30 de junio de 2012

¿Qué itinerario educativo para la opción virginal?


Amadeo Cencini

Dividiré mi exposición en tres partes: en la primera plantearé algunas preguntas que ayuden a encuadrar la situación actual desde el punto de vista de la concepción y de la praxis de la animación vocacional por lo que se refiere a la opción virginal; en la segunda me ocuparé explícitamente del mundo y de la sensibilidad juvenil en relación con una eventual opción virginal; en la tercera trataré de delinear una posible respuesta-propuesta educativa cristiana que tenga en cuenta el panorama indicado.

I. PLANES VOCACIONALES E ITINERARIOS EDUCATIVOS PARA LA VIRGINIDAD

En este primer punto me pregunto si en nuestros planes vocacionales se incorpora de ordinario una educación a la virginidad, y no solo como ideal, sino también en la realización del apostolado diario. Es de esperar que en la teoría exista esta atención, pero lo que queremos ver es si también en la práctica las cosas funcionan así. En una Iglesia que produce hoy más documentos que nunca, hay que analizar y verificar la correspondencia entre los espléndidos documentos y las penosas actuaciones.

He querido, sin embargo, hacer las cosas ordenadamente, sin dar nada por descontado, y me he impuesto la fatiga de consultar algunos Planes vocacionales de diócesis italianas para verificar el lugar y la importancia que tiene en ellos el proceso educativo para la virginidad. He consultado 35 y... al final me ha venido una especie de síndrome depresivo agudo, de shock: de 35 Planes vocacionales ¡ninguno contempla procesos educativos para la virginidad! Mejor dicho, hay dos que hacen una rápida referencia a la virginidad como carisma todavía hoy significativo, pero ni siquiera estos contienen o proponen alguna línea pedagógica de educación para la opción virginal, y en ambos casos se trata de documentos del Obispo local (como carta u homilía) dirigidos a los religiosos/as de la propia diócesis (como si el celibato sacerdotal no fuera también una opción verdadera y propia de virginidad como valor en sí mismo y no sólo en cuanto subordinado a la ordenación presbiteral).
Esto es bastante desconcertante; se trata de una ausencia significativa que revela una cierta y extraña mentalidad que tenemos que tratar de comprender, porque es probable que haya un influjo no ciertamente positivo no tanto sobre la praxis vocacional y sobre sus frutos, como también sobre la transcendencia educativa y vocacional de la educación a la castidad.
Sin embargo, con esto no se quiere decir que los Planes vocacionales escritos constituyan el único punto de referencia para un análisis como el que yo quiero hacer aquí, por lo que voy a tratar de ver más en general nuestras praxis pastorales juveniles en lo que se refiere a la opción virginal.
Para realizar, por tanto, de forma correcta este análisis puede ser útil tratar de responder a dos preguntas un poco pro-vocadoras, pero muy oportunas para entrar inmediatamente al vivo en el problema. Preguntas dirigidas no al teórico sino a quien trabaja de hecho en el campo de la animación vocacional (AV). Y, por consiguiente, preguntas que esperan una respuesta procedente del pie de obra, de la práctica de la vida diaria, más que del análisis del laboratorio.
1.1. ¿La virginidad es hoy un valor vocacional?
La pregunta no es puramente retórica, y la respuesta no ha de darse por descontada, sobre todo si tenemos en cuenta el resultado de la pequeña investigación de la que hablé en el párrafo anterior. El sentido provocativo de la pregunta está en el unir el concepto de la virginidad como valor, sobre el que nadie alimenta dudas, con el calificativo "vocacional". Y sobre esto es sobre lo que, francamente, parece lícito, tal como se concibe hoy la actual AV, expresar alguna duda. Un valor es vocacional, o es considerado tal por los agentes vocacionales, en el contexto de un Plan de AV, cuando la propuesta de tal valor consigue provocar, por sí misma o por el modo como es presentada, una disponibilidad o atracción vocacional: así, por ejemplo, es un "valor vocacional" el servicio a los otros, o el don de sí en tierras de misión, etc.
Ahora bien, una propuesta de virginidad es considerada sin duda capaz en teoría de lograr provocar esta disponibilidad, pero en la práctica ¿cuántos animadores están verdaderamente convencidos de que dicha propuesta tenga este poder, o cuántos animadores tienen el coraje de construir un proyecto de AV en torno a esta propuesta?
La sensación, provocada también por la ausencia casi total del tema en los planes vocacionales, es que frecuentemente este valor queda un tanto marginado, sobreentendido, escondido, dejado para una posterior eventual profundización; no es que el animador célibe no crea en él, simplemente no lo considera suficientemente atractivo, convincente, satisfactorio, útil en términos de interpelación vocacional, eficaz como mensaje promocional en una sociedad donde todo es publicidad e imagen subyugante; prefiere invertir sus fatigas y su propuesta en otro lugar, en otros valores, más seguros como cebo para la sensibilidad juvenil; incluso teme que la previsión de ser célibes juegue en sentido contrario, o termine por desanimar a aquellos pocos que acaso se estaban planteando la posibilidad de entregar su vida. Y así prefiere también él dejar pasar y dar la batalla en otro campo donde se siente más fuerte o "en casa". En el fondo, ¿no se considera hoy, no es la opinión común, que una de las causas más notables de la crisis vocacional o de la crisis de los sacerdotes, sobre todo jóvenes, es el celibato? Por lo tanto, mucho mejor no empeñarse en subrayarlo. Mejor callar.
1.2. ¿Es hoy un tiempo favorable o desfavorable para una propuesta de la virginidad?
Si "hoy" quiere decir cultura, condicionamiento social, sentido común, mensajes de los mass-media, "cultura mural", escuela (y la educación sexual en ella impartida) y todo lo que hoy es lanzado, a veces obsesivamente, sobre el ciudadano medio (o sobre el usuario de la cosa pública), etc, es cierto que el clima general no parece precisamente el ideal para un anuncio o una acogida del carisma de la virginidad. Si además añadimos el testimonio que los vírgenes dan del carisma de la virginidad o, para ser más precisos, la lectura que desde el exterior se hace de la fidelidad de los célibes (véanse las reacciones complacidas y ordinariamente enfatizadas de cierta prensa frente al descubrimiento periódico y más o menos presunto de la transgresión sexual del cura) entonces el cuadro general incluso empeora, o, en todo caso, no parece ofrecer premisas estimulantes para una propuesta que, hoy como nunca, parece tan a contracorriente.
El virgen, en tiempos en que de virgen apenas parece haber quedado nada excepto el aceite de oliva y la pura lana, parece como un marciano, una figura anacrónica, decididamente fuera del tiempo, una imagen que sugiere una concepción lúgubre de la vida, donde las renuncias entristecen la existencia y la hacen poco digna de ser apetecida, especialmente la renuncia incomprensible a un instinto imposible de suprimir como el instinto genital-sexual.
La respuesta a la pregunta parecería darse por descontada: hoy es tiempo desfavorable para una propuesta de virginidad. El que intenta hacerlo, especialmente en ciertos ambientes, se expone al riesgo de ser rechazado, incomprendido, o incluso escarnecido y ridiculizado. No, no, mejor callar, o, a lo sumo, hacer la propuesta y hacer su elogio en grupos restringidos y selectos, ojalá durante una fervorosa reunión de oración animada por la numerosa asociación de las viudas de la parroquia...
1.3. Un extraño e "impuro" silencio
Existe, pues, una evidente línea común que liga entre sí las dos respuestas o se convierte en una consecuencia un tanto inquietante del modo un poco expeditivo de responder a aquellas dos preguntas: el silencio, el silencio sobre la virginidad.
Tal silencio, un poco embarazoso, un poco camuflado, un poco sufrido, un poco querido, apenas roto por algunas intervenciones "oficiales" en las que se repiten los acostumbrados edificantes lugares comunes, nos está diciendo, ante todo, la situación de nuestros planes vocacionales, en los cuales —como hemos visto, desde un punto de vista tanto teórico como de la praxis operativa— es difícil encontrar una huella educativa para la opción vocacional. Cosa bastante singular y extraña que un valor tan central y clásico pueda no entrar orgánicamente en el proyecto de AV o pueda ser de hecho callado.
Querría decir privar a la pastoral vocacional de un elemento que, más allá de la apariencia y precisamente porque radical y paradójico en su pretensión sobre el corazón humano, expresa de modo particularmente evidente la realidad de la vocación cristiana, y precisamente porque ofrece y pide el máximo al corazón humano se halla en grado de ejercer sobre él una poderosa atracción. Querría decir, por tanto, privar a la pastoral vocacional de una fuerza de un particular empuje, como de un radio-vector que no solo posee potencia propulsiva, sino que indica también con precisión la dirección del recorrido.
No sé si se puede constatar también el mismo silencio por parte de los educadores juveniles en general, más o menos embarazados al tratar este tema o poco convencidos de él o no tan entusiastas de su virginidad o dudoso de la efectiva posibilidad de transmitir este valor en el mundo de hoy. Si las cosas están así no es tan extraño el que muchos jóvenes creyentes no sientan nunca que se les dirige una propuesta de virginidad por el reino de los cielos. Viene a la mente el reclamo-reproche que hizo una vez Pablo VI: " Que ninguno ignore por culpa nuestra aquello que debe saber para orientar en sentido distinto y mejor la propia vida"(2)

