La crisis como posible buena noticia

La dirección espiritual en el Seminarista

Naturaleza, crisis y fines de la dirección espiritual

El problema de la transferencia

En el ámbito del acompañamiento espiritual

La formación de los formadores, grande reto de la formación

Entrevista completa de Mons. Carlos Patron Wong, Secretario para los seminarios

El Cibersexo

Una tentadora y encantadora triste realidad!!!

11 de julio de 2015

Conmovedor testimonio vocacional de un seminaristas en el encuentro con el Papa Francisco



No puedes dejar de escuchar el maravilloso testimonio vocacional del seminarista Damián Oyola en el Encuentro de seminaristas, sacerdotes y religiosos con el Papa Francisco en Bolivia.


“Sé que mi llamada no surgió en una noche de sudores o en una espectacular conversión al estilo de San Pablo. Fue más bien un largo proceso que aún sigue su curso… Cuando entré al seminario ya tenía una larga historia de llamadas. No sé exactamente cuándo nació. Pero sé que es una constante invitación del Señor a seguirle”


7 de julio de 2015

Texto completo del discurso de Francisco a sacerdotes, religiosos y seminaristas en Bolivia

Queridos hermanos y hermanas, buenas tardes:

Estoy contento por tener este encuentro con ustedes, para compartir la alegría que llena el corazón y la vida entera de los discípulos misioneros de Jesús. Así lo han manifestado las palabras de saludo de Mons. Roberto Bordi, y los testimonios del Padre Miguel, de la hermana Gabriela, y del seminarista Damián. Muchas gracias por compartir la propia experiencia vocacional.

En el relato del Evangelio hemos escuchado también la experiencia de Bartimeo, que se unió al grupo de los seguidores de Jesús. 
Fue un discípulo de última hora. Era el último viaje que el Señor hacía de Jericó a Jerusalén, adonde iba a ser entregado. Ciego y mendigo, Bartimeo estaba al borde del camino, más exclusión imposible, marginado, y cuando se enteró del paso de Jesús, comenzó a gritar. Se hizo sentir, como esa buena hermanita que con la batería se hacía sentir y decía: "Aquí estoy”. Te felicito, tocas bien.

En torno a Jesús iban los apóstoles, los discípulos, las mujeres que lo seguían habitualmente, con quienes recorrió durante su vida los caminos de Palestina para anunciar el Reino de Dios. Y una gran muchedumbre. Si traducimos esto, forzando el lenguaje, en torno a Jesús iban los obispos, los curas, las monjas, los seminaristas, los laicos comprometidos..., todos los que lo seguían, escuchando a Jesús. 

Dos realidades aparecen con fuerza, se nos imponen. Por un lado, el grito de un mendigo y por otro, las distintas reacciones de los discípulos. Pensemos las distintas reacciones de los obispos, los curas, las monjas, los seminaristas. Los gritos que vamos sintiendo o no sintiendo. Parece como que el evangelista nos quisiera mostrar, cuál es el tipo de eco que encuentra el grito de Bartimeo en la vida de la gente, en la vida de los seguidores de Jesús. Cómo reaccionan frente al dolor de aquél que está al borde del camino, que nadie le hace caso (no más le dan una limosna), de aquél que está sentado sobre su dolor, que no entra en ese círculo que está siguiendo al Señor.

Son tres son las respuestas frente a los gritos del ciego. Hoy también estas tres respuestas tienen actualidad. Podríamos decirlo con las palabras del propio Evangelio: Pasar, Cállate, Ánimo, levántate.

1. Pasar, pasar de largo y algunos porque ya no escuchan. Estaban con Jesús, miraban a Jesús, querían oír a Jesús..., y no escuchaban. Pasar es el eco de la indiferencia, de pasar al lado de los problemas y que éstos no nos toquen. No es mi problema. No los escuchamos, no los reconocemos. Sordera. Es la tentación de naturalizar el dolor, de acostumbrarse a la injusticia. Hay gente así: "Yo estoy acá con Dios, con mi vida consagrada, elegido por Jesús para el ministerio. Es natural que haya enfermos, que haya pobres, que haya gente que sufre. Es tan natural que no me llama la atención”. Acostumbrarse. Nos decimos: es normal, siempre fue así (mientras a mí no me toque). Es el eco que nace en un corazón blindado, en un corazón cerrado, que ha perdido la capacidad de asombro y por lo tanto, la posibilidad de cambio. Cuántos seguidores de Jesús corremos este peligro, de perder nuestra capacidad de asombro, incluso con el Señor. Ese estupor del primer encuentro, como que se va degradando. Y eso le puede pasar a cualquiera, le pasó al primer Papa. "¿A dónde vamos a ir Señor si tú tienes palabras de vida eterna?”. Y después le traiciona, le niega. El estupor se le degradó. Un proceso de acostumbramiento. Se trata de un corazón, que se ha acostumbrado a pasar sin dejarse tocar; una existencia que, pasando de aquí para allá, no logra enraizarse en la vida de su pueblo, simplemente porque está en esa 'élite' que siguió al Señor

Podríamos llamarlo, la espiritualidad del zapping. Pasa y pasa, pasa y pasa, pero nada queda. Son quienes van atrás de la última novedad, del último best seller pero no logran tener contacto, no relacionarse, involucrarse. Incluso con el Señor que están siguiendo, porque la sordera avanza.

Ustedes me podrán decir: «Padre, pero estaban atentos a las palabras del Maestro. Lo estaban escuchando a él». Creo que eso es de lo más desafiante de la espiritualidad cristiana. Como el evangelista Juan nos lo recuerda, ¿cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve? (1 Jn 4, 20b). Ellos creían que entendían al Maestro, pero traducían. Y las palabras del Maestro pasaban por delante de su corazón blindado. Dividir esta unidad es una de las grandes tentaciones que nos acompañan a lo largo de todo el camino. Y tenemos que ser conscientes de esto. De la misma forma que escuchamos a nuestro Padre es como escuchamos al Pueblo fiel de Dios. Si no lo hacemos con los mismos oídos, con la misma capacidad de escuchar, con el mismo corazón, algo se quebró.

Pasar sin escuchar el dolor de nuestra gente, sin enraizarnos en sus vidas, en su tierra, es como escuchar la Palabra de Dios sin dejar que eche raíces en nuestro interior y sea fecunda. Una planta, una historia sin raíces, es una vida seca.

2. Cállate, es la segunda actitud frente al grito de Bartimeo. Cállate, no molestes, no disturbes. Estamos haciendo oración comunitaria, estamos en una espiritualidad de profunda elevación. No molesten, no disturben. A diferencia de la actitud anterior, esta escucha reconoce, toma contacto con el grito del otro. Sabe que está y reacciona de una forma muy simple, reprendiendo. Son los obispos, los curas, las monjas, los papas. El dedo así. En Argentina decimos de las maestras que nos reprenden con el dedo: "Esta es como las maestras del tiempo de Irigoyen, que estudiaban la disciplina muy dura. Y pobre pueblo fiel de Dios, cuántas veces es retado por el mal humor, de la situación personal de un seguidor o seguidora de Jesús. Es la actitud de quienes frente al pueblo de Dios, lo están continuamente reprendiendo, rezongando, mandándolo callar. Dale una caricia, por favor. Escuchadle, decidle que se esté quieto. "Eso no se puede hacer, señora, saque al chico de la iglesia que está llorando y yo estoy predicando”. Como si el llanto de un chico no fuera una sublime predicación.

Es el drama de la conciencia aislada, de aquellos discípulos y discípulas que piensan que la vida de Jesús es solo para los que se creen aptos. En el fondo hay un desprecio por el santo pueblo fiel de Dios. 

Parecería lícito que encuentren espacio solamente los «autorizados», una «casta de diferentes» que poco a poco se separa, se diferencia de su pueblo. Han hecho de la identidad una cuestión de superioridad. Esa identidad que es pertenencia se ha superior. Ya no son pastores, sino capataces.

Escuchan pero no oyen, ven pero no miran. Me permito una anécdota que viví en el año 75. Yo le había hecho una promesa al Señor del Milagro de ir todos los años a Salta, en peregrinación por el milagro si mandaba 40 novicios. Mandó 41. Después de una concelebración, porque ahí todo son misa tras misa, yo salía hablando con un cura que había venido conmigo. Y se acerca una señora, ya a la salida, una señora muy sencilla. "Padre, ¿me lo bendices?”, le dice al cura que me acompañaba. "Señora, ¿usted estuvo en misa?”. "Sí, padrecito”. En ese momento sale otro cura amigo de este, pero que no se habían visto, y la señora me mira y me dice: "Padre, ¿me lo bendice usted?”. 
 La necesidad de diferenciarse les ha bloqueado el corazón. La necesidad de decirse: no soy como él, como ellos, los ha apartado no sólo del grito de su gente, ni de su llanto, sino especialmente de los motivos de la alegría. Reír con los que ríen, llorar con los que lloran, he ahí, parte del misterio del corazón sacerdotal. Y del corazón consagrado. A veces hay castas que nosotros ponemos, que nosotros con nuestras actitudes vamos haciendo. Y nos separamos. En Ecuador me permití decirle a los curas que por favor pidieran todos los días la gracia de la memoria, de no olvidarse de dónde te sacaron. Te sacaron de detrás del rebaño, no te olvides nunca, no te lo creas, no niegues tus raíces. No niegues esa cultura que aprendiste de tu gente, porque ahora tienes una cultura más importante. Hay sacerdotes que les da verguenza hablar su lengua originaria. La gracia de no perder la memoria del pueblo fiel, y es una gracia. El libro del Deuteronomio, cuántas veces le dice Dios a su pueblo: "No te olvides, no te olvides”. Y Pablo, a su discípulo predilecto que él mismo consagró como obispo, Timoteo le dice: "Acuérdate de tu hermano, de tu madre y de tu abuela”. 

3. Ánimo, levántate. Y por último nos encontramos con el tercer eco. Un eco que no nace directamente del grito de Bartimeo, sino de mirar cómo Jesús actuó ante el clamor del ciego mendicante. Es decir, aquellos que no le daban lugar al reclamos de él, no le daban paso. 

Es un grito que se transforma en Palabra, en invitación, en cambio, en propuesta de novedad frente a nuestras formas de reaccionar ante el Santo Pueblo fiel de Dios.

