.


Tampoco es de extrañar esta actitud. Sentir tendencia a robar, por ejemplo, no es pecado, el pecado es el robo. Pero ¿quién pondría en la caja de un banco a un empleado con tendencias profundamente arraigadas a robar? En marzo de este año un piloto estrelló un avión lleno de pasajeros contra las montañas de los Alpes. La investigación sacó a la luz que tenía fuertes tendencias suicidas. A la aerolínea se le acusó de negligencia por tener en activo a un piloto con sus antecedentes: sin querer comparar ambas actitudes, ¿no sería negligente la Iglesia si permitiera que accedieran al sacerdocio personas con fuerte tendencia a incumplir los compromisos que libremente adquieren?

Publicado por vidasacerdotal


20 de octubre de 2015

La formación de los seminaristas para la Pastoral familiar

La Congregación para la educación católica nos está sorprendiendo con sus frecuentes y oportunas intervenciones sobre aspectos cada vez más importantes y significativos de la formación de los futuros presbíteros.

La agradable sorpresa aumenta cuando observamos el carácter eminentemente práctico de estos documentos, que ya no son orientaciones, como solían serlo los de algunos años atrás, sino directrices, es decir, sugerencias concretas o modalidades de actuación que se derivan no tanto de los grandes principios o verdades doctrinales sino de los profundos análisis de la realidad concernida.

En este caso el punto de partida son las lagunas que la misma Congregación observa en la formación actual, lagunas detectadas por medio de los innumerables cauces que la misma Congregación ha podido poner en marcha: "una encuesta a las conferencias episcopales, las visitas apostólicas a los seminarios, las visitas "ad limina", contactos directos con las realidades locales, consultas de expertos, opiniones recabadas de comunidades diocesanas y parroquiales" (n. 3).

Como siempre que nos hacemos eco de los documentos eclesiásticos en este espacio, nuestro deseo es ofrecer algunas reflexiones con el ánimo de subrayar yde concretar aún más algunas de las sugerencias que el propio documento ofrece.

1. La necesidad de un nuevo modelo de seminario: el seminario pastoral

Lo primero que llama la atención es la invocación ya explícita a un nuevo modelo de seminario que podríamos designar con el nombre de "seminario pastoral".

Las numerosas lagunas detectadas en la formación del seminario actual en lo que se refiere a la atención al matrimonio y a la familia (cf. nn 3-12) llevan a formular esta clara conclusión: "de ello se deduce que el sistema formativo en este sector necesita una atenta revisión y, si es necesario, un verdadero salto de calidad" (n. 13).

Pero lo que aquí se afirma con relación a la familia se ha ido afirmando sucesivamente, por parte de la misma Congregación o de otros organismos romanos competentes, con relación a otros muchos e importantes aspectos, dimensiones y materias: la formación en la doctrina y apostolado social, para los medios de comunicación social, para la educación en el celibato, para la formación teológica y la enseñanza de la moral, para la formación artística y defensa del patrimonio, para la formación litúrgica.

En todos ellos se comprueban lagunas que se quieren subsanar aumentando temas y materias. Unido a otros muchos aspectos más de tipo psicológico o espiritual los responsables de los seminarios han ido intentado poner remedio ampliando los años de la formación: ha surgido el pre-seminario, se instaura cada vez más la "etapa pastoral".

Pero las deficiencias no son sólo de espacio y tiempo. Es también, y sobre todo, de orientación, de estilo, de "modelo educativo". Lo formuló perfectamente el cardenal Pío Laghi, en la presentación de estas Directrices: "se espera de modo especial que en los centros de formación sacerdotal se madure una conciencia pastoral nueva, más sensible y más viva, para que todos los desafíos del momento presente puedan ser acogidos y valorados con la necesaria competencia y recibir una adecuada respuesta" (Boletín de la sala de prensa de la Santa Sede, n 216/95, 5).