Por esto lo hemos llamado silencio no solo extraño, sino también "impuro", porque el que un célibe calle sobre los valores de la virginidad es y revela ante todo una incoherencia personal, algo de falso y de impuro, que difícilmente podría ayudar a otros a reconocer la fascinación de la virginidad como un aspecto esencial de la propia verdad. Una auténtica virginidad debe poder ser "dicha", si permanece muda no es virginidad.
Yo aquí, como he dicho, quiero hablar de la metodología, pero cualquier discurso sobre el "cómo" supone la existencia del "qué", en nuestro caso de la realidad del anuncio o de la propuesta vocacional. Si no existe la propuesta no tendría ningún sentido discutir sobre el modo de la misma.
Pero continuemos con el análisis de la situación.
2. SITUACIÓN SOCIOCULTURAL JUVENIL EN RELACION A LA OPCIÓN VIRGINAL
Me parece que la situación actual del mundo juvenil se caracteriza por dos elementos fundamentales: la pérdida del sentido del misterio y la debilidad de la cultura de referencia. Son como dos núcleos significativos que determinan una serie de consecuencias por lo que respecta a la posibilidad de una opción por la virginidad. Vamos a verlo brevemente.
2.1. La pérdida del sentido del misterio
Nuestra impresión es clara: el joven de hoy ha perdido o está perdiendo progresivamente el sentido del misterio.
Está, en efecto, sustancialmente satisfecho de la propia condición, no presenta grandes contrastes, al menos no como la generación precedente, con el mundo de los adultos(3)
; ni, por otro lado, tiene especiales expectativas y aspiraciones sobre sí y sobre los otros: "la de los años 90 es una juventud sin grandes aspiraciones y sin altos ideales; una juventud pragmática, más interesada en vivir lo mejor posible el momento presente que en proyectar y preparar el futuro: es una now generation"(4) . "Después de diecinueve siglos se asiste a un redescubrimiento del "carpe diem" de Horacio"(5) , con la carrera consiguiente hacia el consumismo y una ignorancia sustancial del "sentido del misterio que invade la vida entera"(6) .
Existe, por una parte, la presunción de saber todo lo que se necesita para vivir, y, por otra, la sensación de no poder conocer ni el misterio del propio yo, ni —mucho menos— cualquier misterio que nos supere. Como comenta Imoda, "la realidad del misterio, con su altura y sublimidad, pero también con su profundidad y con su amplitud, parecería condenada... a permanecer, a lo sumo, implícita. La pregunta, especialmente la más radical, permanece muda y en lugar de la maravilla que la provoca, nos manifiesta una especie de... indiferencia o de somnolencia; la capacidad de interpretar, como facultad hermenéutica, tiende a dejar el lugar a asociaciones, a "collages", con pérdida de profundidad de los significados y de sus relaciones. La tensión o inquietud, más presente que nunca, se queda en un estado de angustia; la decisión que debería derivarse de ahí y a la vez contribuiría a una orientación, queda con frecuencia en suspenso, y la voluntad, más o menos paralizada, tiende a retrasar la decisión, dejando a la persona perpleja y desconcertada, en un presente incapaz de asumir el pasado cultural y de orientarse a un futuro con un proyecto y en esperanza (7)
.
Esta pérdida del sentido del misterio se refleja especialmente en lo que concierne a la sexualidad. En todas las culturas, en efecto, en todas las latitudes, la sexualidad ha sido considerada siempre un misterio que tiene que ver con las fuentes de la vida y de la muerte y al que, por lo mismo, hay que acercarse con respeto y aun con temor. Por eso, en los más diversos pueblos ha estado siempre rodeado cuidadosamente de una serie de reglas, prescripciones, prohibiciones, que nuestra mentalidad neoiluminista se ha apresurado a calificar como tabúes (uno de los términos más usados hoy por cierta cultura) y supersticiones, pero que tenían la función de guardar la profundidad del misterio y de impedir que una eventual profanación del mismo desencadenase consecuencias devastadoras sobre la comunidad entera.
Nuestra sociedad ha creído poder eliminar estos límites, fruto, a su parecer, de pura y simple represión. El sexo se ha convertido así en un puro objeto de consumo como tantos otros, más aún, el ingrediente para hacer apetecibles en el mercado todos los otros proyectos, el elemento más común, el más masificado. Se ha exorcizado su tremendo, fascinante poder banalizándolo y ocultándolo. Nuestras cervezas, nuestros embutidos, nuestras marcas de gasolina lo han exhibido como un símbolo. Los cuerpos desnudos han sido expuestos sin ningún tipo ya de "complejos" lo mismo en las portadas de nuestras revistas que en las pantallas de la televisión. Los preadolescentes y los adolescentes han aprendido a contar, entre los elementos de una "calidad de vida" ansiosamente buscada, con fugaces experiencias sexuales, junto a la compra de la moto o al viaje de estudios. De esta manera la sexualidad ha dejado de ser un misterio. A lo sumo ha quedado —y acaso, paradójicamente, más que antes— como un problema. Pero los problemas son obstáculos que hay que superar (en este caso con el psicoanalista, el sexólogo, etc.) y no, como el misterio, un horizonte vital, un seno escondido y fecundo dentro del cual los hombres hunden las propias raíces. Y si el misterio desaparece el hombre permanece un pobre ser mutilado y homologado, reducido a "una dimensión", una sola, la de los estímulos epidérmicos(8)
.
Una reducción de repercusiones dramáticas en la perspectiva vocacional. Si el sexo-misterio provoca a buscar creativamente el sentido de la vida y del futuro en la misma dirección del misterio, el sexo privado de la categoría del misterio y reducido a la parodia de sí mismo reduce también la vida y el futuro a una medida que ya no es la humana; sobre todo no estimula ninguna búsqueda y no inspira ningún camino, ninguna inquietud y tensión hacia un significado que haya que descubrir y vivir responsablemente.
2.2. Una cultura débil
Estrechamente ligado a la pérdida del sentido del misterio está este segundo fenómeno, el de la cultura débil. Si la pérdida del sentido del misterio constituye la categoría interpretativa de lo humano hoy, la debilidad de la cultura representa su consecuencia a nivel de contenidos antropológicos. Cultura en el sentido amplio del término como mentalidad general, o atmósfera que lo invade todo, el modo de entender la vida y lo que cuenta en la vida, de donde procede una caracterización débil del deseo, del pensamiento y del sentido del yo. Es inevitable que esto debilite también la estructura vocacional del joven.
Vamos a ver algunas consecuencias de esta cultura especialmente en lo que se refiere a la opción celibataria(9)
.
2.2.1. La pérdida del deseo y del desear
Es un fenómeno que en realidad ha tenido una larga incubación en la sociedad actual, recorriendo un camino que desde la gratificación del instinto del placer, "culturalmente " impuesto como estilo de vida, conduce lentamente a la inercia de la muerte psíquica, o bien a la indiferencia general, a la incapacidad de gozar de aquello que la vida ofrece, pero también de renunciar a las propias aspiraciones y de aquí a la pobreza cualitativa y a la reducción cuantitativa de los deseos, casi a una parálisis o a una lenta eutanasia de la capacidad de desear.
Dicho de otra manera: cuanto más gratificado y saciado es uno regularmente en sus placeres, menos aprende a soportar la falta (o la renuncia) y, por lo tanto, a conquistar sus deseos, o bien no aprende nunca a desear de modo intenso aquello que es digno de ser deseado. Ya Ovidio decía: "No se desea aquello que es fácil de obtener". Y mucho menos se aprende a desear (es decir, a soportar la ausencia y la conquista) si todo viene dado sin deber pagar ningún precio. Donde no se desarrolla el coraje de imponerse una renuncia en vistas a un valor, no se desarrollará ni siquiera una capacidad de desear que sea auténticamente humana.
Es un problema de dinamismos psíquicos antes que de actitudes virtuosas, pero con consecuencias inmediatas en el ámbito de la libertad necesaria para escoger un proyecto de celibato. Este, por su propia naturaleza, pide y supone una notable capacidad en el ámbito de la renuncia y del deseo. Amar a Dios con todo el propio ser para amar con el corazón de Dios a toda criatura significa haber abierto corazón-mente-voluntad a un horizonte infinito, haber aprendido la ascesis del deseo para llegar a desear los deseos de Dios. Pero es precisamente esta ascesis la que hoy parece escasear en una sociedad en la que los adolescentes y jóvenes tienen más objetos que deseos y no saben que la renuncia es la condición para una libertad que quiera desear «a lo grande». Cuando el deseo es débil no puede por menos de ser débil también la atracción del valor virginal.
2.2.2. La crisis de la belleza y del sentido estético
Es otra señal de decadencia general y cultural con un origen muy preciso, el pensamiento débil. Si el pensamiento es débil, no está en grado de alcanzar la verdad, pero entonces no existe ya belleza o la señal estética será muy lábil y el criterio, ambiguo, y el hombre incapaz de captar y contemplar la belleza. Es como si la belleza quedase arrancada de sus fundamentos y privada de sus raíces; y, como consecuencia, absolutamente imposibilitada de alcanzar su fin, que es el de expresar la fascinación de la verdad, convirtiéndose y ofreciendo motivación para la opción del individuo, inevitablemente atraído por la belleza.
Es triste y peligroso que el «pulchrum» se halle hoy cada vez más separado del «verum» y del «bonum», y por tanto no pocas veces envilecido y negado, cuando no convertido en ambiguo y deforme. Son terribles hoy la crisis del gusto y la decadencia del sentido estético; y es triste, pero evidente, que quienes sufren las consecuencias son fundamentalmente los jóvenes y que tal crisis repercute negativamente en la vida y en las opciones existenciales.