A diferencia de los otros, que pasaban, el Evangelio dice que Jesús se detuvo y preguntó qué pasa, quién está tocando la batería. Se detiene frente al clamor de una persona. Sale del anonimato de la muchedumbre para identificarlo y de esta forma se compromete con él. Se enraíza en su vida. 

Y lejos de mandarlo callar, le pregunta: ¿Qué puedo hacer por vos? No necesita diferenciarse, separarse, no le echa un sermón, no lo clasifica si está autorizado o no para hablar. Tan solo le pregunta, lo identifica queriendo ser parte de la vida de ese hombre, queriendo asumir su misma suerte. Así le restituye paulatinamente la dignidad que tenía perdida, al borde del camino y ciego, lo incluye. Lejos de verlo desde fuera, se anima a identificarse con los problemas y así manifestar la fuerza transformadora de la misericordia. No existe una compasión, no una lástima, que no se detenga, escuche y solidarice con el otro. La compasión no es zapping, no es silenciar el dolor, por el contrario, es la lógica propia del amor. El padecer por él. Es la lógica que no se centra en el miedo sino en la libertad que nace de amar y pone el bien del otro por sobre todas las cosas. Es la lógica que nace de no tener miedo de acercarse al dolor de nuestra gente. Aunque muchas veces no sea más que para estar a su lado y hacer de ese momento una oportunidad de oración.

Esta es la lógica del discipulado, esto es lo que hace el Espíritu Santo con nosotros y en nosotros. De esto somos testigos. Un día Jesús nos vio al borde del camino, sentados sobre nuestros dolores, sobre nuestras miserias. No acalló nuestros gritos, por el contrario se detuvo, se acercó y nos preguntó qué podía hacer por nosotros. Y gracias a tantos testigos, que nos dijeron: «ánimo, levántate», paulatinamente fuimos tocando ese amor misericordioso, ese amor transformador, que nos permitió ver la luz. No somos testigos de una ideología, de una receta, de una manera de hacer teología. Somos testigos del amor sanador y misericordioso de Jesús. Somos testigos de su actuar en la vida de nuestras comunidades.

Esta es la pedagogía del Maestro, esta es la pedagogía de Dios con su Pueblo. Pasar de la indiferencia del zapping al «ánimo, levántate, el Maestro te llama» (Mc 10,49). No porque seamos especiales, no porque seamos mejores, no porque seamos funcionarios de Dios, sino tan solo porque somos testigos agradecidos de la misericordia que nos transforma.

No estamos solos en este camino. Nos ayudamos con el ejemplo y la oración los unos a los otros. Tenemos a nuestro alrededor una nube de testigos (cf. Hb 12,1). Recordemos a la beata Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús, que dedicó su vida al anuncio del Reino de Dios en la atención a los ancianos, con la «olla del pobre» para quienes no tenían qué comer, abriendo asilos para niños huérfanos, hospitales para heridos de la guerra, e incluso creando un sindicato femenino para la promoción de la mujer. Recordemos también a la venerable Virginia Blanco Tardío, entregada totalmente a la evangelización y al cuidado de las personas pobres y enfermas. Ellas y tantos otros son estímulo en nuestro camino. Vayamos adelante con la ayuda de Dios y la colaboración de todos. El Señor se vale de nosotros para que su luz llegue a todos los rincones de la tierra.


Les ruego que recen por mí, y los bendigo de corazón.

Publicado por: romereports


29 de junio de 2015

A los Obispos sobre el Seminario!


Trabajo en un seminario inter-diocesano donde se forman 130 seminaristas de seis diócesis diversas. El obispo de casa se esfuerza por visitar ocasionalmente a los seminaristas en general, y cada cierta visita es dedicada a los seminaristas de casa. Los seminaristas de las otras cinco diócesis no tienen consciencia de relación obispo-seminarista, por eso, para ellos el obispo es el jefe supremo “que tiene muchos trabajo y compromisos” a quien hay que guardar distancia,  y su no presencia no es motivo de reclamo.

Si queremos ser estrictos rescatando el sentido de familiaridad  o relación que es donde apuntan los documentos que se refieren al tema, puedo afirmar (partiendo de esta experiencia) existe un descuido “paternal” por parte de los obispos, los seminaristas crecen sin un “interés familiar” para con "su" obispo.

Por tal motivo, siempre es bueno recordar a los obispos que entre todas las instituciones diocesanas, considere la primera el seminario y lo haga objeto de las atenciones más intensas y asiduas de su ministerio pastoral, porque del seminario dependen en gran parte la continuidad y la fecundidad del ministerio sacerdotal de la Iglesia. Del seminario depende el futuro de la Iglesia diocesana. 

A pesar de las diversas actividades y preocupaciones que son propia de tal encargo pastoral, como manifestación de su primaria responsabilidad en la formación de los candidatos al sacerdocio, el Obispo tiene la obligación  el deber de visitar  frecuentemente el seminario, a los formadores y a  los seminaristas de la propia diócesis que residen en el propio seminario, esforzándose por visitar a sus seminaristas que se forman en un seminario diverso al de la propia diócesis, y si el seminario de la diócesis es inter-diocesano, visite también a los seminaristas de otras diócesis compartiendo cordialmente con ellos de modo que éstos puedan estar con él.

Las visitas deberían  formar parte principal de la agenda del obispo incluso de su programa pastoral, de tal modo, el Obispo considerará tal visita como uno de los momentos importantes de su misión episcopal, en cuanto que su presencia en el seminario ayuda a insertar esta peculiar comunidad en la Iglesia particular, la anima a conseguir la finalidad pastoral de la formación y a dar el sentido de Iglesia a los jóvenes candidatos al sacerdocio.

La visita no debería reducirse a un lejano saludo o a una celebración litúrgica, sino que, en tal visita, el Obispo tratará de tener un encuentro directo e informal con los alumnos para conocerlos personalmente, alimentando el sentido de la familiaridad y amistad con ellos para poder ponderar las inclinaciones, actitudes, dotes humanas e intelectuales de cada uno y también los aspectos de su personalidad que necesitan de una mayor atención educativa.

Esta relación familiar permitirá al Obispo poder evaluar mejor la idoneidad de los candidatos al sacerdocio y confrontar su juicio con el de los superiores del seminario, que está a la base de la promoción al sacramento del orden.

En efecto, sobre el Obispo recae la última responsabilidad de la admisión de los candidatos a las órdenes sagradas. Su idoneidad le debe resultar probada con argumentos positivos; por eso, si por determinadas razones tiene dudas acerca de un candidato, no lo admita a la ordenación.


Cf. DIRECTORIO PARA EL MINISTERIO PASTORAL DE LOS OBISPOS “APOSTOLORUM SUCCESSORES


22 de junio de 2015

La formación de los seminaristas para la Pastoral Familiar

La Congregación para la educación católica nos está sorprendiendo con sus frecuentes y oportunas intervenciones sobre aspectos cada vez más importantes y significativos de la formación de los futuros presbíteros.

La agradable sorpresa aumenta cuando observamos el carácter eminentemente práctico de estos documentos, que ya no son orientaciones, como solían serlo los de algunos años atrás, sino directrices, es decir, sugerencias concretas o modalidades de actuación que se derivan no tanto de los grandes principios o verdades doctrinales sino de los profundos análisis de la realidad concernida.

En este caso el punto de partida son las lagunas que la misma Congregación observa en la formación actual, lagunas detectadas por medio de los innumerables cauces que la misma Congregación ha podido poner en marcha: "una encuesta a las conferencias episcopales, las visitas apostólicas a los seminarios, las visitas "ad limina", contactos directos con las realidades locales, consultas de expertos, opiniones recabadas de comunidades diocesanas y parroquiales" (n. 3).

Como siempre que nos hacemos eco de los documentos eclesiásticos en este espacio, nuestro deseo es ofrecer algunas reflexiones con el ánimo de subrayar yde concretar aún más algunas de las sugerencias que el propio documento ofrece.

1. La necesidad de un nuevo modelo de seminario: el seminario pastoral

Lo primero que llama la atención es la invocación ya explícita a un nuevo modelo de seminario que podríamos designar con el nombre de "seminario pastoral".

Las numerosas lagunas detectadas en la formación del seminario actual en lo que se refiere a la atención al matrimonio y a la familia (cf. nn 3-12) llevan a formular esta clara conclusión: "de ello se deduce que el sistema formativo en este sector necesita una atenta revisión y, si es necesario, un verdadero salto de calidad" (n. 13).

Pero lo que aquí se afirma con relación a la familia se ha ido afirmando sucesivamente, por parte de la misma Congregación o de otros organismos romanos competentes, con relación a otros muchos e importantes aspectos, dimensiones y materias: la formación en la doctrina y apostolado social, para los medios de comunicación social, para la educación en el celibato, para la formación teológica y la enseñanza de la moral, para la formación artística y defensa del patrimonio, para la formación litúrgica.

En todos ellos se comprueban lagunas que se quieren subsanar aumentando temas y materias. Unido a otros muchos aspectos más de tipo psicológico o espiritual los responsables de los seminarios han ido intentado poner remedio ampliando los años de la formación: ha surgido el pre-seminario, se instaura cada vez más la "etapa pastoral".

Pero las deficiencias no son sólo de espacio y tiempo. Es también, y sobre todo, de orientación, de estilo, de "modelo educativo". Lo formuló perfectamente el cardenal Pío Laghi, en la presentación de estas Directrices: "se espera de modo especial que en los centros de formación sacerdotal se madure una conciencia pastoral nueva, más sensible y más viva, para que todos los desafíos del momento presente puedan ser acogidos y valorados con la necesaria competencia y recibir una adecuada respuesta" (Boletín de la sala de prensa de la Santa Sede, n 216/95, 5).

Este aspecto se apunta también en las Directrices cuando se habla de la falta de "preparación para el ministerio de la reconciliación, para la dirección espiritual y para la formación de las conciencias de los fieles... Esta constatación hace surgir la pregunta de si la responsabilidad por este estado de cosas no recaiga también, al menos en parte, en las carencias de la formación y en el estilo de vida practicado en los seminarios" (Directrices, 8).

Y muy especialmente cuando se subraya la necesidad de adquirir una "visión pastoral" de la situación de la familia (n. 41), de analizar y conocer la realidad "en sus facetas pastorales" (n. 42), de un "tratamiento pastoral del problema de la paternidad y maternidad responsables y de la planificación familiar" (n. 49), de la "atención pastoral de las familias que están en situación difícil" (n. 53).