Este aspecto se apunta también en las Directrices cuando se habla de la falta de "preparación para el ministerio de la reconciliación, para la dirección espiritual y para la formación de las conciencias de los fieles... Esta constatación hace surgir la pregunta de si la responsabilidad por este estado de cosas no recaiga también, al menos en parte, en las carencias de la formación y en el estilo de vida practicado en los seminarios" (Directrices, 8).

Y muy especialmente cuando se subraya la necesidad de adquirir una "visión pastoral" de la situación de la familia (n. 41), de analizar y conocer la realidad "en sus facetas pastorales" (n. 42), de un "tratamiento pastoral del problema de la paternidad y maternidad responsables y de la planificación familiar" (n. 49), de la "atención pastoral de las familias que están en situación difícil" (n. 53).

Esta "visión pastoral" exige un verdadero "salto de calidad" en el seminario, un seminario nuevo, un "seminario pastoral". La gravedad de la situación actual... es una invitación que compromete a todos, y, de modo particular, a los responsables de la formación sacerdotal. Invitación a revisar no tanto algún capítulo especial de la vida seminarística, cuanto más bien toda la obra formativa en su aspecto intelectual, espiritual y pastoral" (n. 64). O, como decía el mismo card. Laghi en la mencionada presentación glosando este aspecto: " a este respecto son llamados en causa en primer lugar los estudios, pero también la formación espiritual y humana, la preparación pastoral teórica y práctica y todo aquello que afecta a la solidez y eficiencia organizativa de los centros de formación", "lo que verdaderamente importa para un buen éxito de tal revisión no es tanto algún capítulo parcial de la vida seminarística, cuanto más bien su globalidad, toda la pedagogía en sus aspectos intelectual, espiritual y pastoral" (Boletín, p. 3., n. 1).

En un seminario tal el núcleo organizador será la "formación del pastor", que conlleva una "nueva organización de los estudios" (n. 58), un tratamiento y comunicación de las doctrinas con una orientación adecuada a la acción pastoral. Allí se posibilita al máximo el contacto y encuentro con las verdaderas situaciones de las personas, en este caso de las familias, en esa perspectiva específicamente pastoral. Lo disciplinar no será obstáculo para dicho contacto, como parece suceder con frecuencia en el modelo actual, como lo sugiere el Documento cuando dice que "las salidas de los jóvenes por la tarde o por la noche para participar en las reuniones de los grupos familiares a menudo turban el orden disciplinar de los seminarios" (n. 11).

2. Algunas sugerencias prácticas

Entre las diversas sugerencias que el Documento ofrece nos parece deber subrayar para nuestro contexto eclesial las siguientes.

a) La consideración de la pastoral familiar como una dimensión esencial del ministerio presbiteral. "El apostolado de la familia es una tarea que no compete solo a los pocos sacerdotes que están o estarán encargados de la pastoral familiar, sino que es hoy una dimensión esencial y, se puede decir, omnipresente del apostolado cristiano que todos los sacerdotes están llamados a realizar en modo y grado diverso de compromiso" (Directrices, n. 14).

Las Directrices aportan a esta consideración la permanente tradición de la Iglesia y la abundante documentación pontificia reciente (cf. n. 25) en la que la familia es proclamada como la célula social original, la primera realización y concreción de la Iglesia, como lo sugiere la denominación hecha ya clásica de "iglesia doméstica" (cfr. n. 35); el "centro de la nueva evangelización " (n. 1) y el "primer agente evangelizador", el "primer rsponsable de la nueva evangelización " (n. 36); la "primera comunidad evangelizadora", el "primer espacio del compromiso social", el "lugar primero de humanización de la persona y de la sociedad" (n. 35); y, aunque aquí no se aduce, se podrían traer a colación, en el contexto de la formación sacerdotal, la tan cacareada consideración de la familia como "el primer seminario", la primera fuente de las vocaciones.

Por eso Directrices puede afirmar, a modo de síntesis y conclusión: "la preparación para la pastoral familiar alcanzará en los seminarios sus verdaderas finalidades solamente cuando todos, formadores y formandos, estén convencidos de su importancia esencial e ineludible y hagan efectivamente de la familia el primero y más importante camino de su ministerio" (Dir. 12, citando la Carta a las familias, n. 2).

b) Nos parece una indicación especialmente sugestiva y adecuada la que se hace sobre el estudio en los seminarios de los documentos oficiales de la Iglesia sobre el tema de la familia.