No bastan por sí solas las motivaciones teológicas ("Dios me llama") o la ética ("es obligado hacer una elección oblativa") para autentificar una opción vocacional celibataria y garantizar la fidelidad a la misma. Se necesita también la motivación "estética", o sea la capacidad de dejarse atraer por algo que es experimentado como intrínsecamente bello y que da belleza a la propia vida; el descubrimiento, por tanto, que es hermoso, no solo justo y santo, darse a Dios, ser del todo suyo, cantarle, celebrarlo, anunciarlo, amarlo, servirle.... La virginidad es "hermosa" porque hunde sus raíces en el misterio de la insondable belleza de Dios, y el célibe, como un artista o un poeta, manifiesta con su elección que es hermoso no solo el amor de la pareja, sino que es hermoso, inmensamente más hermoso, el amor de Dios por el hombre y el amor del hombre por su Dios, tan hermoso que llega a llenar en abundancia un corazón y una vida.
Y sin embargo, hoy se hace cada vez más difícil usar y hacer entender este lenguaje de la belleza; es difícil poner gestos comprensibles de belleza, producir y transmitir belleza que suscite fascinación y encantamiento. Si el celibato no es también hermoso-bello y no es percibido como tal, se convierte en un peso insoportable y opresor que vuelve duro el corazón y que, en todo caso, no puede llegar a convertirse en valor atractivo...
2.2.3. La desconfianza narcisista básica
Finalmente,... el mal del siglo, el narcisismo. Dicho en síntesis extrema, es el síndrome no tanto de quien no ha sido amado, sino de quien no reconoce el afecto recibido, no se halla contento con él, o lo desprecia sutilmente o por haber sido limitado o por haberlo recibido de personas limitadas, o por darlo por descontado, como si fuera un derecho, sin experimentar ya ninguna gratitud.
En este clima cultural en el que todo parece debido y todo debe ser perfecto, el amor y el sentimiento profundo de ser amado se convierten en un bien cada vez más raro. Así, si en la evolución normal de la madurez afectiva se debería pasar de la gratitud a la gratuidad, el narcisista, en cambio, es una mezcla de ingratitud y de codicia, o un triste y extraño enamorado de sí, rabioso porque la vida no le habría dado lo suficiente, pero más airado aún consigo mismo porque necesitado, por una parte del afecto de los otros, e incapaz, por otra, de dejarse querer o de reconocer el amor que se le ofrece. Como el joven rico de Mc 10, 21, que ni siquiera se da cuenta de la mirada de amor que Jesús le dirige personalmente a él, y se marcha "triste". En realidad, de lo que el narcisista está enamorado no es de su propio yo, sino de su imagen, de la apariencia exterior; se halla condenado a... hacerse atrayente, a llamar la atención de los demás, a depender de la estima y benevolencia de alguno. Su vida, por consiguiente, corre el riesgo de convertirse en una continua búsqueda de amor nunca saciada y por lo tanto frustrante, porque el éxito de la imagen exterior no significa necesariamente aumento de la estima de sí o experiencia de la amabilidad intrínseca, y no existe coincidencia entre el yo externo (o falso "sí mismo", con frecuencia caricaturizado para que resulte más convincente) y el yo interno (o verdadero "sí mismo", aquel que cada uno es, con sus virtudes y defectos).
Como consecuencia, mientras el otro queda instrumentalizado, el propio yo se debilita progresivamente debido a la falta de aquellas dos certezas que hacen a una persona libre afectivamente: la certeza de haber sido amado y la certeza de poder y saber amar. Sin estas dos certezas también un proyecto de celibato se hace imposible o se expone a un altísimo riesgo; el célibe, en efecto, no es un héroe, y mucho menos es un deprimido o un ser airado con la vida; al contrario, es sencillamente un creyente que reconoce la grandeza del amor recibido y precisamente frente a esta constatación descubre que no puede hacer otra cosa que ofrecer su vida; percibe el don de sí en la virginidad como la respuesta natural e inevitable al inmerecido amor recibido, como lo mínimo que pueda hacer ante la extraordinaria benevolencia divina.
Así la virginidad se convierte en la expresión más natural y plena del amor recibido que se hace amor dado, de la coincidencia de los dos amores, de la libertad de recibir y de dar afecto. Fuera de esta lógica, en cambio, la energía afectiva se concentra artificialmente dentro de sí y se sustrae al otro y a Dios; y entonces se rebela contra sí mismo, en una especie de abrazo mortal de la propia imagen o del yo aparente o de la propia máscara. Como Narciso, el símbolo del falso célibe. O bien, cuando la identidad es débil, el celibato se convierte en una opción improbable, o, a lo sumo, en simple apariencia.
Los tres elementos culturales-sociales vistos hasta aquí no pueden dejar de tener un marcado influjo negativo sobre la posibilidad de una opción celibataria por parte del joven, e incluso ya antes sobre la posibilidad de una propuesta educativa en este sentido: al mundo juvenil le será más bien difícil, dentro de esta cultura, escuchar una determinada propuesta y hacer una determinada opción en esa línea, así como a los educadores y animadores vocacionales el simple proponer un ideal de vida como el del celibato. También porque, como es típico de los influjos culturales, ellos penetran por todas partes, no conocen espacios prohibidos, y por lo tanto pueden condicionar de manera negativa o inhibir el propio itinerario educativo o la misma propuesta vocacional celibataria. No sé cuál será la conciencia que tengamos de este sutil influjo cultural; cuantos educadores, en otras palabras, ni siquiera sospechan que de hecho están condicionados en este sentido y se dejan determinar con mucho peso, en su apostolado, por los aspectos más negativos de cierta cultura, hasta el punto de sostener que no merece la pena hacer ciertas propuestas educativas o vocacionales. He aquí por qué el riesgo que hoy corremos, como aludíamos más arriba, es el de que la virginidad por el reino de los cielos pase a ser un valor casi escondido, del que no se habla por el temor de que pueda desanimar la opción.
Es como si esta cultura hubiese impuesto una especie de bloqueo (black-out) a cualquier discurso sobre la virginidad, entendida inmediatamente como algo anticuado, superado, algo de lo que avergonzarse, o para tener escondido lo más posible. Digamos pues que este nuestro extraño pudor o esta omisión desorientadora es como una cesión al influjo deformante de aquellos elementos culturales vistos anteriormente, más aún, se añade a ellos como un ulterior factor negativo, propio de una cierta (sub)cultura actual cristiana un poco temerosa y dimisionaria. Es obvio que este singular silencio hace más débil toda la pastoral vocacional.
Frente a esta situación parece importante resaltar la necesidad de una orientación vocacional que, por una parte, deje espacio a la propuesta convencida de la belleza del ideal celibatario y, por otra, prepare a los jóvenes a comprender dicha belleza y a captar su poder de atracción. Hay algunos que dicen que el celibato es la causa de la actual crisis de vocaciones; pero se podría darle totalmente la vuelta al argumento: ¿no es acaso también y sobre todo el silencio sobre una valor con tanta carga profética y tan a contracorriente, fuerte y significativo, la causa de esta crisis?
Vamos a ver entonces cómo formular y llevar a cabo la propuesta.
3. RESPUESTA EDUCATIVA Y PROPUESTA VOCACIONAL
Pongo juntos el aspecto educativo y el más propiamente vocacional, es decir, al educador juvenil y al animador vocacional, y lo hago a propósito, porque estoy profundamente convencido de que la educación para la castidad pueda convertirse por sí misma en propuesta vocacional y a la vez llegar a ser educación para la virginidad y sus valores.
3.1. Castidad y virginidad: valores-símbolo en el centro de la vida
La definición de un itinerario educativo debe tener en cuenta obviamente la naturaleza del valor para el que se quiere educar. En nuestro caso hay un aspecto característico y peculiar, que indica la naturaleza de la castidad y la virginidad: la totalidad.
Totalidad en el sentido de que estas dos actitudes virtuosas hacen referencia a la totalidad de la vida del sujeto, a toda su persona, sea por estar ligadas a un instinto profundamente enraizado en la naturaleza humana, y a la vez central en el equilibrio bio-psíquico del individuo, sea porque expresan la orientación de vida del propio individuo; totalidad en el sentido de centralidad en relación con la sexualidad: castidad y virginidad, en efecto, hacen emerger el verdadero significado de la sexualidad, realizándola en su finalidad auténtica, pero se hallan también en el centro del evangelio, como una modalidad que lo expresa todo, como una "ventana que permite divisar todo el panorama"(10)
, constituido por el amor de Dios descubierto por el limpio de corazón que se consagra en la virginidad como el motivo originante, central, dominante, transcendente de todo amor humano.
En diversos planos, biológico, psicológico, ético, espiritual, cristiano..., castidad y virginidad dicen algo y expresan la conexión con algo que por su propia naturaleza se coloca en el centro de la vida humana, de toda vida humana. Imposible no tenerlo en cuenta; inevitable, por consiguiente, un proceso educativo orientado al descubrimiento del mundo misterioso de la sexualidad, microcosmos de significados ligados al sentido de la vida, de energías que pueden convertirse en creativas y fecundas, de tensión ideal que puede abrir a la trascendencia, de carga relacional capaz de las más altas expresiones oblativas.
Tal itinerario educativo deberá no solo respetar sino promover la característica de la totalidad-centralidad, que ya por sí misma bastaría para justificar la educación para la castidad y para la virginidad en cualquier tipo de proyecto formativo pastoral.
Este respeto y promoción significa privilegiar siempre el aspecto unitario del hombre como una unidad, sin dividir o aislar, pretendiendo, y engañándose, cultivar primero el aspecto fisiológico-biológico, después el psicológico, o el psicopatológico, si es necesario, para después pasar al espiritual y finalmente, dulcis in fundo, el vocacional (pero solo para los íntimos). "Fijar el objetivo en el crecimiento integral (...) permanece el único modo justo y el único contexto válido para afrontar bien el discurso de la madurez afectiva y de la buena gestión de la sexualidad, en orden a captar también el valor de la virginidad. Considerar la parte separada de la totalidad es siempre una estrategia que, lo mismo en el pasado que en la actualidad, ha producido y produce de ordinario los mayores desastres"(11)