Esta "visión pastoral" exige un verdadero "salto de calidad" en el seminario, un seminario nuevo, un "seminario pastoral". La gravedad de la situación actual... es una invitación que compromete a todos, y, de modo particular, a los responsables de la formación sacerdotal. Invitación a revisar no tanto algún capítulo especial de la vida seminarística, cuanto más bien toda la obra formativa en su aspecto intelectual, espiritual y pastoral" (n. 64). O, como decía el mismo card. Laghi en la mencionada presentación glosando este aspecto: " a este respecto son llamados en causa en primer lugar los estudios, pero también la formación espiritual y humana, la preparación pastoral teórica y práctica y todo aquello que afecta a la solidez y eficiencia organizativa de los centros de formación", "lo que verdaderamente importa para un buen éxito de tal revisión no es tanto algún capítulo parcial de la vida seminarística, cuanto más bien su globalidad, toda la pedagogía en sus aspectos intelectual, espiritual y pastoral" (Boletín, p. 3., n. 1).


En un seminario tal el núcleo organizador será la "formación del pastor", que conlleva una "nueva organización de los estudios" (n. 58), un tratamiento y comunicación de las doctrinas con una orientación adecuada a la acción pastoral. Allí se posibilita al máximo el contacto y encuentro con las verdaderas situaciones de las personas, en este caso de las familias, en esa perspectiva específicamente pastoral. Lo disciplinar no será obstáculo para dicho contacto, como parece suceder con frecuencia en el modelo actual, como lo sugiere el Documento cuando dice que "las salidas de los jóvenes por la tarde o por la noche para participar en las reuniones de los grupos familiares a menudo turban el orden disciplinar de los seminarios" (n. 11).

2. Algunas sugerencias prácticas

Entre las diversas sugerencias que el Documento ofrece nos parece deber subrayar para nuestro contexto eclesial las siguientes.

a) La consideración de la pastoral familiar como una dimensión esencial del ministerio presbiteral. "El apostolado de la familia es una tarea que no compete solo a los pocos sacerdotes que están o estarán encargados de la pastoral familiar, sino que es hoy una dimensión esencial y, se puede decir, omnipresente del apostolado cristiano que todos los sacerdotes están llamados a realizar en modo y grado diverso de compromiso" (Directrices, n. 14).

Las Directrices aportan a esta consideración la permanente tradición de la Iglesia y la abundante documentación pontificia reciente (cf. n. 25) en la que la familia es proclamada como la célula social original, la primera realización y concreción de la Iglesia, como lo sugiere la denominación hecha ya clásica de "iglesia doméstica" (cfr. n. 35); el "centro de la nueva evangelización " (n. 1) y el "primer agente evangelizador", el "primer rsponsable de la nueva evangelización " (n. 36); la "primera comunidad evangelizadora", el "primer espacio del compromiso social", el "lugar primero de humanización de la persona y de la sociedad" (n. 35); y, aunque aquí no se aduce, se podrían traer a colación, en el contexto de la formación sacerdotal, la tan cacareada consideración de la familia como "el primer seminario", la primera fuente de las vocaciones.

Por eso Directrices puede afirmar, a modo de síntesis y conclusión: "la preparación para la pastoral familiar alcanzará en los seminarios sus verdaderas finalidades solamente cuando todos, formadores y formandos, estén convencidos de su importancia esencial e ineludible y hagan efectivamente de la familia el primero y más importante camino de su ministerio" (Dir. 12, citando la Carta a las familias, n. 2).

b) Nos parece una indicación especialmente sugestiva y adecuada la que se hace sobre el estudio en los seminarios de los documentos oficiales de la Iglesia sobre el tema de la familia.

A este respecto nos parece necesario insistir en que este estudio sea dirigido por los responsables inmediatos del seminario. Las Directrices insisten con toda razón en la responsabilidad de los profesores en este campo y en que debe formar parte de la formación intelectual, como parte integrante e integradora de varias de las materias del curriculum de estudios (cf. n 25). Pero aun en el caso de que esto sea así, los educadores inmediatos pueden y deben hacer una lectura de otro tipo.

Se tratará de una lectura cursiva o a modo de glosa, al estilo de la "lectio divina" de la Escritura, con una orientación y metodología "pastoral", sapiencial, hecha desde la fe, y no tanto desde la fundamentación científica o técnica, que será la formalidad propia del profesor.

Esto supone hacer una lectura creyente, en docilidad al magisterio, iluminadora de la realidad desde la fe, con esa visión y sentido pastoral, que lleve al seminarista a ir adquiriendo la mentalidad de pastor, a proyectar su estudio en orden a la misma acción pastoral. De esta manera será posible ya en el mismo seminario hacer un "estudio pastoral", que será una de las características de ese "seminario pastoral" del que antes se hablaba.

Es en este estudio-lectura cursiva, mucho más que en las aulas, donde se podrá hacer resplandecer en toda su novedad y belleza "la relación que hay entre la llamada a la virginidad y al matrimonio como dos dimensiones de una única vocación a la santidad" (n 32), donde se adquirirá esa sensibilidad que en la atención a los matrimonios vaya más allá de lo puramente sexual (cf. n. 34), donde se adquiera destreza para "acompañar y estimular a las familias en sus compromisos apostólicos" (n. 36).

c) Especial relieve adquiere la sugerencia sobre las prácticas pastorales en el ámbito de la pastoral familiar (cf. nn. 9.11.l2.54).

Nos complace subrayar aquí la doble advertencia del Documento: por una parte, la incorporación de alguien experto en la temática familiar que haga "más presente el tema del matrimonio y de la familia en las diversas disciplinas y para asegurarle una eficaz cooperación interdiciplinar" (n. 56); por otra, el cuidado especial que con relación a este campo debe tener el "encargado especial de las actividades pastorales del seminario" en colaboración con el profesor de teología pastoral (n. 54).

Esta figura del "moderador de pastoral" va adquiriendo cada vez más consistencia en los Documentos. Y sea cual fuere su concreción, al menos la función no debería faltar en ningún seminario. En ese seminario pastoral que se delinea será sin duda la figura más significativa. O acaso sea ella la que haya de asumir esas funciones de dirección, orientación unitaria y animación de la comunidad educativa que ahora se atribuyen al rector.

Con sumo gusto recogemos aquí literalmente la hermosa serie de posibles "experiencias, contactos y campos de apostolado" que recoge las Directrices con el fin de contribuir a crear y madurar aptitudes pastorales en orden a la familia: "contactos dirigidos con movimientos y asociaciones familiares; visitas a los tribunales eclesiásticos, a los consultorios y a otros centros de la pastoral familiar; invitaciones al seminario de exponentes del apostolado familiar, de parejas de esposos comprometidos en el apostolado, a fin de conocer sus experiencias; reflexión en común sobre casos diversos pastoralmente significativos y su análisis a la luz de los documentos de la Santa Sede y de las Iglesias locales" (n. 54).

No debería omitirse en este elenco lo que el Documento incluye en otro contexto (cf. n. 49), a saber, el conocimiento y la información sobre los "centros de orientación familiar" o semejantes, creados en muchos lugares por las autoridades civiles, para poder juzgar de su orientación, mentalidad, prácticas de planificación de la natalidad y poder orientar moralmente a los fieles.

d) Una última sugerencia, hecha como de pasada en las Directrices (cf. n. 33), merece una especial insistencia por nuestra parte: la de crear en el seminario un ambiente de verdadera familia donde de alguna manera se incorporen las funciones y el estilo de las relaciones familiares auténticas y perfectas. Donde los educadores sean verdaderos padres-madres de los alumnos; donde las relaciones interpersonales entre éstos se fundamenten y ejerciten desde la conciencia de la fraternidad íntima, fruto de una misma fe y de una aspiración a una vocación común, a un mismo servicio eclesial; donde se experimente y adelante la vivencia del presbiterio como auténtica familia espiritual.

Este clima de familia se hará tanto más eficiente y significativo cuanto más el seminario posibilite, por una parte, el encuentro, el contacto y la presencia de mujeres y madres que aporten su carisma específico de feminidad-maternidad dentro de la misma organización y estructura educativa, y, por otra, cuanto más frecuente, íntima y profunda sea la relación del seminario con las familias de los seminaristas.

De esta manera, los seminaristas irán teniendoun conocimiento "pastoral" de los ambientes familiares y a la vez ya un real entrenamiento de actuación en los mismos y , a su vez, las familias serán agentes efectivos de la formación humana y vocacional de sus hijos llamados al ministerio presbiteral.

Sirva como conclusión de estas reflexiones la misma con que terminan las Directrices: "Se trata ... de dar al problema de la pastoral familiar en todo el sistema formativo la centralidad que le permita poner en marcha la deseada renovación espiritual y moral de la Iglesia y con ésta la de la entera familia humana. Tarea que se impone no sólo por el interés de salvaguardar el bien espiritual de los fieles, sino también por el de poner los fundamentos indispensables para un mejor porvenir de la humanidad" (n. 65).

Fuente: www.pastoral-vocacional.org


15 de junio de 2015

Comentario a la Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis

Joseph Ratzinger(*)

Con la carta apostólica Ordinatio sacerdotalis (sobre la ordenación reservada sólo a los hombres), el Sumo Pontífice Juan Pablo II no proclama ninguna doctrina nueva. Simplemente confirma lo que toda la Iglesia, tanto de Oriente como de Occidente, ha sabido y vivido siempre en la fe: siempre ha reconocido en la figura de los doce Ap6stoles el modelo normativo de todo ministerio sacerdotal y a ese modelo se ha atenido desde el principio. Por su parte, era consciente de que los doce hombres, con los que según la fe de la Iglesia comenzó el ministerio sacerdotal en la Iglesia de Jesucristo, quedaron vinculados al misterio de la Encarnación, y de ese modo fueron capacitados para representar a Cristo, para ser imagen viva y operante del Señor. En este siglo, dos factores han hecho que muchos consideraran cada vez más discutible la certeza hasta hoy indiscutida sobre la voluntad institutiva de Cristo. 