A este respecto nos parece necesario insistir en que este estudio sea dirigido por los responsables inmediatos del seminario. Las Directrices insisten con toda razón en la responsabilidad de los profesores en este campo y en que debe formar parte de la formación intelectual, como parte integrante e integradora de varias de las materias del curriculum de estudios (cf. n 25). Pero aun en el caso de que esto sea así, los educadores inmediatos pueden y deben hacer una lectura de otro tipo.

Se tratará de una lectura cursiva o a modo de glosa, al estilo de la "lectio divina" de la Escritura, con una orientación y metodología "pastoral", sapiencial, hecha desde la fe, y no tanto desde la fundamentación científica o técnica, que será la formalidad propia del profesor.

Esto supone hacer una lectura creyente, en docilidad al magisterio, iluminadora de la realidad desde la fe, con esa visión y sentido pastoral, que lleve al seminarista a ir adquiriendo la mentalidad de pastor, a proyectar su estudio en orden a la misma acción pastoral. De esta manera será posible ya en el mismo seminario hacer un "estudio pastoral", que será una de las características de ese "seminario pastoral" del que antes se hablaba.

Es en este estudio-lectura cursiva, mucho más que en las aulas, donde se podrá hacer resplandecer en toda su novedad y belleza "la relación que hay entre la llamada a la virginidad y al matrimonio como dos dimensiones de una única vocación a la santidad" (n 32), donde se adquirirá esa sensibilidad que en la atención a los matrimonios vaya más allá de lo puramente sexual (cf. n. 34), donde se adquiera destreza para "acompañar y estimular a las familias en sus compromisos apostólicos" (n. 36).

c) Especial relieve adquiere la sugerencia sobre las prácticas pastorales en el ámbito de la pastoral familiar (cf. nn. 9.11.l2.54).

Nos complace subrayar aquí la doble advertencia del Documento: por una parte, la incorporación de alguien experto en la temática familiar que haga "más presente el tema del matrimonio y de la familia en las diversas disciplinas y para asegurarle una eficaz cooperación interdiciplinar" (n. 56); por otra, el cuidado especial que con relación a este campo debe tener el "encargado especial de las actividades pastorales del seminario" en colaboración con el profesor de teología pastoral (n. 54).

Esta figura del "moderador de pastoral" va adquiriendo cada vez más consistencia en los Documentos. Y sea cual fuere su concreción, al menos la función no debería faltar en ningún seminario. En ese seminario pastoral que se delinea será sin duda la figura más significativa. O acaso sea ella la que haya de asumir esas funciones de dirección, orientación unitaria y animación de la comunidad educativa que ahora se atribuyen al rector.

Con sumo gusto recogemos aquí literalmente la hermosa serie de posibles "experiencias, contactos y campos de apostolado" que recoge las Directrices con el fin de contribuir a crear y madurar aptitudes pastorales en orden a la familia: "contactos dirigidos con movimientos y asociaciones familiares; visitas a los tribunales eclesiásticos, a los consultorios y a otros centros de la pastoral familiar; invitaciones al seminario de exponentes del apostolado familiar, de parejas de esposos comprometidos en el apostolado, a fin de conocer sus experiencias; reflexión en común sobre casos diversos pastoralmente significativos y su análisis a la luz de los documentos de la Santa Sede y de las Iglesias locales" (n. 54).

No debería omitirse en este elenco lo que el Documento incluye en otro contexto (cf. n. 49), a saber, el conocimiento y la información sobre los "centros de orientación familiar" o semejantes, creados en muchos lugares por las autoridades civiles, para poder juzgar de su orientación, mentalidad, prácticas de planificación de la natalidad y poder orientar moralmente a los fieles.

d) Una última sugerencia, hecha como de pasada en las Directrices (cf. n. 33), merece una especial insistencia por nuestra parte: la de crear en el seminario un ambiente de verdadera familia donde de alguna manera se incorporen las funciones y el estilo de las relaciones familiares auténticas y perfectas. Donde los educadores sean verdaderos padres-madres de los alumnos; donde las relaciones interpersonales entre éstos se fundamenten y ejerciten desde la conciencia de la fraternidad íntima, fruto de una misma fe y de una aspiración a una vocación común, a un mismo servicio eclesial; donde se experimente y adelante la vivencia del presbiterio como auténtica familia espiritual.