.
El educador inteligente, en concreto, debería saber y poder captar ya en el aspecto biológico de la sexualidad un significado que se desvela y un misterio que se revela y que reclama y desafía la libertad y la responsabilidad del joven a tomar postura (aspecto psicológico), a decidir vivir la sexualidad según una perspectiva que respete aquel significado o apertura al misterio (aspecto ético-moral), según una u otra orientación de vida (aspecto vocacional). Es como decir que una auténtica educación sexual es animación vocacional, porque la sexualidad no es algo dado como ya hecho sino algo dado para hacerse(12)
, según una perspectiva que reclama inmediatamente una opción y una orientación de vida del sujeto.
3.2. La ley de la totalidad
Pero totalidad quiere decir también estar atentos a otro aspecto muy específico, diría incluso que técnico, por lo que se refiere al itinerario educativo: es la atención a la relación entre la totalidad del objeto (o del valor en cuestión) y la totalidad del sujeto (y de sus estructuras intrapsíquicas). En otras palabras es la ley de la totalidad que dice así: solo una implicación unitaria intrapsíquica de las facultades típicamente humanas (corazón, mente, voluntad), cada una según su propia especificidad, permite alcanzar la totalidad del objeto, o mejor, la verdad, la belleza, la bondad de un ideal y reconocer en él la propia identidad(13) .
El empeño del educador-animador vocacional será, por lo tanto, este: proponer un itinerario educativo de la castidad-virginidad que consiga comprometer unitariamente corazón-mente-voluntad, para suscitar una adhesión también total al valor, a su verdad-belleza-bondad.
Se trata en realidad de dos movimientos, el menos teóricamente, convergentes entre sí, pero a la vez distintos, entre lo objetivo y lo subjetivo.
3.2.1. Totalidad objetiva
"Decir" la totalidad del objeto significa saber captar y desvelar su intrínseca verdad-belleza-bondad. Es la tarea específica del educador y que reclama la calidad de su testimonio, porque el único modo de anunciar una cosa como verdadera-bella-buena hasta el punto de suscitar adhesión a ella es evidentemente la propia experiencia: experiencia de felicidad y serenidad, de gusto de ser y continuar siendo aquello que se eligió una vez, el descubrimiento de motivos siempre nuevos que confirman el ideal y la opción, etc. A nadie le es lícito detenerse, y mucho menos al animador vocacional.
Pero tampoco puede uno contentarse con una observancia solo a nivel individual y un comportamiento simplemente correcto. Un sacerdote o un religioso/a es animador vocacional solo si en conciencia puede asegurar que cuanto propone a los otros lo ha experimentado él como apetecible, fuente de plenitud, saciante, aun cuando a veces pueda vivir con dificultad su vocación virginal.
Tampoco se trata en absoluto de algo que sea estúpidamente alegre. Simplemente que se trate de una persona que muestra en alto grado y de manera permanente, gozo, paz, serenidad, longanimidad, libertad con relación a objetos, experiencias, grupos... En cambio, no es animador vocacional no solo el consumidor oculto, aunque solo sea en el deseo o el pensamiento, de propuestas o "productos alternativos", sino también el "funerario", el "cura-ogro" o la monja "témpano polar", en una palabra, el tipo impermeable al gozo, que no ha hecho suficientemente la experiencia de la felicidad en su opción virginal, aun cuando se muestre como muy piadoso y asceta y... no conozca mujer. Un sacerdote individualmente puro e integérrimo no por eso es ya educador para la castidad. Nuestra historia, por desgracia, está llena de purezas sacerdotales que nadie podría poner en duda, pero tan fieras y orgullosas, o serias y distantes, o sin calor y color, que han terminado por desalentar a todos de imitarlas en esa misma opción de vida.
Al contrario, el ejemplo claro de célibes contentos, "que pueden testificar que el Señor paga bien, que en su servicio se pueden anudar nuevos vínculos de fraternidad, que el darse al Señor lleva a niveles de gratificación espiritual y humana impensables, que la dolorosa decisión de dejarlo todo queda compensada con la paz" (14)
que, en otras palabras, consagrarse a El es hermoso porque Dios es hermoso y pertenecerle en la virginidad es confiarse a la plenitud de una inédita realización afectiva..., todo esto no puede dejar de ser contagioso.
Sobre esta base, o a partir de esta coherencia personal profunda, se puede proceder a hacer una propuesta "total", es decir, que logre decir "todo" el valor de la virginidad por el reino, la verdad que revela lo que hay en el hombre y lo que el Creador puede hacer en el corazón de la criatura, la belleza de una opción que refleja de modo muy especial la supereminente belleza divina, la bondad de una persona que ama a Dios y con el corazón de Dios.
Veamos ahora tres características de esta propuesta en el plano educativo, que, en el fondo recogen los tres puntos, o las tres observaciones de tipo negativo, con las que iniciamos esta conversación. Es otro modo distinto de responder a aquellos tres interrogantes.
* El coraje de b(i)en-decir la sexualidad
Si es verdad, como hemos notado más arriba, que hoy la virginidad está un poco silenciada es indispensable darle de nuevo la palabra, tener el coraje de decirla y confesarla como una opción de vida. Y no solo con anuncios y propuestas explícitas o que piden una adhesión inmediata (sería ingenuo con el clima cultural actual, equivaldría a quemar la misma propuesta), sino siguiendo un iter inteligente que parte de la educación fundamental a vivir bien la propia sexualidad.
Nos lamentamos hoy mucho de la banalización y de la decadencia cualitativa de la cultura referente al sexo, pero ¿qué hemos sabido oponer a este proceso de barbarización de una de las realidades más bellas y nobles de toda la creación?
Pues bien, no se trata de ofrecer ahora aquí un minitratado de educación sexual, sino simplemente de recordar algunos elementos centrales en la educación de los preadolescentes y adolescentes que pudieran realmente orientar en la dirección adecuada el desarrollo de la sexualidad. A partir de este subrayado: la sexualidad, ya a nivel biológico y mucho más bajo el punto de vista psicológico y racional-espiritual, indica una cierta imagen de hombre, su ser "ab alio" y "ad alium", por tanto, su estar ordenado esencialmente a la comunión y el cuerpo como "testigo" del amor como fuente del que ha nacido y como término al que está orientado. La sexualidad, entonces, lleva inscrito en sí el significado fundamental de la vida o aquella lógica sobre la que ésta se halla edificada y que es también el objetivo de la sexualidad misma: la lógica de la vida como don recibido que tiende, por su propia naturaleza, a convertirse en bien entregado.
¿En qué medida somos capaces de ben-decir la sexualidad en nuestras catequesis, homilías, animaciones de grupo, etc? ¡Cuánto no habrá contribuido a formar aquella imagen colectiva triste y lúgubre del célibe, como recordaba más arriba, una cierta catequesis nuestra centrada preferentemente sobre lo negativo, también ella un poco triste y lúgubre, o enormemente embarazada cuando tenía que hablar del sexo y sus alrededores, incapaz de bendecir cuanto Dios ha creado y dado al hombre y bendecido!
Otro punto importante en esta catequesis elemental sobre la sexualidad es recordar que la sexualidad no es simplemente un impulso no programado ni programable, que te lleva a donde él quiere, sin reglas ni leyes, sino que existe un ordo sexualitatis, una regla objetiva gracias a la cual la sexualidad puede alcanzar sus objetivos. Hay una idea bastante difundida hoy: que la sexualidad sería una especie de última playa no contaminada donde una pura espontaneidad desenfrenada y sin límites puede finalmente desahogarse.
Es enormemente importante que el educador lance el mensaje claro e inequívoco, que no tema decir que hay una norma, una objetividad que no puede ser despreciada porque está fundada, en último análisis, en la naturaleza humana y porque es la condición de la plena realización de la misma. Diría casi que más importante aún que el contenido de estas normas objetivas es el principio según el cual una cierta objetividad precede a la subjetividad y este principio debe pasar a la educación juvenil; el joven debe entender que su propio interés está en dar la precedencia a la norma objetiva, que no puede jugar con las leyes intrapsíquicas, que la libertad viene dada por la verdad, no por el vacío o la confusión de ideas o de la presión sufrida desde los impulsos, que no es verdad que el amor es un arte y que basta ir "a donde el corazón te lleve". Y naturalmente el educador deberá estar en condiciones de explicar qué es la libertad afectiva, riqueza de deseos, disciplina inteligente, ordo amoris, identidad positiva, etc.
Hay una riqueza de contenidos que todo educador debería conocer por experiencia personal y que podría restituir a la Iglesia y a la pastoral juvenil un papel de primera importancia o de punto de referencia en la confusión en que se encuentra el incierto mundo juvenil sexualmente desorientado.
Es significativo lo que está emergiendo del último sondeo en esta materia, la Ricerca qualitativa sull´esperienza religiosa dei giovani italiani, realizado por el Instituto de Pastoral Juvenil de la Pontificia Universidad Salesiana: según los datos recibidos, que se publicarán próximamente, a la pregunta de si la "sexualidad ha de someterse a un código ético", ha respondido que sí el 39% de los pertenecientes a asociaciones religiosas, frente al 28,3% de los que no pertenecen a ellas. Han respondido que no a la misma pregunta, el 3, 4% de los pertenecientes y el l8,8% de los no pertenecientes. No han respondido a la pregunta el 57,9% de los pertenecientes y el 52,8 de los no pertenecientes(15)
.
Este último dato me parece precisamente el más interesante, el que se refiere al porcentaje de los indecisos, de aquellos que no se pronuncian y que representan con mucho la gran mayoría (y la menor distancia entre pertenecientes y no pertenecientes) como confirmación de lo que estábamos diciendo sobre la inseguridad e indecisión del actual mundo adolescente-juvenil.