Donde la Escritura se lee independientemente de la tradición viva, de modo puramente historicista, el concepto de institución pierde su evidencia, y el inicio del sacerdocio ya no aparece como descubrimiento y reconocimiento de la voluntad de Cristo en la Iglesia naciente, sino como un proceso histórico, que no fue precedido por ninguna voluntad institutiva clara y que, por tanto, podría haberse desarrollado de modo sustancialmente diverso. Así, el criterio de la institución pierde prácticamente validez y puede ser sustituido por el criterio de la funcionalidad. Esta aparición de una nueva relación con la historia va unida a los planteamientos antropológicos de nuestro tiempo: la transparencia simbólica de la corporeidad del ser humano, que es obvia para el pensamiento sacramental, es sustituida por la equivalencia funcional de los sexos; lo que hasta hoy se había considerado como vínculo con el misterio del origen, ahora se considera sólo como discriminación de la mitad de la Humanidad, cual resto arcaico de una imagen superada del ser humano, al que se debe contraponer la lucha por la igualdad de derechos. En un mundo totalmente orientado a la funcionalidad resulta difícil incluso el mero hecho de percibir otros puntos de vista que no sean los de la funcionalidad; la auténtica naturaleza del sacramento, que no se puede reducir a funcionalidad, a duras penas puede encontrar consideración.

En esta situación correspondía al magisterio pontificio la tarea de recordar el contenido esencial de la tradición. En este contexto se coloca la declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe Inter Insigniores sobre la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial, publicada el 15 de octubre de 1976 con la aprobación y por decisión del Papa Pablo VI.
Su afirmación central reza así: "Ecclesiam. quae Domini exemplo fidelis manere intendit, auctoritatem sibi non agnoscere admittendi mulieres ad sacerdotalem ordinationem" (Proemium). Con esta frase el magisterio de la Iglesia se declara en favor del primado de la obediencia y de los limites de la autoridad de la Iglesia: la Iglesia y su magisterio no tienen autoridad por si mismos; su autoridad les viene del Señor. La Iglesia creyente no lee y vive las Escrituras con una reconstrucción historicista, sino en la comunidad viva del pueblo de Dios de todos los tiempos; se sabe vinculada a una voluntad que la precede, a una institución. Para ella, esa voluntad que la precede, la voluntad de Cristo, se expresó en el hecho de la elección de los Doce.

La carta apostólica Ordinatio sacerdotalis se funda en la declaración Inter insigniores y la presupone. Al mismo tiempo, se coloca en continuidad con otros textos del magisterio que aparecieron sucesivamente, y que quisiera recordar aquí:

En la carta apostólica Mulieris dignitatem, el Sumo Pontífice escribe: "Cristo, llamando como Apóstoles suyos sólo a hombres, lo hizo de un modo totalmente libre y soberano" (n. 26).

En la exhortación apostólica Christifideles laici, el Papa declara: "En la participación en la vida y en la misión de la Iglesia, la mujer no puede recibir el sacramento del orden; ni, por tanto, puede realizar las funciones propias del sacerdocio ministerial. Es ésta una disposición que la Iglesia ha comprobado siempre en la voluntad precisa -totalmente libre y soberana- de Jesucristo, el cual ha llamado solamente a varones para ser sus apóstoles" (n. 51).

El Catecismo de la Iglesia católica recoge la misma doctrina, afirmando que "el Señor Jesús eligió a hombres (viri) para formar el colegio de los doce apóstoles, y los apóstoles hicieron lo mismo cuando eligieron a sus colaboradores que les sucederían en su tarea... La Iglesia se reconoce vinculada por esta decisión del Señor. Esta es la razón por la que las mujeres no reciben la ordenación"(n. 1.577).

La nueva intervención del magisterio.

A pesar de esas claras afirmaciones del magisterio, las inseguridades, las dudas y las discusiones sobre el problema de la ordenación de las mujeres han continuado también en la Iglesia católica y en algunas partes incluso se han acentuado aún más. Una concepción unilateral de infalibilidad como única forma vinculante de decisión de la Iglesia se ha convertido en pretexto para relativizar todos los documentos citados y para declarar que la cuesti6n sigue aún abierta. Esta situaci6n de incertidumbre sobre una cuestión esencial para la vida de la Iglesia ha obligado al Papa a intervenir de nuevo, con la finalidad explicita -como dice en la conclusión del documento- de "alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia"(n. 4)

Si la Iglesia se expresa aquí abiertamente y sin ambigüedades sobre los limites de su autoridad, desde luego ese hecho tiene ante todo consecuencias prácticas en el ámbito disciplinar, pero no se trata exclusivamente de una cuestión disciplinar, o sea de un problema de praxis eclesial, sino de un caso en que la praxis es expresión y forma concreta de una doctrina de fe: el sacerdocio según la fe católica es sacramento, es decir, no algo que ella se haya inventado por motivos prácticos, sino algo que le dio el Señor, y a lo que, por consiguiente, no puede dar la forma que prefiera, sino que sólo puede transmitirlo con respetuosa fidelidad. Por tanto, también la cuestión del sujeto, es decir, del posible destinatario de la ordenación, ya está predeterminada, y no queda sometida a las decisiones de la Iglesia: es una cuestión que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia (cf. ib.).

La razón fundamental de la doctrina expuesta

La carta apostólica distingue dos niveles en la posición de la Iglesia:

a) El fundamento doctrinal de la verdad de que se trata se encuentra precisamente en la voluntad y en el ejemplo de Cristo, como se manifiesta por la elección de los Doce, que luego recibieron el título de doce Apóstoles. El documento explica, con profundidad teológica, a partir de la Escritura, esta institución realizada por Cristo, que fue el resultado de una noche de oración con el Padre (Lc 6, 12-16): la elección de Cristo es, a la vez, don del Padre. El testimonio de la Escritura, desde el inicio y sin fisuras, es comprendido y vivido así en la tradición como: encargo vinculante de Cristo, el magisterio es consciente de estar puesto al servicio de esa interpretación (l).

b) Sin embargo, esa voluntad de Cristo no es de tipo positivista o arbitrario, sino que exige un segundo nivel de motivaciones antropológicas, con las que se trata de comprender esa voluntad. La voluntad de Cristo es: siempre una voluntad del Logos y, por tanto, una voluntad que tiene un sentido. Tarea del pensamiento creyente es investigar la sensatez de esa voluntad, para que pueda transmitirse y vivirse según su significado y con adhesión interior.

Mientras la declaración Inter insigniores, en la parte quinta, se dedica ampliamente a ese intento de comprender desde su interior la voluntad de Cristo, el nuevo documento se limita esencialmente al primer nivel, sin desconocer la importancia del segundo. El Papa se pone aquí un limite: es consciente de su deber de poner de relieve la decisión fundamental, que la Iglesia no tiene la facultad de elegir, sino que debe acoger con fidelidad; deja a la teología la tarea de elaborar las implicaciones antropológicas de esta decisión y mostrar su validez en el contexto de la actual discusión sobre el ser humano. Lo que al inicio mencioné brevemente sobre la imagen simbólico-sacramental del hombre frente a un modelo funcional, muestra lo difícil que es esa tarea, pero también muestra lo necesaria que es y el mérito que implica comprometerse en ella. Ciertamente, la Iglesia debe aprender de la visión moderna del ser humano pero también el mundo moderno tiene que aprender nuevamente de la sabiduría que se conserva en la tradición de la fe, y que no puede liquidarse simplemente tachándola de patriarcalismo arcaico. En efecto, donde se pierde el vínculo con la voluntad del Creador y, dentro de la Iglesia, el vínculo con la voluntad del Redentor, la funcionalidad se convierte fácilmente en manipulabilidad. La nueva atención con respecto a !a mujer, que era el punto de partida justificado de los movimientos modernos desembocó pronto en el desprecio del cuerpo. La sexualidad ya no se ve como expresión esencial de la corporeidad humana, sino que se presenta como una exterioridad secundaria y, en definitiva, insignificante. El cuerpo ya no pertenece a lo que es característico del ser humano, sino que se lo considera como un instrumento, del que uno se sirve.

Pero volvamos a la autolimitación de nuestro documento que, como ya dijimos, considera las reflexiones antropológicas no como tarea propia, sino como tarea de los teólogos y de los filósofos. Con esta limitación, el Papa claramente se coloca una vez más en la línea de fondo, que abrió la declaración Inter insigniores. EI punto de partida es el vinculo con la voluntad de Cristo. El Papa se convierte así en garante de la obediencia. La Iglesia no inventa lo que quiere hacer, sino que, en la escucha del Señor, descubre lo que debe o no debe hacer. Esta consideración ha sido decisiva para la determinación que han tomado en conciencia los obispos y sacerdotes anglicanos, que se sienten ahora impulsados a pasarse a la Iglesia católica. Como ellos mismos han explicado con claridad suficiente, su decisión no es un voto contra las mujeres, sino una opción por los límites de la autoridad de la Iglesia. Eso, por ejemplo, lo expresa muy claramente el obispo Mons. G. Leonard en el prefacio de la historia teológica del anglicanismo escrita por A. Nichols. Habla de cuatro desarrollos recientes, que disuelven la estructura esencial para la dialéctica de la concepción anglicana de Iglesia. El cuarto de esos desarrollos lo ve en el "poder que se ha dado al Sínodo General de la Iglesia de Inglaterra de decidir cuestiones de doctrina y de moral..., y de hacerlo con votaciones por mayoría como si en esas materias la verdad se pudiera establecer de ese modo. La Iglesia de Inglaterra rechaza la autoridad doctrinal del Papa, pero el Sínodo trata de ejercer una función de magisterio, que teológicamente no tiene fundamento y que, prácticamente, pretende ser infalible" (2). Mientras tanto, voces semejantes se han elevado también en la Iglesia luterana en Alemania, donde, por ejemplo, el profesor Reinhold Slenczka se opone con energía al hecho de que decisiones tomadas, por mayoría, por instancias eclesiales sean prácticamente consideradas como necesarias para la salvación y se olvida así que el magnus consensus en la Iglesia, que los Reformadores declararon como instancia suprema, consiste en la concordancia de la enseñanza eclesial con la Escritura y con la Iglesia católica (3). El Papa, con el nuevo documento, no quiere imponer su propia opinión, sino recordar precisamente el hecho de que la Iglesia no puede hacer lo que quiera y que también él, más aún, precisamente él, no tiene la facultad de hacerlo. Aquí no se da jerarquía contra democracia, sino obediencia contra autocracia: en materia de fe y de sacramentos, al igual que acerca de los problemas fundamentales de la moral, la Iglesia no puede hacer lo que desee, sino que se convierte en Iglesia precisamente en la medida en que se adhiere a la voluntad de Cristo.

Presupuestos metodológicos y autoridad del texto.