Este clima de familia se hará tanto más eficiente y significativo cuanto más el seminario posibilite, por una parte, el encuentro, el contacto y la presencia de mujeres y madres que aporten su carisma específico de feminidad-maternidad dentro de la misma organización y estructura educativa, y, por otra, cuanto más frecuente, íntima y profunda sea la relación del seminario con las familias de los seminaristas.

De esta manera, los seminaristas irán teniendoun conocimiento "pastoral" de los ambientes familiares y a la vez ya un real entrenamiento de actuación en los mismos y , a su vez, las familias serán agentes efectivos de la formación humana y vocacional de sus hijos llamados al ministerio presbiteral.


Sirva como conclusión de estas reflexiones la misma con que terminan las Directrices: "Se trata ... de dar al problema de la pastoral familiar en todo el sistema formativo la centralidad que le permita poner en marcha la deseada renovación espiritual y moral de la Iglesia y con ésta la de la entera familia humana. Tarea que se impone no sólo por el interés de salvaguardar el bien espiritual de los fieles, sino también por el de poner los fundamentos indispensables para un mejor porvenir de la humanidad" (n. 65).


16 de septiembre de 2015

Decálogo de la madurez y de la salud psíquica


Diez requisitos que muestran que una persona es madura en lo mental, psíquico y afectivo

En la cultura occidental, una persona es madura en el plano de lo mental, psíquico y afectivo en la medida en que haya logrado un buen nivel en los siguientes pasos: 

  1. Actitud flexible, serena y tolerante ante las nuevas situaciones y circunstancias y capacidad de cambiar cuando sea lo más razonable y conveniente

  1. Ser “uno mismo” y tener criterio firme y claro ante las personas, situaciones y cosas, pero sin tozudez y con buena disposición para admitir los propios errores.

  1. Capacidad para pensar y obrar con absoluta independencia y aceptar la realidad por dura que sea, con presencia de ánimo y sin recurrir a lamentaciones inútiles ni a escenas melodramáticas.

  1. Semblante y aspecto exterior ecuánime y gozoso, irradiando alegría y felicidad, sintiéndose un ser privilegiado de la vida aunque sólo sea por vivir y no perder el sentido del humor.

  1. Aceptación de sí mismo en todos los aspectos; alto nivel de autoestima y autoamor; capacidad para perdonarse a sí mismo y perdonar. Buen amigo de sí y de los demás. Disfruta de relaciones afectuosas, emocionales y altruistas con sus semejantes.

  1. Capacidad para disfrutar de todo en cualquier momento y lugar y de las cosas más corrientes y sencillas, pero día a día, minuto a minuto.

  1. Gran amplitud de conciencia, generosidad, preocupación por el prójimo, por sus necesidades y carencias. Deseo de sentirse útil y permanente actitud de servicio para la sociedad en que vive.

  1. Estar bien dotado para tolerar ciertas dosis de soledad y desamparo y bien entrenado para superar dificultades, problemas y frustraciones sin dejarse abatir por el desaliento.