Por otra parte, no resulta tan sorprendente este dato teniendo en cuenta el clima cultural actual y si pensamos en la naturaleza interlocutoria (...) e intermedia de la fase de vida indagada. Por esto mismo es por lo que es indispensable una intervención en el proceso educativo que ofrezca claridad, ayude a conocer la verdad e indique objetivos accesibles y respetuosos a la voluntad de crecer. Hay una profunda sed de verdad en nuestros muchachos que no puede quedar frustrada, especialmente en esta area de la sexualidad; ninguno de ellos tiene la intención de entrar en el montón pero si no encuentra alimento adaptado y caminos guiados puede verse obligado a hacerlo. ¿Es exagerado y ofensivo decir que por cada joven que ha renunciado a razonar y a vivir de modo razonable la propia sexualidad hay un sacerdote que ha abdicado de su función de educador de la belleza del sexo?
* La recuperación de la virginidad como valor educativo-vocacional
En una auténtica educación sexual no puede faltar la presentación de la virginidad porque la virginidad subraya aspectos esenciales para una correcta interpretación del amor.
La virginidad recuerda que Dios está en el inicio del amor humano y de toda historia de afecto terreno hasta el punto de que solo El puede apagar plenamente la sed de afecto de todo ser humano. Y aún más: la virginidad por el reino manifiesta que la verdad de la corporeidad está más allá del cuerpo y sus placeres inmediatos, que la verdad del amor humano está más allá de la misma relación interpersonal.
Por esto se puede afirmar perfectamente que una cierta dimensión virginal debe estar presente en toda relación afectiva para expresar aquella tensión simbólica que es propia de cualquier experiencia auténtica de amor humano.
"Cualquier forma de amor humano debe reconocer que nunca llega a ser perfectamente completo. En otras palabras: cualquier forma de amor, si es verdadero amor, debe reconocer la primacía de Dios, porque cualquier otra realidad no basta y deja inquieto el corazón humano. Y la virginidad expresa con claridad, con radicalidad, esta primacía de Dios y por consiguiente que toda experiencia humana queda inconclusa. Si es verdad que toda auténtica experiencia de amor humano debería salvaguardar la dimensión simbólica del amor, la opción de la virginidad expresa con la máxima transparencia esta apertura del amor humano"(16) .
Hoy no es posible que un sacerdote o un consagrado se sienta fiel a la propia virginidad solo
porque no existan en su vida transgresiones de cualquier tipo; fidelidad quiere decir participar al otro el propio ideal de vida como valor también para él, importante y significativo también para él, practicable y gozable también en su estado de vida, y precisamente esto es lo que significa ser educador y darle a la virginidad un valor educativo tanto para el adolescente, como para el joven novio o la persona casada.
Pero la virginidad, además de ser valor educativo es también valor vocacional, en el sentido que hemos dado antes a esta expresión y así debe ser sentido por el animador vocacional. Si valor educativo significa la capacidad de un valor de e-ducere la parte mejor de la persona, o de poner al joven en condiciones de "sacar fuera" lo mejor de sí, valor vocacional quiere decir un ideal de vida que e-voca la verdad del sujeto, pro-vocándolo a elegir su futuro según esta verdad, y en su caso a elegir aquel mismo valor como ideal de vida, o como aquello que da verdad-belleza-bondad a la propia persona.
Virginidad como valor vocacional querrá decir, entonces, la certeza —por parte del animador— de que este ideal es en sí atractivo y puede de hecho fascinar también al muchacho de esta nuestra sociedad. Y precisamente porque es radical y paradójico en su pretensión sobre el corazón humano, porque ofrece y pide lo máximo a dicho corazón, como recordábamos antes, indica, de modo particularmente evidente, la realidad de la vocación cristiana, y a la vez puede ejercer sobre ese corazón una poderosa atracción.
La propuesta de virginidad podría llegar a ser, en lugar de elemento escondido y callado, punto de fuerza y valor fascinador en un proyecto de AV. Con tal de que el animador esté sinceramente convencido de ello y se decida a tratar la virginidad por el reino entre los temas de la catequesis vocacional, superando y abandonando decididamente la actitud contradictoria y de renuncia de quien no sabe proponer este ideal a los otros o porque siente vergüenza de ello o porque lo siente como un peso.
* Hoy es tiempo favorable para una propuesta de la virginidad
Con todo lo que hemos dicho sobre la cultura de hoy podrá parecer esta afirmación una utopía o un sueño. Es claro que lo afirmo como creyente, dispuesto a apostar por aquellas situaciones y momentos que parecerían imposibles para una manifestación de la Gracia. Pero lo digo también como observador que quiere estar atento a la historia y a las señales, a veces débiles y tímidas, de disponibilidad a la acción del Espíritu. Es importante hacer esta tarea de resaltar estas nuevas tendencias no tanto para consolarnos sino porque estas señales pueden convertirse en pistas por las cuales hacer discurrir la propuesta de virginidad por el reino.
Antes la conferencia del Prof. di Piero nos ha dado indicaciones enormemente significativas en tal sentido y que sintetizo aquí brevemente: los jóvenes de hoy, aunque bombardeados por mensajes unilaterales, que reducen y banalizan el significado del sexo, se asoman de manera positiva al mundo de la sexualidad, y por lo mismo, están disponibles y sensibles para una cierta propuesta educativa a este respecto (y esto es lo que cuenta para nosotros). Hay, si acaso, un vacío educativo de base que, por una parte, retrasa el proceso educativo, y por otra, debería volver al educador mismo más atento a escalonar su propuesta de modo racional, pero sin disminuirla en su calidad y en su alcance o sin retrasarla hasta el infinito..
Otro elemento señalado por la investigación de Di Piero y también por la del AIED es que desmitifica el mito del sexo precoz y a buen mercado a nivel de preadolescentes y adolescentes: según los datos del AIED, el 38% de los chicos y el 41% de las chicas de los 16 a los 18 años son aún vírgenes y, entre otras cosas, rechazan cada vez en mayor número un cierto modo de presentar el sexo (pornografía y cosas parecidas)(17)
.
Una lectura en profundidad de este dato nos coloca ante la sonora contradicción, también esta muy evidente para quien tiene buena memoria y los ojos abiertos, entre la promesa de la así llamada "liberación sexual" de hace algunos decenios y el clima actual, que no es ciertamente de libertad en este frente, ni siquiera en el plano pulsional, como nos dicen repetidamente los expertos , según los cuales hemos pasado del sexo fácil y supergratificado al sexo inútil y desgarrado, de la enorme ventolera del sexo libre a casi la anorexia o somnolencia o inapetencia erótica, del sexualismo obsesivo y colectivo, muchas veces solo de palabra o escrito, a la insensibilidad sexual a veces patológica.
Se ha escrito ya que el moderno erotismo tiene la misma falsedad que las flores de plástico y que el vino artificial, o que obliga a vivir y a contentarse con un erotismo imaginado o solo "visto" o por teléfono, o disfrutado por medio de una persona interpuesta, pero sin la capacidad de establecer un diálogo auténtico afectivo-sexual. Estamos abrumados por un bombardeo externo erótico pero dentro de nosotros las emociones callan. Hasta el punto de que el "verdadero escándalo —afirma paradójicamente Barthes— hoy no es el sexo, sino el amor, porque se ha convertido en la única, extraordinaria, aislada y, por esto, escandalosa excepción"(18)
.
Todo esto, paradójicamente , puede resultar positivo: si el sexo se está haciendo repetición, condicionamiento de masa, "neocalzonacismo"colectivo, aburrimiento, "lo que hacen todos", obviedad que se da por descontado (aun con todas las contradicciones que hemos visto), etc, se crea una situación paradójicamente ideal, dentro de la cual el educador-animador inteligente puede insertar su propuesta de castidad y virginidad como señal original de libertad y como rechazo de dejarse masificar, como contestación de una visión efímera y deprimente de la vida para la que la actividad sexual sería el "absoluto", sin leyes ni finalidad, que no tiene razón de ser más allá de su propio ejercicio, que no recibe iluminación de nada que exista fuera de ella(19)
, y al final no regala, no puede regalar la felicidad que prometía.
La propuesta de la virginidad dentro de una visión cristiana de la sexualidad, que se contrapone a esta cultura profundamente falsa e indigna del hombre no puede dejar indiferentes a los jóvenes de hoy. Como de hecho el ejemplo de una vida virgen no deja indiferentes a la opinión pública o a la misma cultura actual: la profecía va siempre contra corriente, pero en realidad es la expresión de un sueño que todo hombre lleva dentro de sí. Aun cuando no lo sepa.
3.2.2. Totalidad subjetiva
Veamos ahora el asunto desde la vertiente del sujeto que recibe una determinada provocación. Porque no basta con que el educador sepa presentar la totalidad del objeto, su verdad-belleza-bondad; es necesario que sepa también poner en juego la totalidad del sujeto, su corazón-mente-voluntad. Precisamente este es el secreto de la educación, que brote la chispa en el contacto entre las dos totalidades; en términos vocacionales, tal chispa sería la intuición, primeramente vaga y posteriormente cada vez más cierta, de que allí, en aquel valor propuesto, se halla escondida la propia identidad.
Daré entonces algunas sencillas sugerencias bajo el punto de vista de la educación para que pueda saltar la chispa vocacional. Me parece útil seguir de nuevo aquellos tres puntos que de alguna forma indican el influjo cultural negativo del que es víctima hoy la generación juvenil: siguiendo aquellas tres líneas es como podemos y debemos concebir y estructurar también la correspondiente intervención educativa.
* Despertar la capacidad de desear (educar al pudor y a la continencia)
La virginidad es expresión de un corazón capaz de desear a lo grande; en el fondo quiere decir una persona que, amando a Dios, ha aprendido a desear sus mismos deseos. Pero el camino para llegar a desear, desde un punto de vista psicológico, es un camino característico y singular, con un recorrido que el educador debe conocer y al que debe encaminar al sujeto. Es el camino de la disciplina, entendida como orden dado a la propia vida para que llegue a ser capaz de tender hacia los objetivos que quiere conseguir.