Llegados a este punto, puede surgir aún una objeción. Se puede decir: como idea, es buena y justa. Pero la Escritura no la enseña tan claramente. Así, se remite a varios pasajes, que parecen relativizar o anular esa convicción de la tradición. Se afirma, por ejemplo, que San Pablo en la carta a los Romanos (16, 7) parece señalar como apóstol ilustre a una mujer; es decir, a Junia, junto con su marido Andrónico, que llegaron a Cristo antes que yo. Se afirma así mismo que la diaconisa Febe fue algo así como una responsable de comunidad; que guió a la comunidad en Cencreas y fue muy conocida también fuera de ella (Rom 16, 1-2). Naturalmente, al respecto convendría decir, ante todo, que esas interpretaciones son hipotéticas y pueden reclamar sólo un grado de verosimilitud muy limitado. Eso nos lleva una vez más a la pregunta que afrontamos ya desde el inicio: ¿Quién interpreta verdaderamente la Escritura? ¿Dónde adquirimos la certeza sobre lo que quiere decir? Si sólo se da la interpretaci6n puramente historicista, y nada más, entonces no nos puede dar ninguna certeza definitiva. Las conclusiones de la investigación histórica, por su naturaleza, son siempre hipotéticas: ninguno de nosotros se hallaba presente. La Escritura puede convertirse en fundamento de una vida sólo cuando es confiada a un sujeto vivo, el mismo del que ella nació. La Escritura tuvo su origen en el pueblo de Dios guiado por el Espíritu Santo, y este pueblo, este sujeto, no ha dejado de existir. El Concilio Vaticano II ha expresado todo eso de la manera siguiente: "Quo fit ut Ecclesia certitudinem suam de omnibus revelatis non per solam sacram Scripturam hauriat".(Dei Verbum, 9).
Eso significa que una certeza puramente histórica, prescindiendo de la fe vivida por la Iglesia a lo largo de los siglos, no existe, pero esta imposibilidad de una fundamentación puramente histórica no disminuye en absoluto el significado de la Biblia: no excluye, antes bien, implica que la certeza de la Iglesia, comunicada en su doctrina a los fieles, es verificable también en o por la sagrada Escritura. Según la visión del Vaticano II, Escritura, tradición y magisterio no se han de considerar como tres realidades separadas, sino que la Escritura, leída a la luz de la tradición y vivida en la fe de la Iglesia, se abre en este contexto vital en su pleno significado. El magisterio tiene la misión de confirmar esa interpretación de la Escritura, que la escucha de la tradición en la fe hace posible.

La tradición de la Iglesia siempre ha reconocido en la elección de los Doce el acto de Jesús que dio inicio al sacerdocio del Nuevo Testamento, viendo en los Doce y en el ministerio apostólico de los Doce el origen normativo del sacerdocio. La teología católica admite así mismo otras dimensiones simbólicas del grupo de los Doce: son también inicio y símbolo del nuevo Israel. Pero estas dimensiones simbólicas ulteriores no quitan ni disminuyen la realidad sacerdotal constituida por el Señor con la vocación de los Doce. También para esta interpretación de la Escritura vale el principio que hemos recordado antes: "Ecclesia certitudinem suam... non per solam Scripturam haurit."

En presencia de un texto magisterial del peso de esta carta apostólica se plantea ahora, de forma inevitable, la pregunta: ¿qué grado de obligatoriedad posee este documento? Se dice explícitamente que lo que en el se afirma debe ser considerado como definitivo en la Iglesia y que esta cuestión queda fuera del juego de las opiniones fluctuantes. Así pues, ¿se trata de una declaración dogmática? Al respecto, se debe responder que el Papa no propone ninguna nueva fórmula dogmática, pero confirma una certeza, que en la Iglesia se ha vivido y afirmado constantemente. En lenguaje técnico se debería decir: se trata de un acto del magisterio auténtico ordinario del Sumo Pontífice, y por tanto de un acto no definitorio ni solemne ex cathedra, aunque el objeto de ese acto es la declaración de una doctrina enseñada como definitiva y, por consiguiente, no reformable. Eso significa, como subraya la presentación del documento, que no se propone como enseñanza prudencial ni como hipótesis más probable, ni como sugerencia operativa, ni como simple disposición disciplinar, sino precisamente como doctrina ciertamente verdadera. El proprium de la nueva intervención magisterial no atañe, por consiguiente, a la explicitación del contenido de la doctrina propuesta, sino sólo a la estructura formal y gnoseológica de la misma, en el sentido de que se hace explicita con la autoridad apostólica del Santo Padre una certeza que siempre ha existido en la Iglesia y que algunos habían puesto en tela de juicio; se le da una forma concreta, que inserta también en una forma vinculante lo que ya se ha vivido siempre, de la misma forma que, cuando se recoge el agua de un manantial, no queda alterada, sino protegida contra una posible dispersión o alteración.

Aspectos actuales relacionados con la doctrina.

Se mencionan aquí dos cuestiones de particular actualidad, que pueden presentar también consecuencias bastante delicadas en la aceptación del documento: la cuestión de la discriminación de la mujer y la cuestión del diálogo ecuménico.
1) El Sumo Pontífice, recordando a este respecto también la declaración Inter insigniores, tiene presente la exigencia, hoy particularmente sentida, de evitar en la Iglesia toda discriminación entre hombre y mujer. El Santo Padre recuerda, a este propósito, la persona de la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia: el hecho de que ella "no recibiera la misión propia de los Apóstoles ni el sacerdocio ministerial, muestra claramente que la no admisión de las mujeres a la ordenación sacerdotal no puede significar una menor dignidad ni una discriminación hacia ellas"(n. 3).

Ciertamente, para que esta afirmación sea creíble, es necesaria una posterior clarificación sobre la naturaleza del ministerio sacerdotal. En la actual discusión sobre la ordenación de la mujer, el sacerdocio, como si fuese algo obvio, se entiende como poder de decisión (decision making power). Si esta fuera su esencia, sería ciertamente difícil comprender por que la exclusión de las mujeres de la decision making y por tanto del poder en la Iglesia no debería constituir una discriminación. Ahora bien, hemos visto antes que la tarea propia del Papa en la Iglesia consiste en ser garante de la obediencia con respecto a la palabra de Dios, que no se puede manipular. Lo mismo vale, en los diversos niveles, para los obispos y los sacerdotes. Por ejemplo, si en los diferentes Consejos se reserva a un sacerdote el derecho de veto en cuestiones de fe y de moral, no se trata de afirmar prerrogativas jerárquicas contra la voluntad de la mayoría (prescindiendo ahora del hecho de cómo se han constituido esas mayorías y de a quienes representan en realidad), sino que se trata más bien de fijar el punto donde termina la voluntad de la mayoría y donde comienza la obediencia: obediencia con respecto a la verdad, que no puede ser producto de votaciones. Quien lea atentamente el Nuevo Testamento, no encontrará en ninguna parte al sacerdote descrito como decision maker. Esa visión puede nacer sólo en una sociedad puramente funcional, en la que todo lo establecemos nosotros. El sacerdote en la visión neotestamentaria debe ser entendido a partir de Cristo crucificado, a partir del Cristo que lava los pies, a partir del Cristo que predica, que dice: "Mi doctrina no es mía" (Jn 7.16). La inserción en el sacramento es una renuncia así mismos por el servicio de Jesucristo. Donde el sacerdocio se vive de modo correcto, también eso resulta obvio, y la idea de una rivalidad desaparece por sí misma: eso es plenamente evidente en los grandes santos sacerdotes, desde San Policarpo de Esmirna hasta el cura de Ars y las figuras carismáticas de los sacerdotes de nuestro siglo. La lógica de las estructuras de poder mundanas no basta para comprender el sacerdocio, que es un sacramento y no una modalidad social organizativa; no puede entenderse con los criterios de la funcionalidad, del poder de decisión y de la conveniencia práctica, sino sólo a partir del criterio cristológico, que le confiere su naturaleza de sacramento, como renuncia al propio poder por obediencia al Jesucristo. Todo ello sin que se de ninguna inferioridad de la mujer, cuya presencia y cuya misión en la Iglesia, aun no estando ligada al sacerdocio ministerial, son absolutamente necesarias, como lo atestigua de modo ejemplar la figura de la Virgen María.

Desde luego, es inevitable aquí hacer un examen de conciencia. Por desgracia, no sólo hay sacerdotes santos, sino también equívocos vivos, en los que en realidad el sacerdocio parece reducirse a la decision making y al poder. Aquí hay una tarea de gran responsabilidad para la educación al sacerdocio y para la dirección espiritual en el sacerdocio: donde la vida no da testimonio de la palabra de la fe, sino que la desfigura, el mensaje no puede ser comprendido.

En este contexto, quisiera recordar algunas palabras de los Pontífices, que subrayan cuanto hemos dicho. Pablo VI decía: "Nosotros no podemos cambiar el comportamiento de nuestro Señor ni su llamada a las mujeres; pero debemos reconocer y promover la función de las mujeres en la misión evangelizadora y en la vida de la comunidad cristiana" [Discurso al Comité para el Año Internacional de la Mujer. 18 de abril de 1975. AAS 67 (1975). 266; cf. «L'Osservatore Romano", edición en lengua española, 11 de mayo de 1975, pág. 9l.

Y Juan Pablo II prosigue en esa línea, diciendo: "Es del todo necesario, entonces, pasar del reconocimiento teórico de la presencia activa y responsable de la mujer en la Iglesia a la realización práctica" (Christifideles laici. 51). En la explicación del documento pontificio convendrá insistir en el fuerte reconocimiento de que el hombre y la mujer tienen igual dignidad, sobre todo con vistas a la santidad; todo lo demás en la Iglesia es só1o soporte instrumental para que haya santidad. Este es el fin común de todas las personas humanas; en definitiva, ante Dios cuenta sólo la santidad. Ahora bien, junto a la igual dignidad humana de los sexos se debe tener siempre presente así mismo su misión específica y así rechazar todo nuevo maniqueísmo, que reduce el cuerpo a realidad insignificante, puramente biológica, y de este modo quita a la sexualidad su dignidad humana, su belleza específica y ya sólo puede percibir un ser humano abstracto asexuado.