  1. Capacidad de empatía, de ver las cosas desde la óptica de la persona que tiene delante, teniendo en cuenta las circunstancias que le impulsan a obrar de esta o aquélla manera.
  2. Finalmente, todo persona madura tiene un proyecto de vida que le autorrealiza y le proporciona verdadera felicidad y satisfacciones. Tal proyecto es diseñado teniendo como referencia una escala de valores morales, dando prioridad al respeto, la honradez, la solidaridad, la tolerancia y el objetivo de pasar por la vida haciendo el bien en lo posible.
Bernabé Tierno


Este decálogo fue entregado por el Dr. Bernabé Tierno a los asistentes del II Congreso Internacional Educación y Familia (2-4 de diciembre 2004, en al Universidad Católica San Antonio de Murcia)

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8 de septiembre de 2015

Los votos. Atreverse a prometer

En muchas partes del mundo, sobre todo en los países influidos por la cultura occidental, se constata una pérdida de confianza en hacer promesas. Esto puede verse en la crisis del matrimonio, el alto índice de divorcios; y dentro de llas Órdenes religiosas, en las continuas solicitudes de dispensa de los votos, que son una lenta y constante hemorragia de la vida de la Orden.

 ¿Qué sentido tiene que uno dé su palabra para toda la vida, "usque ad mortem"?

Una de las razones por las que empeñar la palabra no es un acto que sea considerado con seriedad, se debe a que las palabras mismas no tienen hoy gran importancia. ¿Acaso cuentan las palabras en nuestra sociedad? ¿Son capaces de cambiar algo? ¿Puede uno ofrecer su vida a otro, a Dios, o en matrimonio, sólo pronunciando unas palabras? Nosotros, como predicadores de la Palabra de Dios, sabemos que sí cuentan. Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios que pronunció una palabra y se hicieron los cielos y la tierra. Dios pronunció la Palabra que se hizo carne para nuestra salvación. Las palabras que nos hablamos los seres humanos son capaces de dar vida y muerte, construir la comunidad y destruirla. La terrible soledad que se experimenta en las grandes ciudades hoy en día es ciertamente un signo de una cultura que ha dejado de creer en la importancia del lenguaje, en esa capacidad que tiene la palabra compartida de crear comunidad. Cuando empeñamos nuestra palabra con los votos, afirmamos una vocación humana fundamental, pronunciamos palabras que tienen peso y credibilidad.

Aún no sabemos lo que nuestros votos implicarán ni a dónde nos llevarán. ¿Cómo podremos atrevernos a pronunciarlos? Ciertamente, sólo porque Dios nuestro Padre lo ha hecho y nosotros, sus hijos, nos atrevemos porque nuestro Padre lo hizo primero. Desde el principio, la historia de la salvación es la de un Dios que hace promesas, asegurándole a Noé que la tierra no volvería a ser inundada por las aguas; que promete a Abraham una descendencia más numerosa que las arenas del mar, y a Moisés liberar a su pueblo de la esclavitud. El cumplimiento y culmen de todas estas promesas es el mismo Jesucristo, el eterno "Sí" de Dios. Como hijos de Dios nos atrevemos a dar nuestra palabra sin saber lo que implicará. Y este es un acto de esperanza, ya que para muchas personas existe sólo la promesa. Cuando uno está sumido en la desesperación, agobiado por la pobreza y el desempleo, o atrapado por el fracaso personal, entonces quizá no exista alguien más en quien poner la confianza que en Dios, que se ha comprometido con nosotros y que, una y otra vez, ha ofrecido su alianza a la humanidad y nos ha enseñado a través de los profetas a esperar la salvación (Oración Eucarística IV.).

En nuestro mundo, tan fuertemente tentado por la desesperación, quizá no se dé otra fuente de esperanza que creer en el Dios que nos ha dado Su Palabra. ¿Y qué otra prueba puede ofrecerse de esto que el hecho de que hombres y mujeres hagan promesas, tanto en el matrimonio como en la vida religiosa? Nunca antes había yo comprendido tan bien el significado de los votos, hasta que visitando un barrio sumamente pobre de las afueras de Lisboa donde vivían los olvidados y los que no cuentan, los invisibles de la capital, encontré que había una gran fiesta y enorme regocijo porque una religiosa, que vivía con ellos, hacía su profesión solemne. ¡Esa era la fiesta de todos!