Si en este caso el objetivo es la madurez y la libertad afectiva, el joven debe entender que esta es un area por su propia naturaleza... desordenada, y, por consiguiente, necesitada de atención particular. Será importante, por tanto, identificar aquello que en alguna medida crea desorden, la propia inmadurez afectiva, aquel egoísmo que está profundamente arraigado, aquella necesidad de captar afecto y benevolencia, aquel impulso a gratificarse sin abrirse a los demás, etc. La ayuda del educador será preciosa en esta operación de reconocimiento.
Pero deberá llevar a la decisión de la renuncia, al coraje de decir no a estos componentes de inmadurez, bien consciente de que el hombre sin represión o sin renuncia es un mito insostenible, no existe, la renuncia es parte fundamental de la vida, es como una poda que sirve para dar más linfa vital a los objetivos centrales del yo, a aquello que se quiere realizar. En el ámbito de la educación de la castidad-virginidad esta renuncia tiene un nombre particular, es la continencia, y una continencia que va unida a otra dimensión de comportamiento típica de la persona casta, el pudor.
El pudor, en general, es "la conciencia vigilante que defiende la dignidad del hombre y del amor auténtico"(20)
. Más en concreto, el pudor remite a la idea del hombre como misterio y de la sexualidad como misterio: de esta idea nace en el joven el pudor como respeto del propio cuerpo y del de los demás, como mirada e imaginación limpias, como respeto de la sexualidad y de sus valores, como encuentro afectivo con el otro plenamente humano y plenamente espiritual.
El joven ha de aprender a mantener la distancia entre sí y el otro, y también —en cierto sentido— entre sí y él mismo como espacio del misterio; debe entender que el amor verdadero es amor púdico, es amor que no pretende conquistar completamente al otro, desnudarse totalmente frente a él, puesto que el amor auténtico nunca se expresa plenamente, siempre permanece un poco incomprendido y precisamente por esto puede llegar a ser sorpresa, don permanente intercambiado con el otro, y precisamente por esto, queda como guardado, dejándose transparentar poco a poco, más que dicho, explicado, demostrado, objetivado con gestos y signos tangibles (las famosas "pruebas del amor" que, por supuesto, no demuestran propiamente nada).
El pudor es finura y elegancia de espíritu; manifiesta el estilo de una persona. También en relación con lo divino; la relación con Dios no debe ser expuesta al descaro que convierte en mercancía aquello que debe permanecer una relación de puro don. También en la historia de una vocación lo imprevisible, lo incomprendido, lo aún no sucedido tiene un espacio mayor que lo ya sucedido, lo previsto y previsible(21)
. Por esto la educación al gusto del pudor forma parte de un itinerario vocacional, aun cuando en esta parte no se pueda hablar aún explícitamente en estos términos .
Si el pudor configura la misteriosidad del amor, la continencia visibiliza de modo externo su modalidad de actuación. La continencia es camino para la castidad, y es necesaria en cualquier forma de vida. Más aún, tal capacidad no es en realidad extraña a la sexualidad misma, siendo exigencia y condición imprescindible que permiten a la sexualidad realizar su propio fin natural, es decir, la capacidad receptivo-oblativa. Una incontrolada actividad genital, en efecto, podría distraer del don total de sí y detener aquel dinamismo que lleva a la consecución del fin natural. La práctica del autoerotismo, la fantasía pornográfica, el sutil deseo de someter al otro a uno mismo y de violentar el pudor de sí mismo y el de los demás, la falta de pudor de la exhibición de sí mismo, la seducción vivida como conquista del otro y de sus afectos sinceros..., son expresiones externas de infantilismo sexual todavía incontinente que aleja de la consecución del fin natural de la sexualidad y que bloquea las aspiraciones de la persona dejándolas en ese mismo nivel infantil desde el punto de vista de la calidad.
En cambio la renuncia inteligente y motivada, hecha en orden a un valor, como en este caso, hace nacer deseos nuevos. Es como si hiciese entrar al joven en un espacio nuevo, en el que las cosas de antes pasan lentamente, pierden atracción, ya no dan felicidad, se convierten en "pérdida y estiércol..."La renuncia a un cierto tipo de satisfacción sexual abre el camino al descubrimiento de deseos nuevos, que quiere decir, una nueva sensibilidad, un nuevo modo de pensar la vida, el amor y aquello que es importante buscar y vale la pena hacer, un nuevo mundo de aspiraciones y de sueños, nueva vida y nueva libertad incluso en el vivir la sexualidad...
La psicología de la basura abre a la teología de la trascendencia. Pero a condición de que la renuncia esté motivada y se ordene a un valor. Es una ley fundamental pedagógica: el educador debe recordar que a ningún formador le está permitido pedir una renuncia si al mismo tiempo no deja entrever aquel espacio de libertad que aquella renuncia abre o podría abrir a la persona.
Es así como la continencia y el pudor se convierten en disciplina y método pedagógico que lleva a desear los deseos de Dios, en un itinerario hacia la propuesta y la opción virginal.
* El descubrimiento de la belleza (educar para la castidad)
Hoy, decíamos, ha decaído el criterio estético, y estamos corriendo el riesgo de que la belleza no sea ya más una razón para la vida, un motivo de opción. Se elige por motivos prácticos, funcionales, de intereses particulares, dentro de una lógica cada vez más técnica y pragmática, cada vez menos mística e inspirada por la belleza del objeto elegido. El auténtico animador vocacional se juega la vida, orienta todas sus energías para hacer posible que un joven pueda hacer la experiencia de la fascinación de los valores del espíritu.
Decir esto es decir educación específica a la virtud de la castidad, otro paso importante en el itinerario para la opción virginal.
La castidad en general es aquella virtud que regula el uso de la sexualidad según el estado de vida de la persona y en función de los valores y objetivos que quiere realizar. Pero vista más de cerca es la "virtud que promueve en plenitud la sexualidad"(22)
y pone en marcha el dinamismo típico de la sexualidad, como capacidad de apertura al otro y a su don y al don de sí al otro. Por esto ella nace de la percepción del valor de sí y del otro y se orienta a la plena y coherente valorización del otro. Al mismo tiempo expresa el valor de la sexualidad integrada en la plenitud de la persona, es decir, en su totalidad de cuerpo y espíritu. Veamos ahora los posibles pasos de esta educación para la castidad.
En primer lugar la propuesta de castidad es una propuesta de identidad y de comprensión del propio yo en los términos del don integral de la propia persona. Integral porque va en el sentido tanto pasivo-receptivo como activo-oblativo. Dentro de esta doble dinámica del deseo de poseerse a sí mismo en los términos de don recibido y donado se halla encerrado todo el valor positivo de la castidad.
El joven casto no es tanto el que debe controlar sus impulsos sexuales desordenados, sino que es ante todo aquel que ha descubierto que ontológica y constitutivamente es don, en todo su ser, porque ha recibido la vida, y por consiguiente si es don no tiene otro camino para realizarse a sí mismo fuera de la lógica del don. Castidad es respetar plenamente esta lógica, en los gestos, en los pensamientos, simpatías, afectos, sentimientos, proyectos... Es hacer de tal manera que todo en el propio comportamiento exprese la conciencia agradecida de haber recibido todo lo que se es y se tiene, y juntamente la decisión libre y consiguiente de dar todo aquello que se es y se tiene. En perfecta coherencia porque es absolutamente lógico que el bien recibido se haga bien donado.
En esta perfecta coherencia (o castidad perfecta) está el secreto por el que el joven casto pueda integrar todos sus dinamismos, sus pulsiones e instintos, como energía preciosa que es cuando no se la elimina y se controla, en todo caso, porque puede y debe ser asumida por el espíritu en la actuación del don de sí. Castidad es, pues, armonía, proyecto orgánico, equilibrio de formas y de líneas, simetría de relaciones, única inspiración que abraza toda expresión...
Por esto "la virtud de la castidad tiene como efecto específico no el suprimir los placeres carnales, sino el ordenarlos a otras cosas"(23)
. Por esto, además, esta virtud es "específicamente una capacidad de amar..., permite a una persona humana amar con todo su ser..., amar apasionadamente..., es el amor del amor"(24) . Siempre en esta línea, Evdokimov sostiene que la noción de castidad designa una calidad espiritual particular, la "sabiduría total, entendida como "poder de integridad e integración de todos los elementos de la existencia"(25)
Si la castidad tiene este origen y no viene de un deber o de una ley, ella es regulada desde dentro del sujeto, más aun, se convierte en una regla interna estética, una medida de perfección y de belleza. "Solo una sensibilidad casta llega a hacer operativa la facultad estrictamente humana de percibir la belleza de las cosas sensibles, como la belleza del cuerpo humano y a gozar de ella por sí misma (...), sin confundirla ni mancharla con la voluntad egoísta de gozar que obnubila todo"(26) e impide captar su belleza intrínseca. Es casto y hermoso "el amor que renuncia a volverse sobre sí mismo o a someter al otro a sí. El amor casto es relación en la que el perderse en el otro implica reencontrar la propia identidad y en el que la guarda de sí es vivida no contra el otro o a pesar de él, sino solo a través del otro"(27) . Y también esto es hermoso, profundamente hermoso y atractivo. El joven no puede menos de sentirse fascinado por esta propuesta.
Qué lejos estamos, en esta perspectiva abierta y positiva, de aquellas misteriosas y a veces tenebrosas catequesis del pasado sobre la castidad, concebidas preferentemente en clave de absolución de aquella que era la "culpa" por excelencia.