2) Quiero añadir unas cuantas palabras sobre la cuestión ecuménica. Hablando seriamente, nadie podrá afirmar que este nuevo documento constituye un obstáculo para el camino ecuménico. Expresa la obediencia de la Iglesia con respecto a la palabra bíblica vivida en la tradición; es precisamente una autolimitación de la autoridad eclesial. Garantiza así la comunión íntegra con las Iglesias de Oriente tanto en la comprensión de la palabra de Dios como en el sacramento, que edifica la Iglesia. De ese modo, no se constituye un nuevo punto de controversia con respecto a las comunidades originadas por la Reforma, dado que la cuestión de la naturaleza del sacerdocio, es decir, si es sacramento o sólo un servicio de regulación para el orden de la comunidad a partir de esta misma, ya era desde el inicio uno de los puntos de la controversia, que llevaron a la ruptura en el siglo XVI. El hecho de que la Iglesia católica, al igual que las Iglesias ortodoxas, permanezca en su convicción de fe, que ve como obediencia con respecto al Señor, no pueden maravillar ni herir a nadie. Al contrario, eso será ocasión para reflexionar juntos aún más atentamente sobre los urgentes problemas de fondo: la relación entre Escritura y tradición, la estructura sacramental de la Iglesia misma y el carácter sacramental del ministerio sacerdotal. Claridad en la expresión y voluntad común de obediencia con respecto a la palabra de Dios son los fundamentos del diálogo. No se ha dado origen a una nueva confrontación, sino que se trata de una nueva invitación a reflexionar sobre la divisi6n existente a partir de sus profundidades y, teniendo fija la mirada en el Señor, a buscar de nuevo y cada vez mas intensamente el camino de la unidad.

NOTAS

(1) El significado normativo de la institución del grupo de los Doce siempre está sometido a relativización. Es impresionante la contribución muy documentada, Beinert: "Dogmatische Uberlegungen zum Thema Priestertum der Frau" en ThQ 173 (1993) 186-204. Un análisis detallado de los argumentos allí propuestos sobrepasaría los limites de este breve ensayo. Pero incluso sin grandes análisis críticos se podría demostrar fácilmente que los ejemplos aducidos por Beinert de acciones de Jesús no normativas no pueden compararse con la elección de los Doce. Por ejemplo, vease la página 189: "Aunque Jesús... era muy humano, no liberó de la esclavitud al siervo del centurión de Cafarnaún". Ciertamente, la omisión de una acción socialmente revolucionaria no puede ponerse en el mismo plano gue el acto positivo de la llamada de los Doce, motivado en el Nuevo Testamento a partir del centro de la conciencia mesiánica de Jesús.
(2) A. Nichols: The Panther and the Hind. A theological History of Anglicanism (Edimburgo, 1993); prefacio del obispo Graham Leonard, págs. IX-XIII, cf. p. XII.
(3) R. Slenczka: Theologischer Widerspruch. Carta del 16 de noviembre de 1992 a la EKD. en: Diakrisis 14 (1993) 187 ss.
--------------------------------------

(*) Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Texto español tomado de L´Osservatore Romano (edición española), 10-VI-94.


11 de junio de 2015

La mujer en la formación de los futuros prebíteros

El tema de la mujer continúa en el candelero. Los ambientes seminarísticos y presbiterales no pueden echar un tupido velo sobre él como si ya estuviera resuelto o el hecho de silenciarlo fuera la solución.

Aunque lo pueda ser a nivel doctrinal o dogmático no lo es a nivel existencial y pedagógico.

Nos hacemos eco en este número de tres aspectos de este tema.

El primero es el de "el trato y la colaboración del sacerdote con la mujer" al que ha dedicado este año el Papa su Carta a los sacerdotes con motivo del Jueves Santo, cuyo texto abre nuestra sección de Documentación.

El segundo, el de "la ordenación sacerdotal de la mujer". Hemos querido recoger una amplia y selecta documentación sobre el mismo para que nuestros seminaristas y sus educadores puedan hacerse un juicio adecuado sobre este delicado y conflictivo asunto: la Carta Apostólica del Papa con la postura oficial sobre el tema; un comentario y profundización del Card. Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe; las reacciones de algunos episcopados especialmente significativos por la implicación, tanto doctrinal como pastoral, del tema en sus iglesias. Con ello nuestros lectores podrán ver en ejercicio cómo se construye la iglesia ante y frente a la autoridad oficial, cómo se realiza la obediencia en la comunión, cómo se salva la propia conciencia, cómo el acatamiento no está reñido con la valentía y, sobre todo, como dirá uno de ellos, cómo en ningún caso se justifica en la Iglesia "la resignación".

El tercero afecta más directamente a los formadores. Es el de la presencia de la mujer en la formación de los futuros presbíteros. En nuestro número se encuentra una amplia reflexión sobre este aspecto, fruto de una mesa redonda de educadores y educadoras convocada por nuestra Revista. Y la experiencia de una religiosa mexicana, que formó parte durante varios años del equipo formador de un seminario, y nos ofrece, desde su sencillez, su autorizado testimonio.
Es aquí donde queremos situar también nuestras reflexiones con el deseo de llamar la atención sobre el tema, de profundizar en él, de descubrir horizontes, de estimular a emprender caminos nuevos.

***
  Una realidad que se abre camino entre sobresaltos y sorpresas

La conciencia de la necesaria y obligada participación de la mujer en la sociedad y en la iglesia no podía menos de llegar hasta las puertas del seminario. Y de entrar por ellas en pleno derecho y con plena libertad.

Es verdad que la situación ha cambiado radicalmente. Habría que tener en cuenta las terribles restricciones de los antiguos reglamentos, que prohibían cualquier presencia femenina en los seminarios, incluida la de las madres de los seminaristas. Todavía en los primeros decenios de nuestro siglo algunos arriesgados superiores de seminarios, que querían encomendar el servicio de cocina a religiosas, tuvieron que pedir permiso a Roma. En cambio, esta presencia y labor se había hecho ya normal en los seminarios de la segunda parte de la centuria. Si ahora retorna el tema es con otros planteamientos.

Fue una agradable sorpresa y una de las novedades que nos deparó el Sínodo sobre la formación de los futuros presbíteros el que se incluyera explicitamente a las mujeres entre "los protagonistas" de dicha formación.

El tema fue planteado abiertamente en el Aula por algunos de los Padres Sinodales. Mons. Decourtray, Arzobispo de Lyon (Francia) lo hizo con lucidez y valentía en estos términos.

"Sería un signo de fidelidad viva y verdadera en el Espíritu Santo si el Sínodo propusiese al Papa importantes reformas en varias direcciones... Una reforma que desarrolle las condiciones que permitan a los futuros sacerdotes, célibes de sexo masculino, vivir una relación cada vez más auténtica con las mujeres . Los responsables de la formación, en su mayor parte, no han sacado todavía las consecuencias del redescubrimiento moderno del carácter radical, ontológico, de las relaciones entre los sexos, y de cuanto implica tal relación para un celibato bien vivido y para un ministerio sacerdotal bien ejercido. Parece incluso que se desconocen las enseñanzas conciliares y pontificias sobre la mujer cuando se habla de la formación de los sacerdotes. L´Instrumentum laboris permanece mudo! (Cfr. Mensaje del Concilio a las mujeres, 8-12-65; Pablo VI, Discurso del 6-12-76; Juan Pablo II, Mulieris dignitatem, n. 30). Partiendo de esto se propone que mujeres, elegidas con los mismos criterios con los que se escogen a los hombres responsables de los seminarios, sean llamadas cada vez en mayor número a participar en la formación de los futuros sacerdotes, poniendo a contribución el carisma propio de la mujer, en un plano de igualdad con los educatores masculinos. Esto valdría: a) para la enseñanza de la teología , donde el carisma de ser mujer aparecería como entre las mujeres "doctoras de la Iglesia": Teresa de Avila, Catalina de Siena y otras muchísimas, conocidas o no. La mujer que vive verdaderamente su vocación de mujer ayuda a no quedar en las abstracciones tratando los misterios de la fe, a ver la primacía de la adhesión de fe sobre el intelectualismo crítico, a hacer el empalme entre materias dispersas en un mundo artificialmente lógico y la realidad de las relaciones personales y de las diversas actitudes pastorales. b) Para la celebración de la liturgia y de los sacramentos , en la que la mujer está más preparada para hacer comprender al futuro sacerdote que los gestos, las palabras, las actitudes deben brotar de lo profundo del corazón y de la gratuidad del amor personal por Jesús. Por ejemplo: la Magdalena que unge los pies de Jesús. c) Para la relación sana y fructífera entre hombres y mujeres en la vida cotidiana , que facilita el crecimiento en la castidad positiva y gozosa, fruto y manifestación de un amor por parte del que elige el celibato por el Reino. d)Para un cierto acompañamiento espiritual que deja intacta la función propia del confesor. Hay que meditar el ejemplo de Santa Catalina de Siena. d) Para una colaboración real y reconocida en el discernimiento oficial de las vocaciones sacerdotales y en las posibles decisiones" (Texto completo en G. Caprile, Il Sinodo dei vescovi 1990, p. 92-93).

Como fruto de ésta y de otras intervenciones, especialmente en los grupos, se recoge la propuesta en un tono abierto y positivo. La Proposición 29, dedicada a "los formadores", quienes se distinguen claramente de los "profesores" (cfr. prop. 30) afirma: " Ad mentem Exhortationis Christifideles Laici (n. 61 et 63) necnon Epistolae Apostolicae Mulieris dignitatem, secundum quas laici partem habent propriam in spirituali clericorum itinere (Chr.L. 61), haec Synodus, servatis culturalibus contextibus, proponit ut laici, viri atque mulieres, prudenter selecti, secundum cujusque charismata associari possint communitati formatorum ad candidatos pro presbyteratu educandos, propter beneficos fructus inde oriundos".

Al pasar a la Pastores dabo vobis se mantiene el mismo contexto, es decir, en el párrafo dedicado a los formadores (n 66) y no en el de los profesores (n. 67). La motivación ha ganado hondura, por cuanto se fundamenta en el "sano influjo... del carisma de la feminidad". Pero la expresión literal ha perdido garra. La "associatio" se ha matizado convirtiéndola en "collaboratio" y se introducen diversas restricciones : "es oportuno contar también -en forma prudente y adaptada a los diversos contextos culturales- con la colaboración de fieles laicos, hombres y mujeres , en la labor formativa de los futuros sacerdotes. Habrán de ser escogidos con particular atención, en el cuadro de las leyes de la iglesia y conforme a sus particulares carismas y probadas competencias. De su colaboración, oportunamente coordenada e integrada en las responsabilidades educativas primarias de los formadores de los futuros presbíteros, es lícito esperar buenos frutos para un crecimiento equilibrado del sentido de Iglesia y para una percepción más exacta de la propia identidad sacerdotal por parte de los aspirantes al presbiterado" (n. 66).