Nuestra generación ha sido llamada "la generación del ahora", porque la cultura que cuenta es la del momento presente. Esto puede ser fuente de una admirable espontaneidad y de una frescura e inmediatez con la que podemos alegrarnos. Pero si el momento presente es de pobreza y de fracaso, de derrota y depresión, entonces ¿qué esperanza puede uno encontrar? Los votos, por su naturaleza, alcanzan un futuro desconocido. Para Santo Tomás, hacer votos es un acto de absoluta generosidad, porque uno da en un solo instante una vida que ha de ser vivida sucesivamente en el tiempo (2.1 2.-, q. 186, ad. 2.). Para muchas personas en nuestra cultura, esta entrega a un futuro que no se conoce es algo absurdo. ¿Cómo puedo ligarme hasta la muerte, cuando no sé lo que me sucederá o lo que seré? ¿Qué me va a pasar dentro de diez o veinte años? ¿A quién voy a encontrar y cómo va a reaccionar mi corazón? Para nosotros este acto es parte de nuestra dignidad de hijos de Dios y un acto de confianza en el Dios de la Providencia, que hará aparecer al carnero enredado por los cuernos en la zarza. Hacer votos sigue siendo un acto con un sentido profundísimo, un signo de esperanza en Dios que nos ha prometido el futuro y que, aunque desbordando nuestra imaginación, cumplirá Su Palabra.

Es cierto que a veces algún hermano o hermana se siente en la imposibilidad de continuar cumpliendo los votos que ha hecho. Esto sucede porque a veces no hubo un discernimiento claro en la formación inicial, o también porque la vida religiosa exige un estilo de vida que honestamente ya no se puede seguir viviendo. Para esto existe la sabia disposición de la dispensa de los votos. En estos casos hemos de dar gracias por lo que hemos recibido de estos hermanos y disfrutar de lo que hemos podido compartir. Preguntémonos también si en nuestras comunidades hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance para apoyar a los hermanos en sus votos.


(Tomado de una Carta a la Orden de Timothy Radcliffe OP)
Publicado por Pastoral-Vocacional.org


1 de septiembre de 2015

Una religiosa en el seminario!

1.- He tenido ocho años de experiencia en el trabajo conjunto con sacerdotes en la formación de los seminaristas en el seminario.

Mi Congregación de Hijas del Espíritu Santo, tiene como misión propia la Promoción vocacional sacerdotal de aquí que, en una relectura del carisma después del Concilio, la Congregación pensara en realizar su misión dentro de los seminarios ayudando en la formación de los futuros sacerdotes. Actividad que se realizó, de alguna forma, en las llamadas "escuelas apostólicas" donde entonces se desarrollaba la primera formación para el sacerdocio. Nuestra tarea consistía en poner al corriente a los alumnos que asistieran a ella, sobre todo en las materias básicas, como: español y matemáticas, para favorecer el aprendizaje del latín.

El Sr. Obispo, Manuel Pérez Gil, fue el primero en solicitar nuestros servicios en el Seminario de Mexicali, en el año 1975. Para poder atender la sección de secundaria. Poesteriormente las circunstancias hicieron que las Hijas del Espíritu Santo cooperaran en la sección de preparatoria, ya que la secundaria desapareció como sección en el Seminario. Actualmente se hace equipo formador con los Padres y se ayuda en las diferentes secciones de la formación: Pastoral Vocacional, Seminaristas en casa, Introductoria y propedeútico, como también en Teología.

Creo que los sacerdotes han ido tomando conciencia de la presencia femenina en la formación de los seminaristas; esto no se ha dado sin haber tenido contratiempos y crisis normales, ya que, es "raro" pode concebir la "presencia de la mujer" en una sociedad en su mayoría machista, y de este "complejo", no está exento el clero.

El formar equipo con los sacerdotes se ha ido haciendo de forma paulatina ya que, como decía antes, no se concibe nuestra labor dentro de una institución que durante años fue dirigida sólo por "hombres".

2.- Después de un tiempo, en el año 1985, el Sr. Don Alfonso Humberto Robles Cota, nos llamó para colaborar con el equipo formador del Seminario de Tepic. Nuestro trabajo se comenzó a realizar más de lleno en las sección de preparatoria, pero también teniendo alguna ingerencia en la sección de filosofía y teología. Aquí fue donde pude experimentar más ampliamente nuestra acción dentro del equipo ya que tomábamos parte en todas las decisiones que se hacían.