Catequesis susurradas y escuchadas en el clima enrarecido de confesionarios anónimos donde no se es conocido y es menor la vergüenza, y el dolor se confunde con el rubor, envueltas
en una atmósfera de secreto y de torpeza, con frecuencia hechas solo de recomendaciones confiadas o impuestas a la buena e impotente voluntad del joven penitente, avaladas con los lugares comunes habituales ("invoca a María, la toda pura", "sé fuerte y resiste", "trata de distraerte", "ten paciencia, también a mí me pasaba, verás que con el tiempo..."), resolviéndose a veces también en experiencias frustrantes con toda la secuela de sentimientos de culpa, de autocondena, de sensaciones de indignidad, de opresión insoportable...; a veces con consecuencias finales aún más serias, como el abandono liberador de cualquier relación con la religión y el rechazo de cualquier señal de ella, sacerdotes, ritos, misas, sacramentos, moral, papa..., como si la persona descubriera de repente haber sido engañada, como burlada durante tanto tiempo en nombre de esta virtud convertida así en una especie de plancha de plomo...
Y cuántos jóvenes no habremos perdido por no haber sabido presentar la belleza de la castidad, cuántos habremos perdido debido a una catequesis "impura" sobre la "virtud de los ángeles", siendo como de hecho es una virtud típicamente humana, hecha a medida del hombre y para el hombre que es atraído inevitablemente por la belleza.
Y, sobre todo, en el campo que aquí nos ocupa, cuántas vocaciones abortadas a causa de este error pedagógico de perspectiva en la educación de la castidad, cuántos jóvenes se habrán visto frenados e inhibidos en la que podría haber sido una positiva tensión vocacional a causa de sentimientos de indignidad o de incapacidad precisamente en este area, favorecidos por una catequesis sexual desgraciada.
No, no es el celibato la causa de la crisis vocacional, ni tampoco solo el silencio sobre la virginidad, como sugeríamos antes, sino una presentación equivocada — en el plano humano y evangélico— de la virtud de la castidad.
* El ideal de la libertad afectiva (educar para la virginidad)
La virginidad dice hasta dónde puede llegar la castidad: ordenando en sentido positivo la energía sexual y por tanto haciendo un uso inteligente de la continencia sexual hacia el objeto supremo de amor, Dios, el Bien de la vida.
La castidad encierra dentro de sí la dimensión trascendente de la vida y del amor humano. Este desvela su falta de plenificación y su límite hasta llegar a ser, incluso ya en esta vida terrena, una invocación a Dios. O incluso, y por mejor decir, en la virginidad el sentido trascendente del amor es llevado a su visibilización y no espera a revelarse en el límite de la muerte humana(28)
.
Pero hay un orden que hay que respetar en esta secuencia , un orden que es intrínseco a la naturaleza del objeto en cuestión (la virginidad y, antes aún, el amor), y que psicología y pedagogía intentan y deben respetar, un orden que es elemento arquitectónico y fundamental de la construcción que se quiere realizar.
Es S. Agustín quien habla con total exactitud de este orden, por él llamado precisamente "ordo amoris" (29)
, que corresponde a la jerarquía de la escala del ser ( o construido sobre ella), por el cual una realidad es tanto más digna de amor cuanto más contiene el ser, por tanto Dios es el ser más digno de amor y el hombre puede amarlo como el amor más grande. Es importante decir esto, no es algo que hay que dar por descontado en la psique del joven ( o del animador, acaso). Ordo amoris quiere decir también norma, algo objetivamente regulado y regulante, por un proyecto armónico y orgánico al final, pero a nosotros nos interesa ahora la vertiente pedagógica del asunto, o el significado de esta concepción "ordenada" del amor en la educación del joven.
Y nos preguntamos:¿cuáles son las condiciones que permiten que el joven se embarque en la aventura de amar a Dios como bien supremo, por encima de las criaturas, hasta el punto de poder prescindir del amor incluso deseadísimo de una mujer? Porque es de esto en último término de lo que se trata.
Estas condiciones las podemos resumir en una expresión precisa: la libertad afectiva.
Podemos incluso decir que la educación a la virginidad es educación a la libertad afectiva. Porque solo quien tiene el corazón libre puede advertir el amor de Dios y decidir amarlo con todo su ser, es decir, con un corazón virgen. Y sabemos que el joven se aferra muchísimo al valor de la libertad, aun cuando no sepa muy bien en qué consista... Veamos solo esquemáticamente algunos puntos más centrales de esta educación(30)
. A partir de su concepto.
A.- Si libertad es poder ser aquello que se ha sido llamado a ser, libertad afectiva quiere decir ante todo amar aquel que se es y aquel que se está llamado a ser.
Desde el punto de vista del camino vocacional lo subrayado es importantísimo: quiere decir —como hemos especificado ya más arriba— que no bastan, tomadas aisladamente, la razón teológica (que tiene el peligro de ser solo cerebral) o la razón ética (que corre el riesgo del voluntarismo) las que deben motivar una opción vocacional como la religiosa o sacerdotal, porque se necesita, junto a aquellas, también la razón que podríamos llamar estética, en el sentido pleno del término, del que hemos hablado. O sea, es indispensable tener la capacidad de descubrir y apreciar aquello que es intrínsecamente verdadero, hermoso y bueno y por consiguiente digno de ser amado. Amarlo de hecho y amarlo internamente es un paso posterior e indispensable: quiere decir captar en ello la propia identidad ideal, el propio yo, y ser atraídos, por consiguiente, por algo que fascina y agrada porque da verdad-belleza-bondad a la propia vida, hasta el punto de escogerlo como ideal de la propia existencia. Es decir, el corazón es libre de amar y captar como hermoso en sí y para la propia persona todo aquello que la mente descubre como verdadero y la voluntad siente como bueno y necesario.
B.- Segundo subrayado educativo: libertad afectiva quiere decir no solo amar la propia vocación (o disponerse a amar aquello que se elige) sino amar según la propia vocación (según aquellos valores que están a la base de la propia búsqueda vocacional). Aquí la provocación pedagógica es aún más fuerte. El problema de la libertad no se pone en términos de independencia, sino de amor, o, dicho con mayor precisión, de libertad afectiva; porque el hombre es libre no en la medida en que no depende de nada ni de nadie, sino más bien en la medida en que depende de aquello que ama o está aprendiendo a amar y que está llamado a amar. Es esclavo en cuanto depende de aquello que no puede o no debe amar porque no es bastante digno de ser amado o porque no constituye su identidad, mientras que es libre si en todo aquello que hace, dice, piensa, siente, elige... depende de aquello que ama y que es llamado a amar, y a ello se entrega entregándose al amor. Solo si existe esta coherencia ( o libertad), entre otras cosas, el joven puede descubrir verdaderamente su vocación.
C.- ¿Cuáles son las condiciones de esta libertad afectiva? Dos certezas: la certeza de haber sido ya amado, y la certeza de saber y poder amar. Cuanto más fuertes y estables y seguras sean estas dos certezas mejor podrá el joven correr la aventura de enamorarse de Dios, de sentir su amor y de responder a él. La atención educativa debe concentrarse sobre estas dos certezas. Hoy tenemos cada vez más jóvenes que, por los más variados motivos (el síndrome narcisista es uno de ellos) no reciben de su pasado la certeza de ser dignos de ser amados: será indispensable que el educador ayude a estas personas a recuperar de alguna manera su pasado, a reconciliarse con él, a descubrir el amor que con toda seguridad han recibido, a aceptar que junto a él haya podido haber también límites y contradicciones, a integrar los posibles traumas y sufrimientos, a entender que a pesar de todo ello Dios ha estado presente en mi pasado como ser que ama y que de hecho me ha amado a través de tantas mediaciones humanas. La gratitud, virtud teológica y psicológica, es el terreno fecundo sobre el que puede florecer una vocación auténtica. Hay que dudar de la vocación que no nace de la gratitud.
Cuando el joven descubre o es ayudado a descubrir el bien recibido, el afecto que le ha sido dado más allá de sus propios méritos, entonces se le hace más claro aún el sentido de la vida, ya vislumbrado en su sexualidad y ya significado por el concepto de castidad: la vida es un bien recibido que tiende por su propia naturaleza a convertirse en bien donado.
Por lo tanto, el decidir dar cuanto se ha recibido no es nada extraño o especialmente heroico; es en cambio lo más lógico que uno puede decidir hacer: ser él mismo hasta el fondo, coherente con la propia naturaleza más profunda y con aquella llamada que brota de lo más profundo de uno mismo, o sea, la gratuidad que se fortalece (salda) con la gratitud y la libertad de dejarse amar con la decisión de amar; en otras palabras, realizar en plenitud y bendecir la propia sexualidad y cuanto en ella se halla ya misteriosamente inscrito, o sea, ser libres en el corazón, en la mente, en la voluntad.
D.- De esta manera la virginidad resplandece en todo su significado, pero también en su accesibilidad. No es ya algo extraño, cosa de curas, renuncia pesada, obligación eclesial, restos del pasado, ofensa a la propia libertad, represión de un instinto vital, aquello que incluso me impide decidirme por una determinada vocación..., sino consecuencia inevitable no solo del descubrimiento del amor recibido de tantas personas, sino también de ese camino en el que uno ha sido acompañado y que, desde la bendición de la sexualidad y mediante la educación del pudor que respeta el misterio, y con la formación para la opción de la continencia, para aprender a desear los deseos de Dios y la belleza de la castidad, ha llevado al descubrimiento del amor de Dios como amor grande que plenifica la vida y se hace vida para los demás.
Ser virgen y elegir ser virgen significa, al final de este itinerario formativo, decidir amar a Dios por encima de todas las criaturas (con todo el corazón, con toda la mente, con todo la voluntad) para amar con el corazón y la libertad de Dios a toda criatura (amando a todos intensamente sin ligarse de por vida a ninguna, que sería el matrimonio, y sin rechazar a ninguna).