Las Directrices para la formación de los formadores son aún más restrictivas y prudentes: "puede ser oportuno asociar a la labor formativa del seminario en forma prudente y adaptada a los diversos contextos culturales, también fieles laicos, hombres y mujeres, escogidos conforme a sus particulares carismas y probadas competencias" (n.20). En la explicación que sigue a continuación se matiza aún más: la acción de estas personas "oportunamente coordenada e integrada en las responsabilidades educativas primarias" está llamada a enriquecer la formación sobre todo en aquellos sectores en que los laicos y los diáconos permanentes son de ordinario especialmente competentes, tales como: la espiritualidad familiar, la medicina pastoral, los problemas políticos, económicos y sociales, las cuestiones de frontera con las ciencias, la bioética, la ecología, la historia del arte, los medios de comunicación social, las lenguas clásicas y modernas". Hay que suponer que las mujeres, al no nombrarlas explícitamente ahora, se encuentran incluidas entre "los laicos", unicamente en el marco del profesorado y ninguno de los beneficios hace referencia a lo más peculiar, el "carisma de la feminidad", que aducía la PDV.

De los "benéficos frutos "

Los "benéficos frutos" de los que habla la Prop. 29, y que el Arz. Decourtray había clasificado en 4 grandes areas, se reducen a dos en la PDV: "el crecimiento equilibrado del sentido de Iglesia" y "la percepción más exacta de la propia identidad sacerdotal" (PDV 66). En las Directrices se reducen a las "competencias" de orden científico.

Nos parece que es posible profundizar y explicitar más adecuadamente los "buenos frutos" que de la incorporación de la mujer se derivarían para la formación de los futuros presbíteros. Con ello tendríamos los motivos para hacer efectiva esa incorporación y para vencer las invitables resistencias que una medida de este tipo puede provocar en muchos de los responsables de la elección de los formadores.

1. Si nos colocamos en un nivel que podríamos calificar como teológico , tendríamos que referirnos, en primer lugar, a la praxis educativa de Jesús con Los Doce, que es siempre el primer argumento y en el que la PDV fundamenta toda su teoría educativa: "La identidad profunda del seminario es ser, a su manera, una continuación en la Iglesia de la íntima comunidad apostólica formada en torno a Jesús"(PDV 42), "la comunidad promovida por el Obispo para ofrecer, a quien es llamado por el Señor para el servicio apostólico, "la posibilidad de revivir la experiencia formativa que el Señor dedicó a Los Doce " (n. 60).

Pero si se es fiel y consecuente con esta perspectiva habría que considerar como un dato especialmente significativo el hecho que aduce la Mulieris dignitatem (n. 13), y que constituye buena parte de la línea argumental de la Carta a los sacerdotes (cfr. n. 6), que en esa comunidad educativa de Los Doce con Jesús se hallan presentes constantemente algunas, numerosas mujeres (cfr. Mt 27, 33; Lc 13, 18). Una presencia activa, significativa, de marcada influencia en y sobre el grupo. No solo ni primordialmente con su "asistencia" y "servicio" ( cfr. Lc 8, 1-3; Mt 8, 14-15; Jn 11, 17-27)), sino con sus actitudes, sus intervenciones, su fe, su oración (cfr. Mt 9, 22; 15, 28; Lc 11, 27-28). Y no solo María, la madre de Jesús (cfr. Jn 2, 1-12); sino otras muchas (cfr. Hech 1, 12-14) que son además presentadas por Jesús a Los Doce y a todos los discípulos, como modelos de discípulos, de creyentes (cfr. Mt 15, 28; Lc 7, 37-47); de respeto, veneración, estima y amor por Jesús, incluso con gestos tipicamente "femeninos", incomprensibles y criticados por la lógica del discípulo varón (cfr. Mt 26, 6-13; Lc 7, 36-50; Mc 14, 3-9); más aún, como "modelos" y primicias de los apóstoles (cfr. Jn 4, 39-42; 20, 18; Lc 24, 1-12; véase Carta, n.6).

En segundo lugar, habría que aludir al principio fundamental que establece la PDV de que la educación de los futuros presbíteros es una responsabilidad y tarea de toda la comunidad eclesial diocesana : "es la Iglesia como tal el sujeto comunitario que tiene la gracia y la responsabilidad de acompañar a cuantos el Señor llama a ser sus ministros en el sacerdocio" ( PDV 65). Pero resulta que luego en la formación de los presbíteros se hace presente de hecho solo una iglesia masculina, con lo que no aparece ni se realiza "el puesto y la misión que sus diversos miembros... tienen en la formación de los aspirantes al presbiterado" (Ibid.).

Un tercer elemento, también de orden eclesiológico , muy sutilmente aportado por Juan Pablo II en la Mulieris dignitatem debería ser subrayado en este contexto. Es el hecho de que la Iglesia es reconocida "a la vez, como "mariana" y "apostólico-petrina""(n.27), y que el aspecto "mariano" es reconocido como anterior e incluso más fundamental que el petrino-apostólico. "Aunque la Iglesia posee una estructura "jerárquica", sin embargo esta estructura está ordenada totalmente a la santidad de los miembros del cuerpo místico de Cristo. La santidad, por otra parte, se mide según el gran misterio en el que la esposa responde con el don del amor al don del esposo, y lo hace en el Espíritu santo porque "el amor de Dios ha sido derramado en nuestros coazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rom 5, 5). Si esto es así no resulta nada difícil deducir consecuencias sobre la conveniencia de asegurar la presencia e intervención habitual de la mujer en la formación de aquellos que han de continuar en la historia la dimensión apostólico-petrina. Con esa presencia, en efecto, se haría patente que, antes y por encima de esa su dimensión específica, que se sitúa más en el ámbito de lo funcional, está la que aporta la mujer -María- en la Iglesia: la dimensión de la santidad. Con dicha presencia, por otra parte, se educaría también su modo de ejercer la autoridad oficial. El talante, en efecto, el modo "femenino" de ejercer el poder, en un estilo cercano, sensible, tierno , contribuiría a paliar la distancia, la sequedad, la dureza incluso con que tanta veces se ejerce lo "petrino-apostólico", también en los grados más bajos de ejercicio, como es el del presbiterado.

2. Si del nivel teológico pasamos a los niveles antropológicos , nos encontramos con eso que el Papa llama "el carisma de la feminidad". Y ahí encontraremos otra serie de buenos motivos, de "benéficos frutos", para incorporar a las mujeres en el proceso de acompañamiento y formación de los candidatos al presbiterado.

En efecto, "la mujer representa un valor particular como persona humana por el hecho de su feminidad" (MD 29). Esto significa que "no se puede lograr una auténtica hermenéutica del hombre, es decir, de lo que es humano, sin una adecuada referencia a lo que es femenino" (MD 22). Por ello, un varón no puede formarse en plenitud como auténtica persona humana completa, adulta y madura, sin la intervención, en su desarrollo de la mujer. Desde estos presupuestos no resulta difícil de comprender que el desarrollo del varón candidato al ministerio presbiteral será facilitado si se realiza con la presencia e influencia directa de la mujer, por el contagio o la "modelación" que proporciona la presencia y el influjo habitual, directo e inmediato de quienes encarnan "el carisma de la feminidad".
a) Uno de las componentes esenciales de esa "carisma de la feminidad" es la entrega, la donación de sí (MD 11). Con palabras hermosas lo ha formulado Juan Pablo II: Esta participación (de todos en el sacrificio de Cristo) determina además la unión orgánica de la Iglesia como pueblo de Dios con Cristo. Con ella se expresa a la vez el "gran misterio" de la carta a los Efesios: la esposa unida a su esposo ... unida de tal manera que responda con un "don sincero" de sí al inefable don del amor del esposo , redentor del mundo. Esto concierne a todos en la Iglesia, tanto a las mujeres como a los hombres, y concierne obviamente también a aquellos que participan del "sacerdocio ministerial", que tiene el carácter de servicio" (MD 27). Si esto es verdad, se comprende la trascendencia, desde el punto de vista pedagógico, de contar con la presencia y el influjo habitual, inmediato, de ese "modelo" de entrega, que es la mujer, en la formación de quienes están llamados a ser pastores-servidores de la grey, a entregarse en alma, vida y corazón a ella, nunca a ser dueños ni señores de la misma.

b) A este primer carácter ontológico de la mujer hay que añadir el otro, resaltado también por el Papa, de "la especial sensibilidad de la mujer por el hombre, por todo aquello que es esencialmente humano", que se traduce y se expresa en "dirigir su atención hacia la persona concreta" (MD 18), o el hecho de que "Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano". "En este sentido, sobre todo el momento presente espera la manifestación de aquel "genio" de la mujer que asegure en toda circunstancia la sensibilidad por el hombre, por el hecho de que es ser humano" (MD 30). Este rasgo sintoniza de manera especialmente adecuada con una de las características primeras de la formación del pastor, la formación de su sensibilidad humana, uno de los componentes de la caridad pastoral (PDV 23), "En el trato con los hombres y en la vida de cada día, el sacerdote debe acrecentar y profundizar aquella sensibilidad humana que le permita comprender las necesidades y acoger los ruegos, intuir las preguntas no expresadas, compartir las esperanzas y expectativas, las alegrías y los trabajos de la vida ordinaria; ser capaz de encontrar a todos y dialogar con todos. Sobre todo conociendo y compartiendo, es decir, haciendo propia la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones, desde la indigencia a la enfermedad, de la marginación a la ignorancia, a la soledad, a las pobrezas materiales y morales, el sacerdote enriquece su propia humanidad y la hace más auténtica y transparente, en un creciente y apasionado amor al hombre" (PDV 72; cfr. también n. 43). Qué mejor formador podrá tener el futuro presbítero que aquella que ha sido dotada por la naturaleza, por el creador, con esa especial sensibilidad por la persona concreta.

c) Otro aspecto especialmente significativo es el de la formación en las relaciones interpersonales . También aquí se establece una especial sintonía existencial y pedagógica entre la mujer y la formación para el ministerio presbiteral. "En la "unidad de los dos" el hombre y la mujer son llamados desde su origen no sólo a existir "uno al lado del otro", o simplemente "juntos", sino que son llamados también a existir reciprocamente, "el uno para el otro". De esta manera se explica también el significado de aquella "ayuda" de la que habla el Gen 2, 18-25.... Se entiende facilmente que...se trata de una ayuda de ambas partes, que ha de ser ayuda recíproca. Humanidad significa llamada a la comunión interpersonal. El texto de Gen 2, 18-25 indica que el matrimonio es la dimensión primera, y, en cierto sentido, fundamental de esta llamada. Pero no es la única. Toda la historia del hombre sobre la tierra se realiza en el ámbito de esta llamada. Basándose en el principio del ser recíproco para el otro en la comunión interpersonal se desarrolla en esta historia la integración en la humanidad misma, querida por Dios, de lo masculino y de lo femenino...(MD 7). El trato con la mujer en el ámbito y contexto formativo será sin duda un factor positivo que preparará al futuro pastor para "la estima y respeto en las relaciones interpersonales con hombres y mujeres" (PDV 44).
A esto se añade el que la mujer se muestra siempre más atenta a la relación interpersonal que a los aspectos organizativos, por lo que su presencia en el seminario contribuiría a formar el ambiente más personal, más cordial, más comunitario. Así el pastor se formaría más adecuadamente para ese su trabajo futuro de atención a las personas individualmente, de "conocerlas por su nombre", de acompañarlas personalmente en su camino de fe.