Los sacerdotes tenían muy claro cual era nuestro aporte dentro del seminario y la complementariedad que se daba en diferentes niveles: espiritual, de trabajo, como personas, de testimonio comunitario, etc.

Aquí la dificultad provino más bien en la acogida de los alumnos, pues no estaban acostumbrados a ver a la religiosa mas que en los menesteres domésticos pero no académicos, y menos en la línea de autoridad.

Creo que esta es una gran falla en la formación de los seminaristas, y que tiene sus repercusiones después al no poder establecer puente de relación. Lo digo porque son muchas las experiencias negativas que se han tenido en diferentes trabajos apostólicos donde debe darse el trato del sacerdote con la mujer consagrada. Pienso que estas dificultades son debidas a no saber cómo tratarse.

Después pasé a la diócesis de Tralnepantla, al seminario menor. Aquí también se repitió la experiencia de formar equipo con los sacerdotes. Se trabaja en la sección de preparatoria.

Todas estas experiencias si se ven en su conjunto, nos es fácil deducir que lo que predomina es lo positivo. Ha sido un caminar lento, pero creo que se está haciendo camino en este campo. Los procesos son lentos y hay que saber tener "paciencia histórica". Es curioso ver y palpar cómo se ha ido clarificando nuestros papel en la formación de los seminaristas y nuestro papel formativo no sólo a nivel de alumnos sino a nivel de los mismos sacerdotes.

3.- Concluyo esta reflexión puntualizando los aportes que considero se han generado en este trabajo:

3.1.- Creo que uno de estos valores, reconocido por todos, con los que se ha enriquecido el seminario con nuestra presencia es la vida espiritual y la importancia de la oración. En todos los seminarios se han dado talleres de oración que ayuda a los seminaristas a afincar su respuesta en ese trato íntimo con el Señor.

3.2.- Otro aporte interesante ha sido la formación humana, aspecto que hoy día empieza a recobrar su importancia sobre todo en lo que se refiere al conocimiento personal. Formación en los aspectos: afectivo, sexual, social. No quiero decir que esto no se diera, pero creo que hay una complementariedad y, por lo tanto, una visión más completa.

3.3.- La dimensión comunitaria también ha sido una de las riquezas de esta experiencia, ya que se valora en todo su sentido la vida comunitaria, que aunque no es un rasgo en la vocación sacerdotal diocesana, sí es un elemento que ayuda a la formación de la comunidad y, a la larga, de la comunidad apostólica (parroquia).

3.4.- En cuanto al trabajo de acompañamiento nos damos cuenta que se ha impulsado. Existe poca conciencia en los sacerdotes de un acompañamiento más cercano a los seminaristas. Creo que son más teóricos y que desde ahí "lo saben" pero que en la práctica falta llevar más los procesos de los muchachos. Se le ha dado importancia ala dirección espiritual, pero en ocasiones se descuida este otro aspecto de entrevista en el nivel de formación. Generalmente resulta fácil la entrevista de los muchachos con nosotras, las religiosas, y esto se debe a que en sus casas con quien tienen mayor confianza es cono su mamá y siempre la imagen materna se da de algún modo.

3.5.- Las ventajas han sido no solamente de ida, sino también de vuelta. Nosotras también nos hemos visto enriquecidas con este trabajo. Hay una mayor aceptación y conciencia de nuestro ser de mujeres consagradas, que también se ve complementado en los diferentes aspectos. Nos exige estar al día en cuanto a preparación e ir buscando de verdad mayor preparación para que nuestro trabajo sea más efectivo.

En estas pocas líneas he querido poner de relieve lo que estos años de trabajo en el seminario han sido para mí.


MI EXPERIENCIA EN EL SEMINARIO

Lucero de Jesús (de las Hijas del Espíritu Santo)

Fuente: Instituto Vocacional Mestro Ávila - Operarios Diocesanos www.pastoral-voacional.org