Bibliografia: 


1. Basta pensar, en este sentido, en la concepción de Lonergan

2. Pablo VI, citado por C. Quaranta. "Missione e proposta vocazionale", en Missioni al popolo per gli anni 80, Roma 1981, p. 259

3. Así al menos según la "Terza indágine sulla condizione giovanile in Italia, realizada en 1992 por el Instituto Iard (cfr. Giovani anni Novanta", en Il Mulino, 42(1993),33-52),o según el análisis de Alegre J. R., Bases humanas de la maduración vocacional, en "Todos uno", 121 (1995) 59-63.

4. De Rosa, G., "I giovani degli anni Novanta", en La Civiltá cattólica, 3435-3436 (1993), 297

5. Concolino N., Giovani al microscopio: c´é voglia di presente", en Avvenire, 15/V/1994, 9

6. Sigalini D., La proposta della comunità cristiana, p.m., Roma 1994, 3

7. Imoda, F., Sviluppo umano. Psicologia e mistero, Casale M., 1993, 372-373.

8. Cf. G. Savagnone, "Sesso, da mistero a consumo", en Avvenire, 13 agosto 1995, 8

9. Para una exposición más razonada del tema ver A. Cencini Per amore. Libertà e maturità affettiva nel celibato consacrato. Bologna 1995, pp. 122-148.

10. B. Maggioni, "La lieta notizia della castità evangelica", en La Rivista del clero italiano, 7-8 (1991), 499

11. G. Roggia, "Educare alla verginità: orientamenti per gli educatori e le guide spirituali", in Vocazioni 6(1995), 36

12. "El órgano sexual fundamental del hombre es el cerebro", dice en efecto P. Chautard en La maitrise sexuelle, Paris 1962, 20.

13. A. Cencini. Vita consacrata. Itinerario formativo lungo la via di Emmaus. Cinisello B. 1994, 85.

14. P. G. Cabra, Una risposta difficile per tempi difficili. Roma 1983, 29-30.

15. Cfr. S. Mazza, "Giovani, la religione vi interroga", en Avvenire, 29 diciembre 1995, 14.

16. G. Grampa, "Per la persona umana é possibile la verginità"?, en Vocazioni 6 (1995), 11.

17. En estos mismos días se ha dado la noticia de que el Congreso de los Estados Unidos ha aprobado 120.000 millones para enseñar a los jóvenes programas de abstinencia sexual (el Chastity bill), mientras que hace un año 200.000 jóvenes americanos, en un convención bajo el lema "el verdadero amor espera", se comprometieron a llegar castos al matrimonio. Hasta qué punto esté influyendo en todo esto el miedo al SIDA es difícil, o fácil, decirlo, pero hay que reconocer que también este miedo, paradójicamente ha confirmado los riesgos del abandono de un código de comportamiento sexual (cfr. V. Magno, "Sesso, bugie e castità. A stele e strisce", en Avvenire, 29 diciembre 1995, 14). Sobre el mismo tema interviene Del Rio: "Noticias que llegan de América parecen revalorizar ahora, inesperadamente, la virginidad para los jóvenes, después de tanto sexo en estado bravío... En más de 2000 escuelas se desarrolla un curso sobre el "respeto al sexo". En las autopistas han aparecido carteles publicitarios de este tipo:" Virgen: enseñad a vuestros hijos que no es una palabrota". Siempre hay que dudar de las cosas americanas pero podría también querer decir algo estos cantos a la virginidad en una sociedad holliwoudiana y sumamente consumista " ( D. Del Río, "Difficile impegno anche per i preti", en La Stampa, 4 enero 1996, 11

18. R. Barthes, citado por S. Magnani, "Il boom del eros: per quale sessualità, en Settimana 27 (1991), 9.

19. Cf. G. Biffi, Il celibato. Proposta evangelica. Casale M. 1988, 13. Precisamente comentando estas palabras del Card. Biffi en contraposición a cierta visión más bien decadente del sexo, un periodista laico como Gerosa observa. "Yo creo precisamente en cuanto laico que considerar estos temas y el sexo en una perspectiva cuartelera es del todo incongruente (incongruo) para una humanidad que se dirige hacia las difíciles opciones del 2000. Miremos con mayor seriedad dentro de nosotros mismos y dentro del mundo que avanza aceleradamente al tercer milenio... También el laico reconoce que esta es la cultura propagada por los libros, films, televisión, discursos obscenos. Y que salir de ella puede ser un bien tanto para laicos como para los católicos" (G. Gerosa, "Verginità, le ragioni del Cardinale", en L´Independente, 4 enero 1996, 1)

20. Sagrada Congregación para la Educación Católica, Orientaciones educativas sobre el amor humano, 90

21. Cf. Guenzi, La virtù, 32

22. Directorio de Pastoral familiar, 27

23. A. Plé, Vita affetiva e castità, Roma 1965, 241.

24. Id. "La vertu de chasteté, en Le Supplément 166(1988), 116

25. P. Evdokimov, Sacramento del amore, Milano 1987, p. 157.

26. J. Pieper, Essere autentici. Servono le virtù?, Roma 1993, 47.

27. Guenzi, La virtù, 30.

28. Cf. Ibid. 31

29. S. Agustín habla de él en De civitate Dei, PL XLI, XV, 22. Sobre el sentido de la expresión y sobre la relación con una opción de vida virginal, cfr. A. Cencini. Per amore. Libertà e maturità affettiva nel celibato consacrato, Bologna 1995, 306ss.

30. Para un tratamiento más completo del argumento me permito remitir al segundo volumen de la obra ya citada A. Cencini. Con amore. Libertà e maturità affettiva nel celibato consacrato. Bologna 1995, 46-82.