Desde esta perspectiva se entiende también que la presencia de la mujer en la formación del futuro presbítero sería una contribución inmejorable para la madurez afectiva del mismo, aspecto que preocupa tanto a los formadores. Dentro de este ámbito de la madurez afectiva no hay que ignorar otro aspecto que es el de la especial capacidad o intuición de la mujer para detectar las anomalías afectivas tanto de tendencia como de orientación y de ejercicio en la vida afectiva e incluso sexual de los jóvenes. En este tiempo en que se detectan entre los candidatos no pocas indefiniciones sexuales la presencia y la cercanía, la intuición y el juicio de la mujer puede ser un factor especialmente fecundo en orden al discernimiento de la capacidad para asumir el ministerio presbiteral.

d) Una intuición y afirmación de la Mulieris dignitatem nos parece que debe ser subrayada también en este contexto formativo. Es aquella en la que se habla del amor como constituyente de la feminidad y de la especial fortaleza moral de la mujer. "La dignidad de la mujer se relaciona intimamente con el amor que recibe por su femineidad y también con el amor que, a su vez, ella da. ...La mujer no puede encontrarse a sí misma si no es dando amor a los demás...La fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano... La mujer es fuerte por la conciencia de la entrega, es fuerte por el hecho de que Dios "le confía el hombre", siempre y en cualquier caso, incluso en las condiciones de discriminación social en la que pueda encontrarse.... Esta conciencia y esta vocación fundamental hablan a la mujer de la dignidad que recibe de parte de Dios mismo, y todo ello la hace "fuerte" y la reafirma en su vocación. De este modo la "mujer perfecta" (cf Prov. 31, 10) se convierte en un apoyo insustituible y en una fuente de fuerza espiritual para los demás, que perciben la gran energía de su espíritu" (MD 30).

Aquí se sitúa uno de los "beneficios" de la presencia inmediata de la mujer en la formación de los futuros presbíteros. Los candidadtos, en efecto, pertenecen, según confesión de sociólogos y educadores, a una generación caracterizada psicológicamente como una "generación frágil". A esta fragilidad no es fácil hacer frente educativamente desde la sola presencia masculina, es decir, desde reafirmaciones de las normas, de la autoridad, de la disciplina, como pretenden todavía tantos educadores en tantas partes y desde tantas orientaciones. Sí se podrá ayudarles a fortalecer su carácter desde formadores cercanos, familiares, desde posiciones "cálidas" y ambientes "cálidos", desde posiciones vitales "maternas" a la vez que "paternas". La "fortaleza" de la mujer, su "amor cálido y tierno", será un factor benéfico insustituible en los ambientes seminarísticos. Será el camino más adecuado para recibir ese "apoyo insustituible y esa fuente de fuerza espiritual" (MD 30), del que tanto precisan esos candidatos "frágiles".

A ello se añade el influjo positivo de esa otra característica de la "vocación de la mujer", su fidelidad manifestada en el seguimiento del Señor "hasta el final", hasta la cruz, allí donde los varones mostraron su debilidad abandonándole practicamente todos, aspecto que se complace en repetir y subrayar el Papa en la Carta a los sacerdotes, repitiendo y ampliando la exposición que había hecho en la Mulieris dignitatem (cfr. n. 15): ¿ "no es quizás un dato incontestable que fueron precisamente las mujeres quienes estuvieron más cercanas a Jesús en el camino de la cruz y en la hora de su muerte? Un hombre, Simón de Cirene, es obligado a llevar la cruz (cfr. Mt 27-32); en cambio numerosas mujeres de Jersulén le demuestran espontaneamente compasión a lo largo del via crucis(cfr Lc 23, 27)... Al pie de la cruz está unicamente un apóstol... y sin embargo hay varias mujeres" ( cfr. Mt 27, 55-56)...(n. 6)

Una presencia significativa

Si de la consideración pedagógica pasamos a una consideración más de tipo funcional hay que afirmar la conveniencia de que la participación de la mujer en la formación de los futuros presbíteros se haga desde una presencia significativa.

No se trata de repetir o mantener esa "colaboración" mínima, siempre importante, pero tímida, que las relegaba a los "servicios asistenciales": la cocina, la limpieza, la ropa, en ocasiones también la enfermería.

Tampoco parece que bastaría la colaboración "desde fuera", o desde la simple labor académica, sobre la que ya no hay dificultad u objeción especial.

Los benéficos frutos son de tal naturaleza que solo se obtendrán si la mujer participa en lo que PDV llama "las responsabilidades educativas primarias de los formadores" (n. 66). Se trata de las dimensiones fundamentales de la formación como son la humana, la espiritual, la pastoral, además de la intelectual. Y se trata, sobre todo, de su incorporación sea plena en el ámbito educativo, o sea, en la elaboración del proyecto educativo, en la atención directa e inmediata de los seminaristas.

Estas responsabilidades demandan, como hemos visto, una presencia habitual, constante, permanente, cercana, cualitativamente distinta de la de los profesores. Deberían formar parte de la "comunidad educativa",y, por consiguiente, de acuerdo a las indicaciones y deseos de los Documentos de la Iglesia, con residencia en el seminario (cfr. PDV 6; Directrices 4). Solo así se puede llegar a formar en verdad y profundidad.

Es verdad que la residencia de las mujeres en el internado del seminario parece entrañar muchas difícultades especialmente si son seglares o madres de familia. Pero la dificultad no lo es tanta si se tiene en cuenta que, desde que se permitió la entrada de mujeres en los seminarios para los "servicios auxiliares", un buen número de ellas siempre han residido dentro de los muros del seminario, en dependencias propias. Y no solo mujeres "consagradas", sino seglares y jóvenes, que desde hace ya muchos años se incorporaren como auxiliares. Y este hecho no ha constituido ningún problema.

Desde la competencia y la preparación

Es claro que una tal presencia e incorporación no se ha de improvisar. Las mismas condiciones y criterios que se exigen para la elección de los formadores masculinos (Cfr. Directrices, nn 23-47) ha de aplicarse también a las formadoras. Las mismas cualidades, especialmente eso que Directrices califica como el "carisma pedagógico", "que se manifiesta en dones naturales y de gracia y... en algunas cualidades y aptitudes que se han de adquirir".

De las señaladas como "ideal" en las Directrices, nos complace subrayar, en primer lugar, la que se refiere al "espíritu de fe" "firme y bien fundada y motivada, vivida en profundidad de modo que se transparente en todas sus palabras y acciones " (n. 26). Cualidad esta que, como vimos, junto con "el amor a la oración", son más fáciles de encontrar en la mujer.

En segundo lugar, el "espíritu de comunión" dado que se trata de educar "en una muy estrecha unión de espíritu y de acción y de formar entre sí (los formadores) y con los alumnos una familia "( Directrices, 29), inspirándose en una verdadera eclesiologia de comunión.

Subrayar también la madurez humana y el equilibrio psíquico, esa "límpida capacidad de amar", "el libre y permanente control del propio mundo afectivo: la capacidad para amar intensamente y para dejarse querer de manera honesta y limpia" (Directrices, 35).

Y muy especialmente el estar dotadas de auténtico sentido pedagógico, esto es, aquella actitud de paternidad -de maternidad, tendríamos que decir en nuestro caso - espiritual que se manifiesta en un acompañamiento solícito, y al mismo tiempo respetuoso y discreto del crecimiento de la persona" (Directrices, 36).

***
Cuando tantas dificultades existen en muchas partes para encontrar formadores que quieran y sepan dedicarse a esta delicada tarea de formar a los futuros presbíteros, sería temeridad ignorar el aporte que las mujeres pudieran prestar desde dentro a esta labor eclesial. Mujeres con estas cualidades abundan. ¿Más que entre los varones?. Muchas de ellas, además, son personas "competentes", cualificadas, preparadas humana y pedagógicamente, para esas labores de acompañamiento humano, espiritual, vocacional.

Es sabido que la Iglesia ha sido dotada por el Espíritu del Señor de instituciones de personas consagradas, religiosas y seculares, aprobadas precisamente porque su carisma se sitúa en la onda de la formación y atención a los seminaristas. Pero la Iglesia dispone también de mujeres seglares dotadas de carisma pedagógico y , sin duda, con disponibilidad para esta tarea. La presencia en los seminarios de uno y otro tipo de mujeres no debería constituir ya en adelante ningún problema.


Aunque el terreno está casi todavía virgen, casi sin explorar, lleno de dificultades, no exento de riesgos,-nunca mayores que los que una formación realizada por solos varones ha provocado en las generaciones de presbíteros anteriores y en los momentos actuales-, pero ya no nos faltan experiencias suficientes para indicar que es posible la incorporación plena de la mujer a la formación de los futuros presbíteros, ni motivos para emprenderlo. Buscar estos otros modelos educativos puede ser el reto que la historia, o mejor, el Espíritu del Señor que la conduce, pone ante los responsables actuales de la formación de los futuros presbíteros, agentes de una iglesia nueva en y para una nueva evangelización.

Fuente: Revista Seminario 136.